Entradas populares

jueves, 29 de marzo de 2012

El Espiritismo y la guerra


Leon Denis



Un  velo de tristeza y de duelo cubre y se extiende sobre el país que sufre una guerra. Muchos son los hermanos que lloran por la perdida de sus seres amados.

    Es preciso en presencia de tal cúmulo de males    proyectar el pensamiento hacia los principios eternos que  rigen  a  las  almas  y  a  las cosas.  Solo en el Espiritismo encontramos  la solución de los múltiples problemas  que  un  drama así plantea. En el beberemos los consuelos capaces de mitigar el dolor.

Muchos son los que preguntan:
-¿ Por qué permite Dios tantos crímenes y calamidades? . 

    Ante todo, digamos que Dios respeta la libertad humana, por cuanto esta es el instrumento de todo progreso y la condición esencial de nuestra responsabilidad moral. Sin libertad, vale decir, sin libre albedrío, no habría ni bien  ni  mal  y,  por  tanto no existiría posibilidad de progreso.

Es ese principio de la libertad, que constituye a la par la prueba y la grandeza del hombre, puesto que le confiere el poder de escoger y de obrar; es el origen de los esplendores morales para aquel que esté resuelto a elevarse.

¿ Acaso en una guerra no se ve, a unos que se rebajan por debajo del nivel de la animalidad y a otros que, con su consagración  y  auto  sacrificio  alcanzan  las  alturas de lo sublime?.

Para los Espíritus inferiores, como lo son la mayoría de los que pueblan la tierra, el mal es el resultado inevitable de la libertad. Pero dios, en su honda sabiduría y su conciencia infinita, del mal cometido sabe extraer un bien para la humanidad.

Colocado por encima del tiempo, domina . En  la  serie  de  los  siglos,  en  tanto  nosotros, nos cuesta trabajo aprehender el eslabonamiento de las causas y sus  efectos. De todos modos, tarde o temprano y sin lugar a dudas suena la hora de  la justicia eterna.

 Sucede a veces que los hombres, olvidando las leyes divinas y la finalidad de la vida, resbalan por la pendiente del  sensualismo  y  se  hunden  en  la  materia.  Entonces,todo lo que constituía la belleza de su alma queda velado y desaparece, dando lugar al egoísmo, la corrupción y  el  desarreglo  en  todas  sus  formas.  Llegándose a no tener otros ideales que la fortuna y los placeres. El alcoholismo y la disipación ciegan las fuentes de la vida. Y para tantos excesos solo queda un remedio :   ¡el sufrimiento! .  Las bajas pasiones emanan fluidos que poco a poco van acumulándose y terminan por resolverse en catástrofes y  calamidades:  de ahí las guerras.

No faltan advertencias y consejos. Pero los seres humanos hacen oídos sordos a las  voces  del  Cielo.  Dios  nos  deja hacer, pues sabe que el dolor es el único medio eficaz para reconducir a los hombres a miras más  sanas  y  sentimientos más generosos.

Desde el punto de vista material, Dios puede impedir que se desencadene  una  guerra. Pero, desde el punto de vista moral, no puede hacerlo, puesto que  una  de  sus  leyes  suprema  exige  que  todos   – tanto  los    individuos   como   las  colectividades – suframos las consecuencias de nuestros  actos.  La conciencia  publica, el sentimiento del deber, la disciplina familiar son los atributos necesarios para que los pueblos sean grandes y no se debiliten con procesos de  profunda corrupción.

En el Universo hay una Justicia que se pone en acción para dar fuerzas y asistir a la humanidad enferma y descontrolada.

No basta tener a cada instante el nombre de Dios en los labios, es mucho mejor  para el hombre el guardar sus leyes inmutables en su corazón.

   Las  mentiras  y  la  perfidia,  la  violación  de  los  tratados y el incendio de las ciudades,  la  masacre  de  los  débiles  y  de  los inocentes no pueden encontrar justificación ante la Divina Majestad.

