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lunes, 7 de noviembre de 2011

Mensaje de Sheilla




DISCIPLINA


No nos repugne el verbo obedecer. Todo lo que constituye progreso y perfeccionamiento guarda el orden por base.

No olvides que la disciplina se inicia en el Cielo…

Las más sublimes constelaciones atienden a las leyes de equilibrio y movimiento.


El Sol que nos sustenta la vida en el mundo repite operaciones de ritmo, hace numerosos milenios.

La Luna que clareaba el camino de las más remotas civilizaciones de la India y de Egipto efectúa, aun hoy, las mismas tareas, ante la Humanidad.

En el campo de la Naturaleza, la disciplina es aliciente de toda bendición.

Obedece el suelo.

Obedece el árbol.

Obedece la fuente.

Cualquier construcción obedece al plano del arquitecto  que la idealiza.

Y, en el refugio de la casa, obedecen el piso anónimo, el amigo  florero y el pan que enriquece la mesa.

En la experiencia física, la salud es obra de la disciplina celular.

Cuando las unidades microscópicas de la colmena orgánica si desarvoram, se rebelaron, encontramos las torturas de la enfermedad o las sombras de la muerte.

Llamados a servir a nuestros semejantes en el Espiritismo Cristiano, a favor de nosotros mismos, sepamos cultivar la libertad de obedecer para el bien, aprendiendo y ayudando siempre.

Jamás nos olvidemos de que Jesús se hizo Maestro Divino y Soberano de las Almas, no solamente porque haya venido al mundo, consagrado por los cánticos de las Legiones  Celestes, sino también por haber transformado la propia vida, en su Apostolado de Amor, en un cántico de humildad, obedeciendo constantemente a la voluntad de Dios.

Por el Espíritu Sheilla, Del libro: Taça de Luz, Médium:  Francisco Candido Xavier- Espíritos Diversos.

 No sólo en las instituciones educativas puedes estudiar.
La propia vida es un libro abierto, que enseña a quien desea aprender."
(Vida Feliz -- Joanna de Angelis)



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domingo, 6 de noviembre de 2011

La materia y las fuerzas radiantes





El Universo es un reservorio infinito de fuerzas en acción permanente, una vibración inmensa, cuya fuente central, la voluntad motriz, está en Dios.

 “La cadena de vida se desarrolla grandiosamente, sin solución de continuidad, desde el átomo hasta el astro, desde el hombre en todos los grados de la jerarquía espiritual, hasta Dios.” (León Denis)

El estudio de los fluidos y de las fuerzas radiantes lleva, necesariamente, a las formas invisibles de la vida, pues con ellas se relaciona fuertemente. Por ahí es por donde la ciencia nueva llegará a reconocer la existencia del mundo de los espíritus, y por donde las inmensas perspectivas del más allá se abrirán ante ella.

Vivimos en una época notable en la Historia del mundo. El universo desconocido e  


invisible levanta, lentamente, los velos que nos ocultaban sus mayores secretos. 

Fuerzas de una potencia incalculable se han revelado, y el hombre, con creciente 

éxito, trabaja para su aplicación.


Todo se encadena y se armoniza en la inmensa escala de las fuerzas. Cada vibración sonora despierta, en la materia, una repercusión correspondiente. La Naturaleza nos muestra, en todos los grados y en todas las cosas, la ley armónica que imprime su ritmo a la vida universal. Encontramos los efectos de esa ley, en un grado superior, en todas las relaciones que unen los mundos visible e invisible, y en todas las relaciones que se pueden establecer entre los hombres y los espíritus.

     La naturaleza íntima del alma nos es desconocida. Cuando se dice que es 


inmaterial, es preciso entender esta palabra en un sentido relativo y no absoluto; 


pues la inmaterialidad perfecta sería la nada; ahora bien, el alma o el espíritu  es 


algo que piensa, que siente, que quiere; es preciso, pues, entender por la expresión 


“inmaterial” que su esencia es de tal modo diferente de lo que conocemos 


físicamente, que no tiene analogía alguna con la materia.

