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viernes, 22 de abril de 2016

PENSAMIENTOS ÍNTIMOS DE ALLAN KARDEC


 



VAMOS A REEMPRENDER LA AVENTURA DEL CONOCIMIENTO ESPÍRITA

Queridos lectores amigos: Después de más de un mes de interrupción de publicaciones en este Blog, a causa de haber tenido un problema con Internet y además de haberme roto una mano, de la que estoy en proceso post-operatorio, de nuevo con la alegría del reencuentro, seguimos tratando temas relacionados con la enseñanza espírita.
Mi gratitud y mis disculpas por esta espera,
José Luis Martín


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¿ CUAL ES EL PRINCIPAL MOTIVO DE LA VIDA ?  

        Siempre me he hecho muchas preguntas, preguntas muy profundas. Son preguntas de esas que se llaman existenciales. Siempre he querido saber el motivo de mi vida, de la vida de todos nosotros. ¿Quién soy yo? ¿Por qué existo? ¿Por qué existen los demás? ¿Qué hacemos aquí? ¿Hemos venido a hacer algo en particular? ¿Por qué nacemos, por qué nos morimos? ¿De dónde venimos, adonde vamos? ¿Hay algo después de la muerte?

Y ahí no acababa todo. Otras veces intentaba buscar la respuesta al gran número de injusticias que veo en el mundo.
¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué hay niños que desde su nacimiento, que en su vida han hecho daño a nadie, sufren tan atrozmente, por hambre, guerra, miseria, enfermedades, abusos, malos tratos, porque no los quiere nadie, mientras otros nacen sanos, en un entorno feliz y son amados? ¿Y por qué unas personas enferman y otras no
¿Por qué unas personas viven mucho tiempo y otras mueren casi al nacer? ¿Por qué existe
el sufrimiento, la maldad? ¿Por qué hay gente buena y gente mala, gente feliz y gente desgraciada? ¿Por qué he nacido en esta familia y no en otra? ¿Por qué me pasan estas desgracias a mí y no a otra persona? ¿Por qué le pasa tal otra desgracia a otra persona y no a mí? ¿De qué depende todo eso? 
Otras veces eran preguntas respecto a los sentimientos. 
¿Por qué no soy feliz? ¿Por qué quiero ser feliz? ¿Cómo puedo ser feliz?
¿Encontraré un amor que me haga feliz? ¿Qué es el amor, qué son los sentimientos? ¿Qué
es lo que yo siento? ¿Merece la pena amar?
¿Sufrimos más cuando amamos o cuando no amamos?
Supongo que tú, en algún momento de tu vida, también te las habrás hecho o te las sigues haciendo de vez en cuando. Pero como estamos tan entretenidos en nuestro día a día cotidiano, son pocos los momentos en los que nos las planteamos conscientemente y poco
el tiempo que dedicamos a intentar resolverlas. Tenemos muchas obligaciones, tenemos
muchas distracciones. Y como aparentemente no encontramos la respuesta y el buscarla
nos hace sentirnos inquietos, preferimos dejarlas aparcadas en un rincón en nuestro interior, tal vez creyendo que así sufriremos menos.
¿Existe una respuesta a cada una de estas preguntas? Pero no busco una respuesta cualquiera, sino una respuesta que sea verdadera. ¿Existe una verdad? ¿Cuál es la verdad? ¿Dónde buscar la verdad? ¿Cómo reconocer la verdad? he buscado durante mucho tiempo la respuesta en lo que se nos ha enseñado desde pequeños: las Religiones, la Filosofía, la Ciencia. Cada una tenía su cosmogonía particular, una forma de entender el mundo. Pero siempre parecía haber un límite,tanto en las religiones como en la ciencia, para explicar la realidad tal y como yo la percibía. Siempre he encontrado respuestas incompletas,incoherentes unas con otras, alejadas de la realidad, que seguían sin responder satisfactoriamente a mis preguntas. Por mucho que intentara profundizar, al final encontraba un muro infranqueable, la respuesta final que obstaculizaba mis deseos de indagar más y más. La respuesta final que obtenía de la religión era, más o menos, esta: “Es la voluntad de Dios. Sólo él lo sabe. Nosotros no lo podemos comprender”. Es decir, que no podemos comprender por qué unos nacen en circunstancias más o menos favorables, por qué unos enferman y otros no, por qué unos mueren antes y otros después. No podemos comprender qué es lo que pasa después de la muerte, por qué te ha tocado vivir con esta familia y no en otra, por qué en este mundo, por qué permite Dios que haya injusticias en el mundo etc., etc.
La respuesta final que obtenía de la ciencia era más o menos esta: hay una explicación física para todo, pero a nivel filosófico, las respuestas a casi todo son: “Es fruto de la casualidad” o “no puede demostrarse científicamente que tal o cual cosa exista o no”. Es decir, no hay una razón por la cual existes, no hay un motivo particular por el que vivir. Si naces en las circunstancias en las que naces, más o menos favorables, es por azar. Si te toca estar enfermo o sano de nacimiento, nacer en una familia u otra, morirte antes o después, y no a otro, es por azar. No se puede demostrar científicamente que exista la vida antes del nacimiento, ni la vida después de la muerte. No se puede demostrar científicamente que exista Dios, etc.
La mayoría de gente se posiciona en esas respuestas aprendidas y cuando quieres hablar con alguien sobre estos temas, los que son creyentes de la religión te responden más o menos en estos términos: “Es la voluntad de Dios. Sólo él lo sabe. Nosotros no lo podemos comprender.” Y los que se han posicionado como cientificistas o creyentes de la ciencia, que creen saber más que los del primer grupo,te dicen: “Es fruto de la casualidad”
o “no puede demostrarse científicamente”.
Había otro tercer grupo de gente que me respondía: “Mira. No lo sé. No sé cuales son las respuestas a tus preguntas, pero no estoy interesado ni en pregúntarmelas ni en responderlas.”
Y cuando les respondo a todos: “Lo siento pero esas respuestas no me sirven. No me sirven porque no responden a mis preguntas”, los primeros me dicen: “Es por falta de fe. Cuando tengas fe no te hará falta saber más”. Los segundos me dicen: “Es porque te falta instrucción. La Ciencia te dará la respuesta y verás que es la que yo te digo: “que está demostrado científicamente que no se puede demostrar científicamente”. Los terceros me dicen: “Tengo una hipoteca que pagar, una familia que mantener, un coche que pagar, un fin de semana para irme de viaje. No me calientes la cabeza con esos temas porque ya tengo algo en lo que ocuparme.”