Todo mal cometido se vuelve, con sus efectos,  contra  la causa que lo produjo.  Así, la violación del derecho de los débiles se vuelve también contra los poderes que lo ultrajan.

De las regiones arrasadas ascienden hacia el Cielo gritos de angustia, y el Cielo no hace oídos sordos a los llamados de desesperación. Los poderes vindicativos del Más Allá entran en acción. Detrás de los que perecen  en  las  guerras  otros surgen, hasta que los invasores flaquean y horrorizados ven que el destino se ha puesto contra ellos.

Aquellos que han muerto regresan al Espacio con la aureola del deber cumplido: su ejemplo inspirara a las generaciones por venir.

La lección que se desprende de las guerras  consiste  en  que  el  hombre  debe aprender a elevar sus pensamientos por sobre los tristes espectáculos  de  este mundo y dirigir sus miradas hacia ese Más Allá de donde le vendrán los socorros, las fuerzas necesarias para  emprender  una  nueva  etapa  hacia  el  grandioso objetivo que se le ha asignado.

El depositar la mente y el corazón en las cosas materiales nos demuestra que la materia es inestable y precaria. Las esperanzas y glorias que promete carecen de futuro. No hay  fortuna  ni  poder  terrenal  alguno  que  este  a  cubierto  de  las catástrofes que puedan sobrevenir. Ninguna riqueza o  esplendor  es  realmente duradero, sino son los del Espíritu inmortal. Solo el es capaz de  transformar  las obras de muerte en obras de vida. Pero, para comprender esta profunda ley  es menester la escuela del sufrimiento.

Así como el rayo de luz debe ser descompuesto por el prisma para  producir  los brillantes colores del arco iris, de igual manera el  alma  humana  tiene  que  ser  quebrada por las pruebas para que irradie todas las energías y todas las grandes cualidades que en ella dormitan.

En medio de la desgracia, sobre todo,  es  cuando  el  hombre  piensa  en  Dios. Tan pronto como las ardientes pasiones suscitadas por el odio y la venganza se hayan   apaciguado,  y  cuando  la  sociedad  retome  su  normal  ritmo  de  vida, comienza la misión de los espiritistas. Es entonces cuando tendrá  que  consolar duelos y curar las llagas morales, y reconfortar a las almas laceradas

   Bajo  la  lenta,  profunda  y eficaz acción del dolor, incontables seres se tornan accesibles a las verdades cuyos depositarios responsables somos.

    Sepamos,  pues,  los   espiritas  aprovechar  las  trágicas  circunstancias  que atravesamos en una guerra, y la Providencia sabrá obtener que de ellas  resulte un bien para la humanidad.

    Todas  las  almas  fuertes  que  en  medio  de  la  tormenta  han mantenido su serenidad pedirán, junto con nosotros  y  con  total  confianza,  que  las  pruebas sufridas en una nación en guerra, hagan  vibrar  en  las  almas  sentimientos  de honor,   unión  y   concordia  que  son  medios  poderosos  de  elevación.  Por su intensidad,  esos   sentimientos   pueden   reaccionar  contra   las  plagas  de  la sensualidad, el egoísmo, y el personalismo excesivo en los ganadores.

Antaño la guerra tenía su trágica belleza, su grandeza. Se luchaba a campo raso, alta la frente y con las  banderas  desplegadas.  Hoy  en  día,  no  hay  más  que trampas, emboscadas, asechanzas. En los trabajos de la paz como en los  de  la guerra,  los  hombres  han  desnaturalizado  empequeñecido  y  rebajado  cuanto fuese grande. Alevosía, perfidia y mentira, son los principios habituales.

Las almas  de  los  muertos  no  son,  como  creen  algunos,  entidades  vagas  e imprecisas.   Cuando  han  alcanzado  los  grados  superiores  de   la   jerarquía  espiritual se convierten en poderes irresistibles, en centros de actividad y de vida capaces de ejercer su acción sobre la humanidad terráquea.