Cuando se dice que es inmaterial, es preciso entender esta palabra en un sentido 

relativo y no absoluto; pues la inmaterialidad perfecta sería la nada; ahora bien, el 

alma o el espíritu  es algo que piensa, que siente, que quiere; es preciso, pues, 

entender por la expresión “inmaterial” que su esencia es de tal modo diferente de lo 

que conocemos físicamente, que no tiene analogía alguna con la materia.La 

naturaleza íntima del alma nos es desconocida. 

La materia es tan solo el agente de que se sirve el espíritu para realizar sus 


objetivos. A través de una serie de fenómenos, esa materia puede purificarse y 


llegar a un estado que permite confundirla con el principio primordial de la vida. Se 


podría creer que la materia se convierte en espíritu, porque ella es animada, pero 


nunca posee, por sí misma, un principio propio de vida.

La materia vive por reflejo, sigue la evolución de la vida y le  sirve de soporte. La chispa emanada del foco divino evoluciona en la materia, recorriendo el Espacio y vuelve a su punto de partida, más pura y más luminosa.

La materia rarefacta se transforma en fluido, en fuerza radiante. Todo el cuerpo está envuelto por esa materia fluídica; es su ropaje imperecedero que se desprende por ocasión de la muerte y pasa a ser el envoltorio del espíritu en el Espacio. La materia, es tan solo una condensación de fluidos.

“La energía resulta de una corriente inmensa de fuerzas que recorre el Espacio, regula 


la marcha de los astros y alimenta la vida de todos los seres en los planetas.”

La electricidad, es solo una de las manifestaciones de la energía universal, las ondas 


hertzianas y todas las fuerzas radiantes, cuya existencia constatamos hoy, no son 


más que emanaciones derivadas, y podríamos decir incluso parcelas, de esa poderosa 


corriente de fuerza y de vida que anima el Universo y cuya fuente está en Dios.

Todas las perturbaciones eléctricas provienen de la falta de equilibro de los elementos 


que constituyen el fluido. Todo se explica, entonces, por la diferencia de densidad y de 


potencia. Las corrientes etéricas determinan las corrientes eléctricas, y éstas provocan 


las corrientes atómicas. Con independencia de la presión, los fluidos superiores obran 


sobre los fluidos inferiores.

Siendo así, se podrá comprender cómo una influencia, ejercida de modo invisible en el 


medio eterico, puede causar los movimientos visibles de átomos y, en consecuencia, 


fenómenos que parecen inexplicables a los no iniciados.

La energía o movimiento representa la acción más sensible del ser universal, en el 


Tiempo y en el Espacio. Dios es la fuente de la vida y la vida se manifiesta por el movimiento.

Duración, Espacio y Movimiento forman, en su reunión, la unidad que se manifiesta: ¡Dios!

No hay que confundir las radiaciones del Espacio con el fluido humano, una relación íntima los religa y que todas las fuerzas terrestres, celestes y humanas se relacionan a un principio común.

La materia, bajo sus diversos aspectos, constituye un inmenso reservorio de energía. En realidad, ella es tan solo fuerza condensada: los sólidos se transforman en líquidos, los líquidos en gases, los gases en fluidos, y éstos, a medida que se vuelven más sutiles, más quintaesenciados, recuperan sus propiedades primitivas y parecen impregnarse de inteligencia. Por lo menos es lo que parece resultar de ciertas manifestaciones del rayo. En un grado superior, la fuerza parece identificarse con el espíritu y se convierte en uno de sus atributos.

Toda materia concreta es tan solo, por lo tanto, la energía capturada. El químico Fabre calculó que un kilo de carbón concentra 23 billones de calorías, que liberadas, bastarían, según dice, para accionar una red de líneas de ferrocarril, durante dos años. Ahora bien, tan solo liberamos, actualmente, un número proporcionalmente insignificante. El día en que se sepa desintegrar, liberar todas las partículas de la materia, estaremos en posesión de una fuerza incalculable.

Sin embargo tales progresos, según dicen los espíritus, son medidos por el valor moral de la Humanidad. Dios no permite que ciertas revelaciones o descubrimientos se lleven a cabo antes de que el hombre haya alcanzado una conciencia más completa de sus deberes y de sus responsabilidades.

La Naturaleza vibra, desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande. La cadena de vida se desarrolla grandiosamente, sin solución de continuidad, desde el átomo hasta el astro, desde el hombre, en todos los grados de la jerarquía espiritual, hasta Dios.