   La Doctrina espírita me dio todas las contestaciones razonadas y lógicas a mis innumerables preguntas. Cada cual que saque sus conclusiones.

-Angeles Calatayud Martinez-


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        Amor, Perdón, Cura y Autocura 
Dr. Andrei, ¿qué es la salud, la enfermedad, la cura y la autocura en la concepción médicoespírita? 

La salud es entendida como el reflejo del equilibrio del ser en relación a las leyes divinas. En la visión espírita el hombre es un ser inmortal, alguien que preexiste a la vida física, que sobrevive al fenómeno biológico de la muerte y, a lo largo del proceso evolutivo, a través de la reencarnación, va creciendo, desarrollándose en dirección a Dios. La salud del cuerpo físico es un reflejo del nivel de equilibrio de ese espíritu en el proceso evolutivo ante el amor, lo bello y el bien. Entonces, la enfermedad es una señal interior de reequilíbrio, invitando al ser a reconectarse con el amor y con la fuente. Es un mensaje generado en lo más profundo de la realidad espiritual del ser y que se refleja en el cuerpo físico como una invitación a la reconexión con el amor, al desarrollo del auto-amor y del amor al prójimo. 

En esa visión, la salud y la enfermedad son construcciones del propio hombre y nadie es víctima de nada, sino de sí mismo, de sus propias decisiones, de sus propias elecciones, de aquello que decide y determina en su vida. Por lo tanto, toda cura es también un fenómeno de auto-cura, porque para que ella se instale definitivamente, es necesario que haya no solamente un alivio de los síntomas y una resolución del proceso biológico en el cuerpo físico, sino también una reformulación moral del pensamiento, del sentimiento y de la acción, haciendo que el ser sea transformado en profundidad, en consonancia con la ley divina, es decir, más en sintonía con la ley del amor. 

¿El amor es, entonces, el camino para la cura? 

El amor es el gran medicamento, es la gran finalidad de la existencia. En verdad, caminamos en dirección a Dios como el “hijo pródigo” de la parábola de Jesús, reconectando nuestra relación con el Padre y retornando hacia la casa de Dios, que, en verdad, está dentro de nuestro propio corazón, donde Dios está. Poco a poco, vamos haciéndolo, descubriendo nuestras virtudes, la grandeza íntima que hay dentro de nosotros, todo aquello que Dios nos dio como posibilidad evolutiva y que puede realizarnos plenamente. En ese contexto, el amor representa el movimiento medicinal por excelencia, como movimiento de respeto, de valorización, de inclusión y de consideración. Él nos trata las enfermedades del alma, que son orgullo, egoísmo, vanidad, prepoténcia, arrogancia y nos coloca en sintonía con la fuente, que es Dios, auxiliándonos a reconectarnos con el Padre. Desarrollar el amor es el camino más rápido, fácil y eficaz para la cura del alma y del cuerpo. 

En los seminarios, usted presenta también el perdón como el camino para la salud integral. 

Sí, el perdón es condición esencial para la salud. Sin el perdón, no hay paz interior, no hay salud ni física, ni emocional. Shakespeare decía que no perdonar o guardar rencor es cómo beber veneno deseando que el otro muera. El veneno actúa en aquel que lo guarda, que lo cultiva dentro de sí. Y el rencor actúa dentro de nosotros en semejanza a una planta que, una vez cuidada, cultivada, va creciendo, creando raíces, da flores, frutos y se multiplica. Y nosotros terminamos enredados en una serie de dolores emocionales, sin que ni sepamos, a veces, donde comenzó todo, porque vamos guardando las cosas dentro de nosotros, sin trabajar, sin dialogar, sin metabolizar emocionalmente aquello que estamos sintiendo, vivenciando. Cuando nos damos cuenta, la situación está en una cuestión muy profunda y muy grave. 

Para que tengamos paz, es necesario que abracemos el perdón como un proyecto. El perdón es una decisión por la paz, que se traduce en actitudes para el establecimiento de dicha paz, en la comprensión de las cuestiones emocionales, de nuestras características personales, de las circunstancias que envuelven el acto agresor y de la responsabilidad y coresponsabilidad nuestra en el proceso. Él se produce como un proceso, porque no se da de la noche a la mañana. Él se construye a lo largo del tiempo y a través de actitudes sucesivas de búsqueda de esa metabolización emocional que, muchas veces, necesita de un acompañamiento terapéutico profesional, a través de un psicólogo que haga ese tratamiento íntimo y nos ayude a encontrar nuestras respuestas, sentidos y significados más profundos. 

El perdón pasa también por la acogida y aceptación de nuestra humanidad y de la humanidad del otro, sobre todo, en la superación de los traumas, porque sólo aceptando la condición fundamental del ser humano, de estar en un proceso continuo de error y acierto, es que la gente se da cuenta de convivir con los equivocaciones del otro que nos hiere e incluso con nuestros mismos. Naturalmente, nosotros sólo hacemos por el otro aquello que hacemos por nosotros. Entonces, tan sólo conseguimos aceptar la humanidad del otro cuando aceptamos nuestra propia humanidad, cuando acogemos en nosotros nuestra capacidad de errar y recomenzar, abrazando el auto-amor como una propuesta de vida. El auto-amor es hijo de la humildad, una de las representaciones magníficas del amor divino, aquella decisión interna de acogernos, de tratarnos con ternura, compasión y con la benevolencia que nosotros necesitamos, aunque con la firmeza necesaria para domar nuestras pasiones y renovarnos de nuestros defectos que juzguemos necesarios. Entonces, el perdón es una actitud de conquista de ese estado de paz interior, a través de la comprensión de las circunstancias que nos envuelven y de la decisión por el amor. 

En la actualidad, es muy importante el número de personas adictas a antidepressivos, ansiolíticos, bebidas, etc. ¿Qué podría decir a esas personas? 

Toda dependencia es una búsqueda de aplacar el vacío interior a través de cosas externas. Pero ese vacío interior, que todos nosotros tenemos, sólo es aplacado por la presencia del auto-amor. El vacío es un vacío de amor, pero ese amor que nos falta no es el amor que viene del otro, es el amor que viene de dentro, es el amor que la gente puede darse. Entonces, para el tratamiento y la profilaxia de cualquiera proceso de dependencia, es importante enseñar a las personas a valorarse, a gustarse y respetarse. Estableciendo relaciones familiares honestas donde las personas dialoguen, conversen, estén atentas unas a las otras y compartan sus emociones, mostrándose, no de forma idealizada, sino de forma honesta, real, enseñando cada uno a ver, en todos nosotros, luz y sombra, belleza y fealdad, cosas positivas y negativas. 