Por medio de la sugestión magnética  pueden inspirar a aquellos a quienes  han elegido,  haciendo  germinar  en  ellos  la  idea  directriz  e  incitándolos  a  actos decisivos que coronara su obra. De esta manera los invisibles se mezclan en las acciones de los vivientes para la  realización  del  bien  y  el  cumplimiento  de  la justicia eterna.

  Cuando  se lucha en defensa de los débiles y la liberación de los oprimidos los poderes invisibles, las fuerzas divinas se entregan a la labor por ser lucha grande y sagrada, la lucha de la libertad, el derecho y  la  justicia,  contra  la  brutalidad armada y el despotismo cínico y grosero.

   La  lucha  formidable  que  se  desarrolla  entre  las naciones y las razas, y  las convulsiones que agitan al mundo, plantean los más graves problemas. Ante este gran drama, la mente humana, ansiosa, se formula mil preguntas.
 
Y hay horas en que la duda, la inquietud y el pesimismo invaden los espíritus más firmes y resueltos.

El progreso, ¿es tan solo una quimera?. ¿Será sumergida la civilización por la ola ascendente de las pasiones brutales?.

Los esfuerzos de los siglos por realizar la justicia, la solidaridad y la paz dentro de la armonía social ¿resultaran vanos?.

Las concepciones del arte y el genio del hombre, los frutos del pesado e inmenso trabajo de millones de cerebros y de brazos, ¿ van a desaparecer arrasados por la tormenta?.

El pensador Espiritualista sondea ese abismo de males sin sentir vértigo.Del caos de los acontecimientos extrae la  gran  ley  que  todo  lo  rige.   Antes  que  nada recuerda que nuestro planeta es una morada muy inferior, un  laboratorio  donde son bosquejadas las almas todavía jóvenes, con sus confusas aspiraciones y sus pasiones desordenadas.

 Para que las energías, que dormitan ignoradas y mudas en las tinieblas del alma, salgan a la luz, sean  necesarios  los  desgarramientos,  angustias  y  lagrimas. Ninguna grandeza puede haber  sin  el  sufrimiento,  ninguna  elevación  sin  las pruebas.

Si el hombre estuviese exento de las vicisitudes de la suerte, privado de las rudas lecciones   de   la   adversidad,   ¿  podría  templar  su  carácter,  desarrollar  su experiencia, valorizar las ocultas riquezas de su alma?.

    Puesto  que  el  mal  constituye  una  fatalidad  en  nuestro  mundo  ¿no existe responsabilidad para los perversos?. Creer que no la hay seria un error funesto: en su ignorancia y ceguera el hombre siembra el mal y las consecuencias de este recaen pesadamente sobre él mismo, así  como  sobre  todos  aquellos  que  se asocian  a  sus  acciones  viles.   Tal  lo  que  esta sucediendo en esta hora que vivimos.

    Dos  poderosos monarcas uno protestante y otro católico por ejemplo pueden desencadenar una guerra , preparándolo, calculándolo y combinándolo todo para obtener una victoria aplastante.
Pero las fuerzas  divinas,  los  poderes  espirituales,  intervienen  en  el  conflicto, inspirando heroicas resistencias a las naciones amenazadas y  haciendo  surgir en ellas tesoros de  valor,  que  anteriormente  podrían  venir  acumulando  en  el fondo de las almas.

Detrás de la humareda de las pasiones que sube  desde  la  tierra,  se  siente  la presencia de un  tribunal  superior  invisible  que  aguarda  el  desenlace  de  los conflictos, para reivindicar los derechos de la  eterna  justicia.   De  una  manera vaga los combatientes sienten esas cosas, tiene la intuición de que la causa que están defendiendo es justa o injusta y tal impresión va cundiendo  poco  a  poco por todo los rincones del país.

Estas tormentas barren las frivolidades y liviandades con todo lo pueril y mundano, para dejar en pie tan solo aquello que hay en el hombre de mas sólido y mejor.