La fuerza íntima del espíritu hay que estudiarla dentro de nosotros mismos; cada alma es un centro de fuerza y vida, cuyas radiaciones varían hasta lo infinito, según el valor moral y el estado de evolución del ser. Esas radiaciones crean, en torno a nosotros, una especie de atmósfera fluídica, cuyo análisis podría dar la medida exacta de nuestro valor psíquico, de nuestra salud del cuerpo y del espíritu, la indicación precisa de nuestra situación, respecto de la escala de los seres; en una palabra, sobre nuestro grado de evolución.

En los mundos más adelantados que la Tierra, los espíritus más evolucionados viven exclusivamente de esa materia fluídica, y de ella se sirven para comunicarse incluso a grandes distancias. Desde hace algún tiempo, se han llevado a cabo tentativas para que ellos se comuniquen con la Tierra.

Los mensajes incomprensibles que se recibieron no venían de Marte, sino de un mundo más elevado. Los autores de esos mensajes se acordaban de haber vivido en vuestro planeta, y entre ellos se encuentras nuestros  guías espirituales, que deseaban establecer una comunicación, y por este medio, enviarnos radiaciones benéficas que hubieran favorecido nuestra evolución. Así, se esperaba influenciar nuestra atmósfera, influenciar nuestros cerebros y hacer funcionar los aparatos, hasta entonces, mudos. Hay otros núcleos planetarios que actúan también sobre nosotros. Las ondas llegan a nosotros desde lados diferentes. De ese conjunto de esfuerzos aparece un primer resultado: la Ciencia humana se orienta hacia el estudio de las ondas. Pronto descubrirán un aparato para registrarlas, lograrán captarlas, aislarlas y servirse de su fuerza.

Esas ondas tendrán longitudes y velocidades superiores a las que nosotros poseemos. Vuestra electricidad no es más que un proceso de aislamiento, una derivación de la fuerza universal. Las ondas de los mundos a que me refiero llegarán hasta vosotros bajo la forma de vibraciones de sonoridad especial, todavía desconocida.

Los propios sabios incrédulos percibirán y comprenderán que esas ondas son de una clase nueva; ellas serán calculables y veremos que sus longitudes son más extensas que las conocidas en nuestra esfera.

Hay emisiones proyectadas, sin cesar, en dirección a vosotros; sin ese auxilio, no hubierais inventado la telegrafía sin hilo. Ésta, por el momento, solo emite ondas de nivel terrestre, dependientes de un sistema de corrientes que envuelven vuestro planeta. Las otras ondas, que provienen de focos más distantes, vienen a chocarse verticalmente, con las ondas terrestres y deben atravesar las corrientes paralelas que les hacen de obstáculo.


 Todo, en el Espacio, se resume en ondas y vibraciones. A veces, nosotros mismos sentimos dificultad en acercarnos a vosotros, porque somos molestados por radiaciones groseras, originadas por las pasiones humanas.


Es por el aspecto de esas radiaciones como los espíritus se reconocen y se juzgan en la vida del Más Allá. Su brillo y su intensidad aumentan o disminuyen por la determinación del pensamiento y de la voluntad. Ellas escapan a nuestros sentidos, en su estado normal, pero ciertos médiums las perciben, las describen y se puede demostrar su existencia por medio de placas fotográficas. Haciendo intervenir la voluntad, con la fuerza del pensamiento bajo un impulso del alma, de una súplica o de una plegaria, las radiaciones aumentan y se transforman en una fuerte corriente de radiaciones psíquicas adoptando  una dirección rectilínea.

Hace cincuenta años que los espíritus procuran llevar a los sabios en dirección a aquellos en quienes encuentran disposiciones favorables para reconocer, directamente, y analizar las corrientes del Espacio. Pero esos sabios solamente han captado una ínfima parte de los elementos que componen las radiaciones y que nos sirven para transmitir nuestro pensamiento.

Es menester tener esto en cuenta, sobre todo en las reuniones espiritas y el papel que tienen nuestros pensamientos y nuestras radiaciones en la producción de los fenómenos. Se sabe que, en las reuniones en que intervienen los espíritus, éstos solo pueden proceder conforme a los recursos que les son proporcionados por los asistentes: las fuerzas psíquicas y las facultades mediúmnicas.