Nosotros necesitamos aprender a acoger esos dos lados, aprendiendo a transformar aquello que no amamos en nosotros y a valorar y desarrollar aquello que hay de bueno, de positivo. La depresión pasa por la no aceptación de la vida. Hay un mensaje subliminal en el depresivo que es: “como no tengo la vida que deseo, no acepto la vida que tengo”. Hay también un mensaje de la arrogancia, de prepotencia de creer que, hiriendo a sí mismo, hiere a la propia sociedad, hiere al mundo. Muchas veces, por detrás de la depresión, hay culpas y procesos auto-punitivos profundos, en virtud de la ausencia de la humildad, sin permitirse aceptar la vida como es y recomenzar cuántas veces sean necesarias para alcanzar la felicidad. 

Entrevista con Andrei Moreira 
Revista “Ángel del bien”

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 ESPIRITUS   PERVERSOS


¿Pueden los Espíritus, por medio de comunicaciones escritas,inspirar desconfianza infundada contra ciertas personas, y sembrar la discordia entre amigos?


“Los Espíritus perversos y envidiosos pueden hacer, en el terreno del mal, todo lo que hacen los hombres. Por eso es necesario cuidarse de ellos. En cambio, los Espíritus superiores son siempre prudentes y reservados cuando deben emitir una censura.
No hablan mal de nadie, sino que advierten con cautela. Si quieren que dos personas, para su mutuo beneficio, dejen de tratarse, provocarán incidentes que las distanciarán en forma natural. Un lenguaje capaz de sembrar la discordia y la desconfianza es, en todos los casos, obra de un Espíritu malo, sea cual fuere el nombre  con que se presente. Por consiguiente, recibid siempre con reserva lo malo que un Espíritu pueda decir de alguno de vosotros, sobre todo cuando un Espíritu bueno os haya hablado bien de esa persona, y desconfiad también de vosotros mismos y de vuestras prevenciones. De las comunicaciones de los Espíritus conservad solamente lo que tengan de bueno, lo importante, lo racional, y lo
que vuestra propia conciencia apruebe.”

*. Por la facilidad con que los Espíritus malos se entrometen en las comunicaciones, parece que nunca estaremos seguros de que se nos diga la verdad.


“Sí, podéis estar seguros, porque tenéis la razón para juzgar las comunicaciones. Cuando leéis una carta sabéis reconocer si quien la ha escrito es un hombre grosero o de buena educación, un tonto o un sabio. ¿Por qué no habríais de hacer lo mismo cuando os escriben los Espíritus? Al recibir la carta de un amigo que está lejos, ¿qué os garantiza que esa carta proviene de él?   “Su caligrafía” –diréis–. Pero ¿acaso no hay falsificadores que imitan cualquier tipo de escritura? ¿No hay bribones que pueden saber acerca de vuestros negocios? Sin embargo, existen signos que os impiden equivocaros. Lo mismo sucede en relación con los Espíritus. Imaginad, pues, que es un amigo el que os escribe, o que leéis la obra de un escritor, y juzgad conforme a los mismos criterios.”


EL LIBRO DE LOS MEDIUMS
ALLAN KARDEC

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    PENSAMIENTOS ÍNTIMOS DE KARDEC

Pensamientos de Kardec recogidos en el libro "Primer Congreso Internacional Espiritista 1888 - Barcelona" 

Estos principios no representan para mí, tan solo una teoría, sino que representan también una práctica. 
. ¿Hago el bien, tanto cuanto me lo permite mi posición? 
¿Presto el servicio que puedo? 
¿He rechazado o tratado con dureza a los pobres? 
¿No los he recibido siempre, con la misma benevolencia? 
¿He ahorrado alguna vez mis pasos y excusado mis tentativas de prestar servicios? ¿No he sacado de las cárceles, con mi perseverancia a muchos padres de familia? Es cierto que no me pertenece formular el inventario del bien que pude hacer; pero en un momento en el que todo parece olvidarse, debe serme permitido manifestar a los que me sobrevivan, que mi conciencia me dice que no he traicionado a nadie, que he hecho todo el bien que me ha sido posible y que he respetado y no he pedido cuentas a la opinión; sobre este punto mi conciencia esta tranquila, y aunque la ingratitud, en más de una ocasión, haya sido el premio a mis servicios, no por esto he dejado de prestarlos. La ingratitud es uno de los defectos de la humanidad, y como no hay nadie que pueda creerse exento de ellos, dispense a los otros para que me dispensen a mi, a fin de que no pueda decírseme como Jesús: "El que esté exento de pecado, que arroje la primera piedra". Yo continuaré haciendo el mayor bien que pueda aun a mis propios enemigos, porque la cólera no me ciega, y si la ocasión se presenta, les tenderé gozoso la mano para salvarle del precipicio. Véase cómo yo comprendo la caridad cristiana: como una religión que nos ordena devolver bien por mal. No comprendo que jamás pueda prescribirse devolver mal por mal. 

- (Pensamientos íntimos de Allan Kardec. Documento hallado entre sus papeles)
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jueves, 10 de marzo de 2016

¿Reencarnación o Resurección?



El bosque de Dodona y la estatua de Memnón


Para llegar al bosque de Dodona, pasemos por la rue Lamartine y detengámonos un instante en la casa del Sr. B…, donde hemos visto un mueble dócil presentarnos un nuevo problema de estática. En un número cualquiera, los asistentes se colocan alrededor de la mesa en cuestión y en un orden igualmente indistinto, ya que no hay allí ni números ni lugares cabalísticos; ellos tienen las manos apoyadas sobre el borde de la misma; ya sea mentalmente o en voz alta, hacen un llamado a los Espíritus que tienen la costumbre de aceptar su invitación. Nuestra opinión sobre ese género de Espíritus es conocida, por lo que los tratamos casi sin ceremonia.

Apenas cuatro o cinco minutos hubieron transcurrido cuando un ruido claro de toc, toc se hace escuchar en la mesa, lo suficientemente fuerte como para ser escuchado en la habitación vecina, y se repite durante todo el tiempo y con la frecuencia que se desee. La vibración se hace sentir en los dedos, y al poner el oído en la mesa se reconoce sin error que el ruido tiene su fuente en la propia substancia de la madera, porque toda la mesa vibra, desde sus patas hasta la superficie.

¿Cuál es la causa de este ruido? ¿Es la madera que cruje o es – como dicen – un Espíritu? Para comenzar, apartemos toda idea de superchería; estamos en la casa de gente demasiado seria y muy bien relacionada como para divertirse a costa de los que han consentido en invitar; además, esta casa no es de manera alguna privilegiada; los mismos hechos se producen en otras cien igualmente honorables. A la espera de la respuesta, permitid una pequeña digresión.