Los resultados dependen, entonces, en gran parte, del ambiente creado por los propios experimentadores. La primera condición es que sus radiaciones concuerden y se armonicen entre sí, con las de los médiums y las de los espíritus. La protección de una entidad elevada es indispensable para obtener bellos fenómenos intelectuales e incluso para dirigir y mantener a los espíritus productores de fenómenos físicos que, generalmente, pertenecen a un orden inferior.

Sin esa protección, las reuniones se hallan sujetas a influencias malas, contradictorias, a veces llenas de mistificaciones. Cuánto más superior sea el espíritu, más digna será la marcha de la sesión, más seria y expresiva, los consejos y enseñanzas serán más elevados, los hechos más convincentes, más claros y precisos, así como las pruebas de identidad.

El pensamiento de lo Alto sobrepasa, en energía, a todas las fuerzas de la Tierra, pero para que se comunique con los humanos es preciso ofrecerle condiciones favorables.

Ahora bien, para que esa protección sea posible es preciso presentar, al espíritu presente, condiciones que faciliten su acción, es decir, fluidos y sentimientos que reflejen su propia naturaleza y el fin moralizador que se propone.

La práctica del Espiritismo no debe solamente proporcionarnos las lecciones del Más Allá, la solución de los graves problemas de la vida y de la muerte; ella puede además enseñarnos a poner nuestras propias radiaciones en armonía con la vibración eterna y divina, a dirigirlas y disciplinarlas. No olvidemos que es mediante un ejercicio psíquico gradual, una aplicación metódica de nuestras fuerzas, de nuestros fluidos, de nuestros pensamientos y de nuestras aspiraciones, como preparamos nuestro papel y nuestro futuro en el mundo invisible; la actuación y el porvenir que serán mayores y mejores a medida que conseguimos hacer de nuestra alma un foco más radiante de fuerzas, de sabiduría y de amor.

Inicialmente, es preciso vencer el mal en sí, a fin de hacerse apto para combatirlo y vencerlo en el orden universal. Es preciso convertirse en un espíritu radiante y puro, para asimilar las fuerzas superiores y aprender a utilizarlas.

Es solamente en esas condiciones como el ser se eleva, de peldaño en peldaño, hasta las alturas espirituales donde resplandece la gloria divina, donde el ritmo de la vida arrulla, en sus ondas poderosas, la obra eterna e infinita.

sus fluidos un poder curativo, el hechicero les imprime las propiedades maléficas. El pensamiento puro y generoso es una luz. De los espíritus superiores se desprende una claridad radiante que ofusca y aleja a los espíritus del abismo. Es por eso que la presencia de un espíritu protector, en las sesiones, constituye una salvaguarda, una protección contra los fraudes y las obsesiones.

El pensamiento es la fuerza por excelencia que comanda las otras fuerzas y las impregna con sus cualidades o con sus defectos. El pensamiento es la fuerza que dirige a la Humanidad en su peregrinación áspera y dolorosa por excelencia y  que comanda las otras fuerzas y las impregna con sus cualidades o con sus defectos. El magnetizador, el terapeuta ceden a sus fluidos un poder curativo, el hechicero les imprime las propiedades maléficas. El pensamiento puro y generoso es una luz. De los espíritus superiores se desprende una claridad radiante que ofusca y aleja a los espíritus del abismo. Es por eso que la presencia de un espíritu protector, en las sesiones, constituye una salvaguarda, una protección contra los fraudes y las obsesiones. El magnetizador, el terapeuta ceden a sus fluidos un poder curativo, el hechicero les imprime las propiedades maléficas. El pensamiento puro y generoso es una luz. De los espíritus superiores se desprende una claridad radiante que ofusca y aleja a los espíritus del abismo. Es por eso que la presencia de un espíritu protector, en las sesiones, constituye una salvaguarda, una protección contra los fraudes y las obsesiones.

Las fuerzas que actúan en estos casos, en principio, no difieren de las radiaciones que se constatan en la Naturaleza. En los fenómenos de tiptología y de transportes, como en todos los casos de exteriorización y de desdoblamiento, se desprende del cuerpo del médium una fuerza que actúa en el medio ambiente. A ese tipo de energía invisible los espíritas y magnetizadores han dado el nombre de fluidos.