Un joven candidato a bachiller estaba en su cuarto, ocupado en repasar su examen de Retórica; llaman a la puerta. Pienso que admitiréis que puede distinguirse la naturaleza del ruido y sobre todo su repetición, si es causado por un crujido de la madera, por la agitación del viento o por cualquier otra causa fortuita, o si es alguien que golpea para entrar. En este último caso el ruido tiene un carácter intencional que es inconfundible; esto es lo que dice nuestro estudiante. Sin embargo, para no distraerse inútilmente, quiso asegurarse poniendo al visitante a prueba.

Si es alguien – dijo –, dad uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis golpes; golpead arriba, abajo, a la derecha y a la izquierda; llevad el compás, tocad la llamada militar, etcétera, y a cada una de estas órdenes el ruido obedecía con la más perfecta puntualidad. Seguramente – pensó – no puede tratarse del crujido de la madera, ni del viento, ni tampoco de un gato, por más inteligentes que se lo suponga. He aquí un hecho; veamos a qué consecuencia nos conducirán los argumentos silogísticos. Entonces hizo el siguiente razonamiento: Escucho ruidos; por lo tanto, algo los produce. Este ruido obedece a mis órdenes; por lo tanto, la causa que lo produce me comprende. Ahora bien, lo que comprende tiene inteligencia; por lo tanto, la causa de ese ruido es inteligente. Si es inteligente, no es ni la madera ni el viento; por lo tanto, si no es ni la madera ni el viento, es alguien. Entonces fue a abrir la puerta.

Puede verse que no es necesario ser un doctor para sacar esta conclusión, y consideramos a nuestro aprendiz de bachiller lo suficientemente firme en sus principios como para obtener la siguiente: Supongamos que al abrir la puerta no encuentre a nadie y que el ruido continúe exactamente de la misma manera; él proseguirá su sorites: «Acabo de probar sin réplicas que el ruido es producido por un ser inteligente, ya que responde a mi pensamiento. Siempre escucho este ruido delante de mí y es cierto que no soy yo quien golpea; por lo tanto, es otro; ahora bien, a este otro yo no lo veo: por lo tanto, es invisible. Los seres corporales que pertenecen a la Humanidad son perfectamente visibles; ahora bien, el que golpea, siendo invisible, no es un ser humano corporal. Ahora bien, ya que llamamos Espíritus a los seres incorpóreos, el que golpea – no siendo un ser corporal – es, por lo tanto, un Espíritu.»

Consideramos rigurosamente lógicas las conclusiones de nuestro estudiante; sólo que lo que hemos dado como una suposición es una realidad, en lo que respecta a las experiencias que se hacían en la casa del Sr. B… Hemos de agregar que no había necesidad de la imposición de las manos y que todos los fenómenos se producían igualmente cuando la mesa estaba aislada de cualquier contacto. De este modo, según el deseo expresado, los golpes eran dados en la mesa, en la pared, en la puerta y en el lugar designado verbal o mentalmente; indicaban la hora y el número de las personas presentes; ejecutaban el toque de tambores, la llamada militar y el ritmo de un aria conocida; imitaban el trabajo del tonelero, el chirrido de una sierra, el eco, los fuegos graneados o de pelotones y muchos otros efectos demasiado extensos de describir. Se nos ha dicho haber escuchado en ciertos Círculos imitar el silbido del viento, el murmullo de las hojas, el fragor del trueno, el embate de las olas, lo que nada tiene de sorprendente.

La inteligencia de la causa se volvía patente cuando, por medio de esos mismos golpes, se obtenían respuestas categóricas a ciertas preguntas; ahora bien, es a esta causa inteligente que nosotros llamamos o, mejor dicho, que a sí misma se ha llamado Espíritu. Cuando este Espíritu quería hacer una comunicación más desarrollada, indicaba por un signo particular que quería escribir; entonces, el médium psicógrafo tomaba el lápiz y transmitía su pensamiento por escrito. Entre los asistentes – no hablamos de aquellos que estaban alrededor de la mesa, sino de todas las personas que llenaban el salón – había los incrédulos genuinos, los medio creyentes y los fervientes adeptos, mezcla poco favorable, como sabemos. A los primeros, los dejamos de buen grado, esperando que la luz se haga para ellos. Nosotros respetamos todas las creencias, incluso hasta la incredulidad que también es una especie de creencia, cuando a sí misma se respeta lo suficientemente como para no herir las opiniones contrarias. Por lo tanto, no hablaríamos de esto si no nos proporcionara una observación útil.

Su razonamiento, mucho menos prolijo que el de nuestro estudiante, se resume generalmente así: Yo no creo en los Espíritus; por lo tanto, no deben ser Espíritus. Ya que no son Espíritus, debe tratarse de una prestidigitación. Naturalmente, esta conclusión nos lleva a suponer que la mesa estaba trucada a la manera de Robert Houdin. Nuestra respuesta a esto es bien simple: en primer lugar, sería necesario que todas las mesas y todos los muebles estuviesen trucados, puesto que no los hay privilegiados; en segundo lugar, no conocemos ningún mecanismo lo suficientemente ingenioso para producir a voluntad todos los efectos que hemos descrito; en tercer lugar, sería necesario que el Sr. B… hubiese trucado las paredes y las puertas de su residencia, lo que es muy poco probable; finalmente, en cuarto lugar, sería necesario que se hubiera hecho trucar del mismo modo las mesas, las puertas y las paredes de todas las casas donde diariamente se producen fenómenos semejantes, lo que no es muy presumible, porque se conocería al hábil constructor de tantas maravillas.

Los medio creyentes admiten todos los fenómenos, pero están indecisos sobre la causa de los mismos. A éstos los remitimos a los argumentos de nuestro futuro bachiller. Los creyentes presentan tres matices bien característicos: los que sólo ven en esas experiencias una diversión y un pasatiempo, y cuya admiración se expresa en estas palabras u otras análogas: ¡Es asombroso! ¡Es singular! ¡Es muy divertido! Pero no van más allá de eso. Luego vienen las personas serias, instruidas y observadoras, a las cuales no se les escapa ningún detalle y para quienes las mínimas cosas son objeto de estudio. Y finalmente se encuentran los ultracreyentes – por así decirlo – o, mejor dicho, los creyentes ciegos, a los cuales se les puede reprochar un exceso de credulidad, cuya fe no lo suficientemente esclarecida les da una confianza tal en los Espíritus, que les adjudican todos los conocimientos y principalmente la presciencia. Además, es con la mejor fe del mundo que piden noticias de todos sus asuntos, sin pensar que por dos centavos habrían sabido lo mismo del primer echador de la buenaventura. Para ellos, la mesa parlante no es un objeto de estudio y de observación: es un oráculo. No tiene en su contra sino su forma trivial y sus usos demasiado vulgares; pero si la madera de la que está hecha, en lugar de ser
utilizada para las necesidades domésticas, estuviese de pie, tendríais un árbol parlante; si fuese tallada como estatua, tendríais un ídolo ante el cual los pueblos crédulos vendrían a postrarse.

Ahora crucemos los mares y veinticinco siglos, transportándonos al pie del monte Tomaros en el Epiro; allí encontraremos el bosque sagrado, cuyas encinas daban oráculos; añadid ahí el prestigio del culto y la pompa de las ceremonias religiosas, y fácilmente os explicaréis la veneración de un pueblo ignorante y crédulo que no podía ver la realidad a través de tantos medios de fascinación. La madera no es la única substancia que puede servir de vehículo a las manifestaciones de los Espíritus golpeadores. Nosotros las hemos visto producirse en la pared y, por consecuencia, en la piedra. Por lo tanto, tenemos también las piedras parlantes. Si estas piedras representasen un personaje sagrado, tendremos la estatua de Memnón, o la de Júpiter Ammón, dando oráculos como los árboles de Dodona.

Es cierto que la Historia no nos dice que esos oráculos eran dados por golpes, como lo vemos en nuestros días. En el bosque de Dodona, era por el silbido del viento a través de los árboles, por el murmullo de las hojas o el susurro de la fuente que brotaba al pie de la encina consagrada a Júpiter. Se dice que la estatua de Memnón emitía sonidos melodiosos con los primeros rayos de sol. Pero la Historia también nos dice – como tendremos ocasión de demostrarlo – que los Antiguos conocían perfectamente los fenómenos atribuidos a los Espíritus golpeadores. No hay ninguna duda de que éste es el principio de su creencia en la existencia de seres animados en los árboles, en las piedras, en las aguas, etc. Pero desde que este género de manifestaciones fue explotado, los golpes ya no eran más suficientes; los visitantes eran demasiado numerosos como para darles una sesión particular a cada uno; además, esto hubiera sido una cosa bastante sencilla: era necesario el prestigio, y desde el momento en que enriquecían el templo con sus ofrendas, era necesario retribuir su dinero convenientemente. Lo esencial era que el objeto fuese visto como sagrado y habitado por una divinidad; desde ese momento, se podía hacerle decir todo lo que se quisiera, sin tomar tantas precauciones.

Los sacerdotes de Memnón usaban – dicen – la superchería; la estatua era hueca, y los sonidos que emitía eran producidos por algún medio acústico. Esto es posible y hasta probable. Los Espíritus – incluso los simples golpeadores, que en general son menos escrupulosos que los otros – no están siempre a la disposición del primero que llegue, como ya lo hemos dicho; tienen su voluntad, sus ocupaciones, sus susceptibilidades y ni a unos ni a otros les gusta ser explotados por la codicia. ¡Qué descrédito para los sacerdotes si no hubieran podido hacer hablar a su ídolo en esa ocasión! Era preciso suplir su silencio y, en caso de necesidad, ayudarlo; además, era mucho más cómodo no tener tanto trabajo, al poder formular la respuesta según las circunstancias. Lo que vemos en nuestros días no prueba menos que las creencias antiguas tenían como principio el conocimiento de las manifestaciones espíritas, y es con razón que hemos dicho que el Espiritismo moderno es el despertar de la Antigüedad, pero de la Antigüedad esclarecida por las luces de la civilización y de la realidad.


Allan Kardec
Extraído de la “Revista Espirita 1858″


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     ESPÍRITU PROTECTOR O GUÍA.

504 – ¿Podemos saber siempre el nombre de nuestro Espíritu protector o ángel guardián?
– ¿Por qué razón queréis saber nombres que no existen para vosotros? ¿Creéis que no existen entre los Espíritus más que los que vosotros conocéis?
– ¿De qué forma lo invocaremos si no lo conocemos?
– Dadle el nombre que queráis, el de un Espíritu superior a quien tengáis simpatía y veneración. Vuestro Espíritu protector vendrá a ese llamado, porque todos los Espíritus buenos son hermanos y se asisten entre sí.
505 – Los Espíritus protectores que toman nombres conocidos,¿son siempre realmente los de las personas que tenían aquellos nombres?
– No, pero de Espíritus que le son simpáticos y que vienen a menudo por orden suya. Necesitáis nombres y entonces toman uno que os inspire confianza. Cuando vosotros no podéis cumplir personalmente una misión, enviáis un comisionado que haga vuestras veces.
506 – Cuándo estemos en la vida espírita, ¿reconoceremos a nuestro Espíritu protector?
– Sí, porque, con frecuencia, le conocíais antes de encarnaros.
507 – ¿Todos los Espíritus protectores pertenecen a la clase de los Espíritus superiores? ¿Pueden encontrarse entre los grados intermediarios? Un padre, por ejemplo, ¿puede llegar a ser el Espíritu protector de su hijo?
– Puede serlo, pero la protección supone un cierto grado de elevación y además un poder y una virtud concedida por Dios. El padre que protege a su hijo puede a su vez estar asistido por un Espíritu más elevado.
508 – Los Espíritus que han dejado la Tierra en buenas condiciones, ¿pueden siempre proteger a los que aman y les sobreviven?
– Su poder es más o menos restringido y la posición en que se encuentran no les deja siempre toda la libertad de actuar.
509 – Los hombres en estado salvaje o de inferioridad moral, ¿tienen, igualmente sus Espíritus protectores y en este caso son de orden tan elevado como los de los hombres muy adelantados?
– Cada hombre tiene un Espíritu que vela por él, pero las misiones son relativas a su objetivo. No confiáis un niño que aprende a leer a un profesor de filosofía. El progreso del Espíritu familiar corresponde al del Espíritu protegido. Teniendo un Espíritu protector que os vigila, podéis a vuestra vez llegar a ser el protector de un Espíritu que os es inferior, y los progresos que le ayudéis a realizar contribuirán a vuestro adelanto. Dios no pide al Espíritu más de lo que le permiten su naturaleza y el grado a que ha llegado.
510 – Cuándo el padre que vela por su hijo se reencarna, ¿continúa velando por él?
– Eso es más difícil, pero invita, en un momento de desprendimiento a un Espíritu simpático para que lo asista en esa misión. Por otra parte los Espíritus no aceptan más misiones que las que pueden cumplir hasta el fin.
El Espíritu encarnado, sobre todo en los mundos en que es material la existencia, está demasiado ligado a su cuerpo para poderse consagrar del todo, es decir, asistirle personalmente. Por esto los que no son bastante elevados están asistidos a su vez por Espíritus que le son superiores, de modo que, si uno falta por una causa cualquiera, es suplido por otro.
511 – Además del Espíritu protector, ¿está unido un Espíritu malo a cada individuo para impelerle al mal y proporcionarle ocasión de luchar entre el bien y el mal?
– Unido no es la palabra. Es cierto que los Espíritus malos procuran desviar del buen camino cuando encuentran la oportunidad,pero cuando uno de ellos se vincula a un individuo, lo hace por sí mismo, puesto que espera ser escuchado. Entonces se traba una lucha entre el bueno y el malo, y vence aquél a quien el hombre deja que le domine.
512 – ¿Podemos tener varios Espíritus protectores?
– Cada hombre tiene siempre Espíritus simpáticos, más o menos elevados que le aprecian y se interesan por él, como también los hay que le asisten en el mal.
513 – ¿Los Espíritus simpáticos actúan en virtud de una misión?
– A veces pueden tener una misión temporal; pero lo más frecuente es que son solicitados por la semejanza de pensamientos y de sentimientos, tanto en el bien, como en el mal.
– ¿Parece resultar de esto que los Espíritus simpáticos pueden ser buenos o malos?
– Sí; el hombre encuentra siempre Espíritus que simpatizan con él, cualquiera que sea su carácter.
514 – ¿Los Espíritus familiares son los mismos Espíritus simpáticos o Espíritus protectores?
– Existen diferencias en la protección y en la simpatía. Dadles el nombre que queráis. El Espíritu familiar corresponde más bien al amigo del hogar.