El mundo de los fluidos es la fuente de energías vitales. Es el reservorio inmenso donde los espíritus se proveen de los elementos necesarios para edificar sus obras grandiosas y variadas, en la médula de los Espacios.

La fuerza del pensamiento inspira al genio y prepara las revoluciones Ahora bien, el papel preponderante que esa fuerza desempeña en la Historia del mundo, nosotros lo reencontramos, en un plano más modesto, en las reuniones espíritas.

Para dar al pensamiento un carácter elevado, puro que permita manifestarse  a un espíritu superior el mejor procedimiento es la “Oración” salida del corazón, una ardiente suplica  que comunique  impulsión irresistible a nuestras energías ocultas,  que vibrando con intensidad se impregnen  en las cualidades de nuestra oración. Ellas facilitan  la intervención de los espíritus guías, la de los amigos, y alejan  a los espíritus de las tinieblas.

Cuando la plegaria en conjunto se hace en buenas condiciones, ella reacciona contra las vibraciones materiales. La plegaria genera la fe que inspira las acciones grandiosas y nobles. Es la fe esclarecida que nos acerca a Dios, foco radiante de vida, de sabiduría y de amor.

La voluntad sostenida por la fe es, por lo tanto, la mejor fuerza motriz para dirigir las fuerzas psíquicas del ser y proyectarlas hacia un objetivo sublime. El hombre debe, en fin, comprender que todas las fuerzas del Universo, tanto físicas como morales, en él se reflejan; su voluntad puede comandar a unas y otras, que se manifiestan en su consciencia.

Aprender a armonizarlas, trabajar para desarrollarlas en vidas sucesivas, tal es la ley de su destino. Bajo este punto de vista, recordemos que tenemos una obra admirable que cumplir. Ésta consiste en crear en nosotros una personalidad siempre más radiante y, para ello, tenemos el tiempo sin límites, el camino sin final y la vida eterna en la acción perpetua.  La música, también, por su ritmo, contribuye a unificar los pensamientos y los fluidos.

La plegaria es la expresión máxima del pensamiento y de la voluntad. Es en ese sentido que Allan Kardec la recomendaba a sus discípulos. La plegaria es, para las religiones, una fuente preciosa para elevar y mejorar al ser humano, pero la práctica se convierte en banal, si ella deja de ser ese impulso espontáneo del alma, que le hace vibrar las cuerdas profundas.

Todos los que, por el estudio del mundo invisible, en sus contactos con el Más Allá, buscan las certezas que fortalecen y consuelan, las grandes verdades que iluminan la vida, trazan el camino a seguir, fijan el objetivo de la evolución; todos los que buscan adquirir las fuerzas espirituales que sostienen en la lucha y en la probación, que nos preservan de las tentaciones de un mundo material y engañador, deben unir sus pensamientos, oraciones y voluntades, deben hacer surtir de sus almas esas corrientes poderosas y fluídicas que atraen hacia vosotros a las entidades protectoras y a los amigos fallecidos. Si sabéis perseverar en vuestras peticiones, en vuestras pesquisas, en vuestros deseos, ellas se acercarán; esas almas, y sus consejos, enseñanzas y ayudas se derramarán sobre vosotros como un rocío bienhechor. En esa comunión creciente con lo invisible, gozaréis de una vida nueva y os sentiréis reconfortados, regenerados.

En las sesiones espíritas donde no existe ni el recogimiento ni unión de pensamientos o unión de fuerzas, se crean corrientes diversas y frecuentemente opuestas que forman como una tempestad de fluidos, en la cual las entidades elevadas sienten un real malestar e incluso un sufrimiento que paraliza su acción. Por otra parte, los espíritus inferiores, de vibraciones bajas, ahí se complacen y proceden tanto más fácilmente por cuanto son más groseros, más cercanos a la materia. Pero su influencia es perjudicial para los médiums, a quienes desgastan y desequilibran con el correr del tiempo.


Y si, por vuestra asiduidad y fe, obtenéis bellos fenómenos y notables facultades psíquicas, no os volváis vanidosos, y aceptadlos con reconocimiento, humildad y hacedlos servir para vuestro perfeccionamiento moral. Recordad que la presunción es como una muralla que se interpone entre nosotros y las influencias de lo Alto, tal como dijo Bernardino de Saint-Pierre:11 “Para encontrar la verdad, es preciso buscarla con el corazón puro”. Y aún añadiré estas palabras de las Escrituras: “Dios les dio a los pequeños y a los humildes lo que negó, a veces, a los poderosos y a los sabios”.