De las explicaciones anteriores y de las observaciones hechas sobre la
naturaleza de los Espíritus que se unen al hombre, puede deducirse lo siguiente:
El Espíritu protector, ángel guardián o genio bueno es el que tiene la misión de seguir al hombre durante la vida y ayudarle a progresar. Siempre es de naturaleza relativamente superior a la del protegido.
Los Espíritus familiares se unen a ciertas personas por lazos más o menos
duraderos con objeto de serles útiles dentro de los límites de su poder, con
frecuencia bastante limitado. Son buenos, pero a veces poco adelantados y hasta un poco ligeros. Se ocupan gustosos de los pormenores de la vida íntima y sólo actúan por orden o con permiso de los Espíritus protectores.
Los Espíritus simpáticos son los que se sienten atraídos hacia nosotros por afectos particulares y una cierta semejanza de gustos y de sentimientos, así en el bien como en el mal. La duración de sus relaciones está siempre subordinada a las circunstancias.
El mal genio es un Espíritu imperfecto o perverso que se une al hombre para desviarlo del bien: pero obra por su propia iniciativa y no en virtud de una
misión. Su tenacidad está en razón del acceso más o menos fácil que halla. El
hombre es libre siempre de escuchar su voz o de rechazarla.

515 – ¿Qué pensar de esas personas que parecen unirse a ciertos individuos para arrastrarlos fatalmente a la perdición, o para guiarlos por el buen camino?
– Ciertas personas ejercen, en efecto, sobre otras, una especie de fascinación que parece irresistible. Cuando esto se verifica por el mal, es que los Espíritus malos se sirven de otros Espíritus malos para subyugar mejor. Dios lo permite para probaros.
516 – Nuestro buen y mal genio, ¿podrían encarnarse para acompañarnos durante la vida de una manera más directa?
– Eso ocurre algunas veces. Pero, con frecuencia, también encargan esa misión a otros Espíritus encarnados que le son simpáticos.
517 – ¿Hay Espíritus que se unen a toda una familia para protegerla?
– Ciertos Espíritus se unen a los miembros de un misma familia que viven juntos y unidos por el afecto; pero no creáis en Espíritus protectores del orgullo de raza.
518 – Siendo atraídos los Espíritus por sus simpatías hacia los hombres, ¿lo son igualmente hacia las reuniones de individuos debido a causas particulares?
– Los Espíritus acuden con preferencia a donde están sus semejantes, pues allí están más a sus anchas y más seguros de ser escuchados. El hombre atrae a los Espíritus en razón de sus tendencias, ya esté sólo, ya forme un estado colectivo, como una sociedad, una ciudad o un pueblo. Hay, pues, sociedades, ciudades y pueblos que están asistidos por Espíritus más o menos elevados según el carácter y las pasiones que predominan en ellos. Los Espíritus imperfectos se alejan de los que los rechazan. El resultado de eso es
que el perfeccionamiento moral de las colectividades, como el de los individuos, tiende a descartar a los Espíritus malos y a atraer a los buenos, que excitan y mantienen el sentimiento del bien de las masas, como pueden otros atizar las malas pasiones.
519 – Las aglomeraciones de individuos, como las sociedades, ciudades y naciones, ¿tienen sus Espíritus protectores especiales?
– Sí; porque esas reuniones son individualidades colectivas que marchan con un objetivo común y que tienen necesidad de una dirección superior.
520 – Los Espíritus protectores de las masas, ¿son de naturaleza más elevada que los que se unen a los individuos?
– Todo es relativo al grado de adelanto de las masas como al de los individuos.
521 – ¿Pueden ciertos Espíritus cooperar al progreso de las artes, protegiendo a los que las cultivan?
– Hay Espíritus protectores especiales y que asisten a los que invocan, cuando los consideran dignos; pero, ¿qué queréis que hagan por los que se creen ser lo que no son? No hacen que los ciegos vean ni que oigan los sordos.

Los antiguos hicieron divinidades especiales; las Musas no eran otra cosa
que la personificación alegórica de los Espíritus protectores de las ciencias y las
artes, como designaron bajo el nombre de lares y penates a los Espíritus protectores
de la familia. Entre los modernos, las artes, las diferentes industrias, las ciudades, los continentes, tienen también sus patronos protectores, que no son otros que los Espíritus superiores, pero bajo otros nombres.
Teniendo cada hombre sus Espíritus simpáticos, resulta que en las colectividades, la generalidad de los Espíritus simpáticos está en relación con la generalidad de los individuos; que los Espíritus extraños son atraídos por la identidad de gustos y pensamientos, en una palabra, que esas reuniones, lo mismo que los individuos, están mejor o peor rodeadas, asistidas e influidas según la naturaleza de pensamientos de la multitud. Entre los pueblos, las causas de atracción de los Espíritus son las costumbres, los hábitos, el carácter dominante y sobre todo las leyes, porque el carácter de una nación se refleja en sus leyes.
Los hombres que hacen reinar la justicia entre sí, combaten la influencia de los
malos Espíritus. En todas partes donde las leyes consagran las cosas injustas,
contrarias a la Humanidad, los buenos Espíritus están en minoría y la masa de
los malos que allí afluyen entretienen a la nación en sus ideas y paraliza las
buenas influencias parciales que se pierden entre la multitud, como una espiga
aislada en medio de las ortigas. Estudiando las costumbres de los pueblos o de
toda reunión de hombres, es fácil hacerse una idea de la población oculta que se inmiscuye en sus pensamientos y en sus acciones.
EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS. ALLAN KARDEC.
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¿Reencarnación o Resurección?

     Este dilema ha sido un escollo insalvable entre diferentes religiones que por él se han dado la espalda mutuamente, sin embargo, nosotros solo vamos a hacer un somero análisis de los mismos para ver si vislumbramos la verdad de esta cuestión, que es lo que de verdad nos importa.
   La Reencarnación es un fenómeno natural y cotidiano tanto como lo es también el fenómeno contrario: La desencarnación,.
    La reencarnación es  consecuente con la Ley de Evolución, por la cual los seres espirituales regresamos repetidas veces a la vida física, en nuevos cuerpos físicos y  bajo nuevas personalidades humanas, a fin de adquirir las necesarias experiencias que nos  permitan evolucionar en nuestra parte espiritual.
           La Resurección, en lo que se refiere al cuerpo físico, es una  antigua  idea judeo-cristiana  procedente   del primitivo pueblo  hebreo, que a la idea que hoy llamamos  reencarnación le llamaban ellos resurrección, como vuelta a la vida física de nuevo. Pero esto se tergiversó y se tradujo como la vuelta a este mundo, pero con el mismo cuerpo que ya se tuvo y que murió; por tanto, para regresar a este mundo con el mismo cuerpo tendría necesariamente  que resucitar antes volviendo a la vida en los despojos que formaron su cuerpo que tuvo antes de la muerte del mismo. Evidentemente, hay que señalar que  el concepto de la resurección, tal como lo admite y enseñan las religiones cristianas, es una antígua creencia utópica; solamente supone  un mito  religioso y un disparate desde cualquier punto de vista,  porque  el regreso a la vida de un cadáver o de unos restos cadavéricos no puede existir como tal,  ya que una vez que se  consuma la muerte de la persona, y se cortan los lazos energéticos que  mantenían unido al Espíritu  con el  cuerpo material, dicho Ser se encuentra libre en un espacio no físico, y el cuerpo carnal abandonado comienza inmediatamente el natural proceso de disgregación celular y de descomposición, con la reintegración de sus elementos a la tierra, de donde una vez salieron, y ya no hay en el cadáver ningún  elemento de cohesión celular  porque ya no hay en él ninguna energía vital;  por lo tanto el fenómeno de la muerte cuando es  real y total, una vez completado es absolutamente irreversible; de modo que  los elementos minerales que  lo integraban, regresan a la Naturaleza, pudiendo después, a su vez,  pasar a formar parte de otros cuerpos vegetales, animales o humanos.

  La  resurrección del cuerpo físico como tesis, plantea muchos problemas insolubles desde la razón y desde la lógica, por ejemplo, cuando muere un niño pequeño, ¿Qué méritos o deméritos podría tener para un premio o un castigo eternos? Estos son algunos de los enigmas sin respuesta bajo la admisión del concepto resureccionista.

 Pero sin embargo  si con la  palabra  resurección   nos referimos  a que el Ser espiritual   tras la muerte del cuerpo resucita o despierta en el plano de existencia espiritual  que llamamos “más allá”, este va recobrando poco a poco sus  normales facultades como Espíritu libre y   después tendrá que regresar  al mundo terrenal de nuevo para continuar experimentando , aprendiendo y evolucionando en otra nueva experiencia  humana, pero en un nuevo cuerpo físico y con una nueva personalidad humana. Entonces el vocablo “Resurección” si encaja, porque  adquiere otro sentido muy distinto al del concepto que se le ha atribuido comúnmente.

  Además,  la acepción normal que se le atribuye, de “resurrección de la carne”,  o sea de la misma carne, resulta  totalmente absurda ante la razón y  ante la ciencia, además de que  ante un elemental sentido de la Justicia Divina ,sería aberrante  la existencia de la  resurección de los cadáveres, si existiese,  tal  y como se entiende.

    En el caso de la muerte de un niño pequeño, sin embargo, también adquiere mayor sentido esa muerte prematura si consideramos que ha podido ser como prueba o expiación para sus padres, o bien porque el poco tiempo que ha vivido en esa vida es el tiempo que le faltó en otra anterior en la que murió prematuramente, tal vez por su decisión o irresponsabilidad.
. José Luis Martín-

“Jesús a Nicodemo: “ Os es necesario nacer de nuevo”
 -    Evangelio Juan 3-7   -

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 DESENCARNACIÓN -
 Pérdida de Personas Amadas

¿La pérdida de los entes que nos son queridos, no constituye para nosotros legítima causa de dolor, tanta más legítima cuando es irreparable e independiente de nuestra voluntad?

'Esa causa de dolor, alcanza tanto al rico como al pobre: representa una prueba, o una expiación y la ley es común. Tenéis, empero, un consuelo al poder comunicaros con vuestros amigos por los medios que están a vuestro alcance, en cuanto no disponéis de otros más directos y más accesibles a vuestros sentidos.

Libro de los Espíritus., Preg. 934



Si observamos la vida bajo el punto de vista espiritual, se hace necesaria una revisión en torno de muchos conceptos que se arraigan en la mente humana, que no poseen la legitimidad que se les atribuye.

De entre otros, el que corresponde a la desencarnación de los seres amados, le cabe al Espiritismo el noble menester de demostrar que la verdadera pérdida se produce cuando el ser se extravía de la recta senda del deber, resbalando insólitamente en la licenciosidad, en el crimen o en la alucinación de cualquier tipo que se presente.

Cuando sucede la transferencia del ser querido de una a otra esfera de la vida - prosigue, no obstante, viviendo en plena acción y en un campo más amplio -, y estos no es "lo peor que podría acontecer.

Sin duda, ocurren en el cuerpo, desdichados acontecimientos mucho más graves y dañinos que la muerte.

Infelicidad constituye un acto disipador que genera desgracias ajenas, aún cuando aquel que lo promueve es elevado a la posición engañosa de la relevancia social o económica. Día llega en que la conciencia que se entorpeció sacude su letargo y despierta bajo los aguijones dolorosos, sintiéndose infeliz por haber burlado los códigos de la soberana justicia de Dios.