La verdad, está al alcance de los sencillos y de los puros; de todos aquellos que, en el recogimiento y en silencio, al abrigo de las tempestades, del mundo, del conflicto de las pasiones y de los intereses, saben interrogar a las profundidades de la consciencia y entrar en relación con el mundo superior, foco de toda luz, de toda sabiduría, fuente de todas las grandes revelaciones.

Es por desconocer el papel de las fuerzas radiantes en los fenómenos y el modo de dirigirlas, por lo que los investigadores oficiales han registrado muchos fracasos. En las pesquisas psíquicas, la homogeneidad del ambiente, la armonía de los fluidos y de los pensamientos son factores indispensables para el éxito. Cuanto más se empleen los procedimientos materialistas utilizados por la Ciencia, menos favorecidos seréis con la asistencia de lo Alto. En los ambientes en que las entidades superiores desean intervenir, si encuentran influencias contrarias, se les hace imposible actuar o incluso transmitir sus pensamientos; las divergencias de puntos de vista forman una barrera y el fluido de ellas no puede ya penetrar el médium y, a través de éste, alcanzar el  Espíritu y el corazón de los asistentes.

Es solamente en la homogeneidad perfecta, en la fusión de fluidos y sentimientos, como el espíritu, al leer nuestros pensamientos, puede responder con exactitud a las preguntas íntimas y resolver los problemas más delicados de la vida y de la muerte.

Cada estrella que brilla en el cielo nos enseña una lección; cada tumba que se cava en la tierra fría nos da un aviso. La existencia terrestre pasa como una sombra, pero la vida celeste es infinita. En cambio, nuestras vidas humanas, por muy cortas que sean, pueden ser fecundas para nuestro progreso; pese a su carácter precario, ellas forman los materiales con cuyo auxilio se edifican nuestros destinos; ellas son como piedras que componen el inmenso edificio del futuro del alma. Esforcémonos, por tanto, en pulir esas piedras, tallarlas y esculpirlas, para con ellas construir un monumento de líneas puras, de formas grandiosas y armoniosas.

Extraído del libro de León Denis “El Espiritismo y las Fuerzas Radiantes” 


En la dimensión espiritual, a la que ingresa todo ser humano después de su desencarnación, el espíritu  se descubre dotado de un cuerpo similar al que tuvo en su reciente experiencia terrena: es su cuerpo periespiritual que al guardar su apariencia, le identifica y lo hace un ser concreto, definido y reconocible.-  ( Jon Aizpúrua)

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sábado, 5 de noviembre de 2011

El egoismo


   El egoísmo es hermano de la soberbia, y procede de las mismas causas. es una de las más terribles manifestaciones del alma y el mayor obstáculo para los mejoramientos sociales. Sólo él neutraliza y hace estériles casi todos los esfuerzos del hombre orientados hacia el bien. Así pues, combatirlo debe constituir la preocupación constante de todos los amigos del progreso y de todos los servidores de la justicia.

   El egoísmo es la persistencia de ése individualismo feroz que caracteriza al animal, como un vestigio del estado de inferioridad que hemos tenido que sufrir. El hombre es, ante todo, un ser sociable; está destinado a vivir con sus semejantes, y no puede hacer nada sin ellos. Abandonado a sí mismo, sería impotente para satisfacer sus necesidades y desarrollar sus cualidades.

   Después de Dios, es a la sociedad a quien debe el hombre todos los beneficios de la existencia, todas las ventajas de la civilización. Goza de ello, pero precisamente este goce, esta participación de los frutos de la obra común le imponen el deber de cooperar en la obra misma. Una estrecha solidaridad le une a la sociedad; se debe a ella, como ella se debe a él. Permanecer inactivo, improductivo, unútil, en medio del trabajo de todos, sería un ultraje a la moral, casi un robo; sería aprovechar las labores de los demás, aceptar un préstamo que nos negásemos a restituir.

   Formamos parte integrante de la sociedad, y todo lo que le atañe a ella nos atañe. Con esta comprensión del vínculo social y de la ley de solidaridad es con lo que se mide la dosis de egoísmo que existe en nosotros. El que sabe vivir con sus semejantes y para sus semejantes, nada tiene que temer de este grande mal. Posee un criterio infalible para guzgar su conducta. No hace nada sin indagar si lo que proyecta es bueno o malo para aquellos que le rodean, sin preguntarse si sus actos son nocivos o beneficiosos para la sociedad de la que es miembro. Si sólo parecen ventajosos para él y perjudiciales para los demás, sabe que, en realidad, son malos para todos, y se abstiene en absoluto de ponerlos en práctica.

   La avaricia es una de las formas más repugnantes del egoísmo. Pone de manifiesto la bajeza del alma que, acaparando riquezas utilizables para el bien común, no sabe siquiera aprovecharse de ellas. El avaro, en su amor al oro, en su ansia de adquirirlo, empobrece a sus semejantes y permanece él mismo indigente, pues sigue siendo pobreza esa prosperidad aparente que acumula sin provecho para nadie; una pobreza relativa, pero tan lamentable como la de los desdichados, y justo objeto de la reprobación de todos.

   Ningún sentimiento elevado, nada de lo que constituye la nobleza del Ser puede germinar en el alma de un avaro. La envidia, la insaciabilidad que le atormentan lo condenan a una penosa existencia, a un porvenir mas miserable aún. Nada iguala a su desesperación cuando, más allá de la tumba, ve sus tesoros repartidos o dilapidados.

   Los que busqueís la paz del corazón, huíd de ese vicio bajo y miserable. Pero no caigaís en el exceso contrario. No derrocheís nada. Sabed usar de vuestros recursos con sensatez y moderación.

   El egoísmo lleva en sí su propio castigo. El egoísta no ve más que su persona en el mundo; todo lo que le es extraño, le es indiferente. Así pues, las horas de su vida están sembarads de tedio. Encuentra en todas partes el vacío, tanto en la existencia terrenal como después de la muerte, dado que, hombres o Espíritus, todos le rehúyen.

   Por el contrario, el que coopera en la medida de sus fuerzas en la obra social, el que vive en comunión con sus semejantes haciéndoles aprovecharse de sus facultades y de sus bienes, como él se aprovecha de los de ellos, todo lo que hay de bueno en él, ése se siente más feliz. Tiene la conciencia de obedecer a la ley, de ser miembro útil de la sociedad. Todo lo que se realiza en el mundo le interesa; todo lo que es grande y hermoso le conmueve y le emociona; su alma vibra al unísono con todas las almas esclarecidas y generosas, y el tedio y el desencanto no hacen presa de él.

   Nuestro papel no es, pues, el de abstenernos, sino el de combatir sin descanso por el bien y por la verdad. No es sentado o acostado como hay que contemplar el espectáculo de la vida humana, sino de pie, como un zapador, como un soldado dispuesto a participar de todas las grandes tareas, a facilitar los caminos nuevos, a fecundar el patrimonio común de la humanidad.

   Aunque el egoísmo se encuentra en todas las categorías de la sociedad, este vicio es más bien propio del rico que del pobre. Con demasiada frecuencia, la prosperidad seca el corazón, en tanto que el infortunio, haciéndonos conocer el peso del dolor, nos enseña a compartir el de los demás. El rico, ¿sabe siquiera a costa de cuántos trabajos y de qué duras labores se crean las mil cosas de que se compone su lujo?
   No nos sentemos jamás ante una mesa bien servida sin pensar en los que padecen hambre. Esta idea nos hará sobrios y mesurados en nuestros apetitos y en nuestros gustos. Pensemos en los millones de hombres encorvados bajo los ardores del estío o ante las duras intemperies, y que, mediante un escaso salario, extraen del suelo los productos que abastecen nuestros festines o adornan nuestras moradas. Acrodémonos de que, para alumbrar nuestros aposentos con una luz resplandeciente y para hacer brotar en los hogares la llama bienhechora, unos hombres, semejantes nuestros, capaces como nosotros, de amar y sentir, trabajan debajo de la tierra, lejos del cielo azul y del alegre sol y, con el pico en la mano, perforan durante toda su vida las entrañas del planeta. Sepamos que para adornar nuestros salones de espejos y cristales resplandecientes, para producir la multitud de objetos de que se compone nuestro bienestar, otros hombres, por millares, semejantes a condenados junto al fuego, pasan la existencia entre el calor devorador de los altos hornos y de las fundiciones, privados del aire, gastados, destrozados antes de tiempo, no tendiendo como perspectiva más que una vejez sufriente y de privaciones. Sepámoslo: toda esa comodidad de que gozamos con indiferencia es mantenida a costa del suplicio de los humildes y del padecimiento de los débiles. Que este pensamiento nos penetre y nos obsesione; como una espada de fuego, desterrará el egoísmo de nuestros corazones y nos obligará a consagrar al mejoramiento de la suerte de los débiles nuestros bienes, nuestro tiempo y nuestras facultades.