Toda actitud que perturba al prójimo, denigra vidas, envenena existencias, es, sin duda, de las peores cosas que le pueden suceder a un espíritu encarnado en tránsito hacia su propia liberación.

La enfermedad prolongada, para un temperamento irascible - verdadera bendición que la vida proporciona al condenado y rebelde - puede convertirse a causa de una rebeldía sistemática o por la forma de huir de la resistencia moral, en desdicha espiritual, ante la ingestión de los líquidos tóxicos de la exasperación, de la impaciencia y de la rebeldía que consumen a aquellos que las cobijan por imprudencia o por amor propio herido.

En ese campo, aparecen las parálisis que constriñen, la ceguera, la mudez, la sordera, los problemas gástricos, cardíacos, de las vías respiratorias, los procesos de perturbación renal, los reumatismos y artritismos en los cuales el paciente orgánico disfruta de lucidez mental, revolcándose en las blasfemias sin palabras, entregado a silenciosas amarguras o dañinos desgastes nerviosos por considerar injusto su padecer, rebelándose ante la cura que parece demorar o que tal vez no llegue.

También son, acontecimientos peores, las costumbres que se convierten en vicios sociales y que se imponen sustentados por la delincuencia de los que los utilizan, tales como el alcoholismo, la toxicomanía y la perversión sexual a la que se arrojan millones de individuos en enloquecida carrera hacia el homicidio, y luego, hacia el nefasto suicidio, siempre que la locura no los sorprenda antes, en una total disgregación de la personalidad enferma.

La muerte sólo constituye desdicha, cuando es autopromovida, incidiendo en el injustificable suicidio.

* * *

No se perdió el afecto de quien retornó a la vida espiritual.

No fue su transferencia de domicilio una penuria real.

Anterior al cuerpo actual, el espíritu ha vivido bajo las condiciones resultantes de las experiencias anteriores en las cuales atravesó los milenios, atesorando valores que son indispensables para la evolución.

La paternal misericordia y paciencia divina lo asisten desde hace millares de siglos en las múltiples transformaciones por las que viene pasando hasta hoy, ofreciéndole siempre las mejores oportunidades con las que torna el futuro superior al pasado.

De la misma forma, sobrevive al desgaste orgánico de ahora, recomenzando la adquisición de los bienes inmortales que a todos nos embellecen la personalidad, caracterizando a cada uno en la faja evolutiva en la que se encuentra aprendiendo.

Vinculados por los fuertes lazos de la afectividad resultante de la familia espiritual en la cual transitan, esos Espíritus progresan fieles a sus amores, manteniendo los lazos de cariño y el sostén necesario, con el cual, se encaminará hacia adelante y hacia la felicidad.

La muerte es una ligera interrupción de los implementos físicos, que dificulta un mayor contacto material entre aquel que se liberta y quien permanece en la red orgánica. Además, morir no siempre significa libertad. . . Libérase de las presiones del mundo físico, quien se ejercita en la abnegación y en el renunciamiento, viviendo en un clima de menor fijación y dependencia de las pasiones inferiores y de las bajas necesidades.

Sin embargo, aún cuando ocurre la separación de los vínculos que unen el espíritu al cuerpo, el desencarnado se enfrenta con otros medios de intercambio, de los que se vale la manutención de la correspondencia con los transeúntes de la retaguardia.

Cuando duermen, los seres nostálgicos, profundamente ligados a los amores libres, son conducidos por el parcial desprendimiento, a reencuentros dichosos de los que se dan cuenta a veces, por el mensaje de los sueños o porque retornan vitalizados, iluminados, poseyendo una nostalgia diferente, de aquella profunda ausencia que los mortificaba cuando recordaban.

Otras veces, surge con el convivir mental, a través del intercambio intuitivo con el cual procuran disminuir el dolor del sufrimiento de quien prosigue en el cuerpo, inspirando y monologando por los hilos invisibles pero poderosos del pensamiento, y obteniendo, casi siempre, un diálogo reconfortante y bendito.

Surgen ocasiones en las que intervienen en acontecimientos y sucesos que corresponden a los familiares, modificando los paisajes sombríos, alterando hechos y ofreciendo valiosas contribuciones de gratitud en testimonio de imperecedera dedicación.

Finalmente, se valen de los nobles mecanismos de la mediumnidad, en sus complejas facetas, hablando o escribiendo, materializando o apareciendo a la visión psíquica en un
distender de manos amigas y corazones afectuosos, sustentando el amor y bendiciendo la oportunidad.

Traen las noticias de las regiones felices donde se encuentran, entretejiendo esperanzas y consuelos con lo que iluminan con luz inmortalista los escondrijos torpes de la angustia, que cede su lugar a la alegría incontenida y al amor agradecido hacia el Supremo Padre.

Se refieren a los lugares en los que se purificaron o se purifican los incautos, advirtiendo y enseñando a los que no se dan cuenta de esa realidad, a fin de hacerlos cambiar de comportamiento, evitándoles de esa forma que caigan en los reductos de reparación a los que se arrojarían si no recibieran la luminosa orientación.

Los diálogos dichosos con los Espíritus amados, que se puedan disfrutar gracias a la mediumnidad sublimada por el ejercicio del bien del que nos da cuenta el Espiritismo, constituyen la sublime concesión que se revela al hombre, la más perfecta emulación para que éste triunfe sobre sí mismo, superando pasiones y problemas, caminando en actitud humilde y estoica hacia la Vida.

Mediante ese connubio superior - la convivencia entre el desencarnado y el encarnado, en el sagrado momento del intercambio mediúmnico -, se puede aquilatar y anticipar los júbilos y la felicidad que se obtendrá en el reencuentro después de la victoria de la vida sobre la muerte, de la liberación de los cuerpos, en una reunión de la que todos gozarán más tarde, después de vencida la sombra, el dolor, la incertidumbre...

* * *

Cuando un ser querido se traslada de una hacia otra vibración, no es pérdida, sino ganancia.

De manera alguna, la desencarnación representa una cosa peor, sino una bienaventurada liberación en una alborada de luz total y de felicidad real hasta tanto llegue el instante del restablecimiento de la convivencia, momentáneamente interrumpida. Y esto, por más que parezca demorarse, sucederá, posibilitando, en una consideración retrospectiva, apreciar que ese grande y largo período de ausencia, no ha sido nada más que un minuto, un lapso de tiempo que está entonces ampliamente recompensado por la dicha de la perfecta comunión llevada a cabo en un clima inefable de ventura integral.

- Juan Carlos Mariani -


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