    Pero, gracias al conocimiento de nuestro porvenir, la idea de solidaridad acabará por prevalecer. La Ley del retorno a la carne, la necesidad de nacer en condiciones modestas constituirán un estímulo que reprimirá al egoísmo. Ante estas perspectivas, el sentimiento desmedido de la personalidad se atenuará para darnos una noción más exacta de nuestro puesto y de nuestro papel en el universo. Sabiendo que estamos unidos a todas las almas, que somos solidarios de su adelanto y de su felicidad, nos interesaremos más por su situación, por su progreso y por sus trabajos. A medida que ese sentimiento se extienda por el mundo, las instituciones y las relaciones sociales mejorarán; la fraternidad, esa palabra trivial repetida por tantas bocas, descenderá a los corazones y se convertirá en una realidad. Nos sentiremos vivir en los demás, gozaremos con sus goces y sufriremos con sus males. No habrá entonces una sola queja que quede sin eco, ni un solo dolor que quede sin consuelo. La gran familia humana, fuerte, apacible y unida, avanzará con paso más rápido hacia sus magníficos destinos.

Léon Denis
Después de la Muerte. Capítulo 46.

“Reparte tu amor donde fueres: primero, en tu propria casa. Dales  amor a tus hijos, a tu mujer o a tu  marido, después en la  puerta del vecino… Que quien precise de ti salga mejor y más contento. Sea la expresión viva de la  bondad de Dios; bondad en tu rostro, bondad en tus ojos, bondad  en tu sonrisa, bondad  en  tu  amable  saludo.”
Madre Teresa

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viernes, 4 de noviembre de 2011

Oración de gratitud


Señor,
En este momento de mi vida,  
te doy humildemente las gracias por todo lo que me diste,

Gracias porque me ayudaste a salir adelante,
Porque iluminaste mi mente,
Gracias por los ojos que me vieron cuando yo necesite atención,
Gracias por los oídos que me escucharon,

Gracias por los labios que me dieron las palabras exactas de ánimo y consuelo,

Gracias por la mano que me sostuvo para no caer.

También quiero darte las gracias,
por esos momentos que creí que estaba solo,
por los nuevos amigos que hice
por los fracasos,
Por todo lo que yo creí que era malo y  de ahí aprendí a no sufrir.

Señor tu sabes porque lo hiciste ... ya lo entendí;
era para que creciera y comprendiera que otros sufren más que yo... Gracias por la enseñanza.

Ayudame a ayudarme más, y quiero también, aunque me cueste trabajo decirlo...
...Pedir perdón, perdón por los momentos que este corazón no amó y se sintió egoísta,
Perdón por todos los que no te piden perdón,

 Perdón cuando tuve miedo de afrontar la verdad,
Perdón por todo lo que juzgué a los demás sin comprender,

Perdón por criticar antes del juicio,

Perdón por las oportunidades que no vi y tu con tu infinito amor me enviaste.

Ayúdame señor para ayudarme a mi mismo
y encontrarte a cada paso que yo dé, 
para entender que jamás estaré solo
porque a mi lado te encuentras  tú,

Te pido ayuda para todos los que no te piden ayuda y agradezco el Amor y cariño hacia todos. Señor, ya me escuchaste, ahora yo  te escucho a ti.

Ama a Dios sirviendo a los semejantes, por amor, sin distinción de personas.
Haz el bien como estés, donde estés y tanto cuanto puedas, en la paz de la conciencia tranquila. 
En eso reside la esencia de las Leyes Divinas. El resto es interpretación.
Emmanuel a través de Chico Xavier

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