Sin duda alguna, subsisten a un en las almas muchos gérmenes de inmoralidad, corrupción y decadencia después de una guerra, hasta el punto de que a  veces podríamos preguntar si esta lección tremenda ha servido para curar los vicios. En cambio de ella, ¡cuantas existencias ficticias, estériles o  desordenadas  se  han hecho mas sencillas y fecundas, o mas puras!.

     En   ciertos   aspectos,   la   vida  pública   y   la   privada   experimentan  una  transformació n radical. Esa depuración de los hábitos y de  los  caracteres  trae consigo la depuración del pensamiento, sea cual fuere  la forma en que  este  se exprese. El hombre parece haberse desembarazado para mucho tiempo de  esa psicología mórbida, de esa pornografía de baja ralea, venenos de las almas que hacían considerar una nación en decadencia.

Claro esta, no echamos al olvido el penoso cortejo de calamidades engendradas en  una  guerra:   las  hecatombes   espantosas,  las   vidas   desperdiciadas,  las ciudades saqueadas o destruidas, violaciones e incendios, ancianos, mujeres y niños despojados, asesinados o mutilados, el éxodo de los rebaños humanos que huyen de sus casas  desbastadas:  en  una  palabra,  el  espectáculo  del  dolor humano en lo que tiene de más intenso y pungente.

Pero,( todo espirita sabe) la muerte no es sino una apariencia: al desprenderse el alma de su envoltura material adquiere mayor fuerza, una mas justa  percepción de las cosas, y el ser vuelve a encontrarse mas vivo en el Más Allá.

El dolor depura el pensamiento, ninguna pena es perdida, ninguna prueba queda sin compensaciones. Los que han muerto por su país  cosechan  los  frutos  del  sacrificio, y los sufrimientos de los que sobreviven t ransmiten  a  su  periespíritu ondas de luz y gérmenes de felicidades venideras.

En cuanto a la cuestión del  progreso:  solo  es  real  y  duradero  el  progreso  a condición de que se opere en forma simultánea en sus dos aspectos, el material y el moral.

Porque el progreso material es, con demasiada frecuencia, un arma puesta al servicio de las bajas pasiones.

La ciencia a provisto a los hombres modernos de formidables medios destructivos: maquinas de todo tipo, explosivos poderosos, cápsulas incendiarias,dispositivos para  arrojar  combustibles  encendidos,  gases  asfixiantes o  corrosivos   ,etc.     Aviones y tanques, amplían grandemente el campo de acción de las matanzas. Todos  los  perfeccionamientos  de  la  ciencia,  hacen  desgraciados  al hombre cuando este sigue  siendo  malo.   Y  tal  situación  se  prolongara hasta  que  la educación del pueblo siga falseada y sigan ignorando los hombres las leyes  del Ser y del destino, así como     el   principio  de  las   responsabilidades,  con  sus repercusiones a lo largo de las renacientes existencias del hombre.

En lo que atañe al progreso moral, es lento y poco menos que imperceptible en la tierra, por cuanto, la población del globo va aumentando  sin  tregua  con  seres que provienen de mundos inferiores al nuestro. Y los Espíritus, que llegan, entre nosotros, a cierto grado de adelanto, evolucionan con provecho hacia humanidades mejores. De ello resulta que  el  nivel  general  varia  poco  y  las  cualidades morales de los individuos siguen siendo raras y ocultas.

El hombre deberá subir aun los duros peldaños del Calvario, a través de espinos y agudas piedras. Las calamidades son el cortejo inevitable de las humanidades atrasadas, y la guerra es la peor de todas. A no ser  por  ellas,  el  hombre  poco evolucionado se demoraría en las futilezas  del  camino  o  se  aletargaría  en  la pereza y el bienestar. Le hace falta el látigo de la  necesidad,  la  conciencia  del peligro, para forzarlo a poner en acción las fuerzas que dormitan en él, para desarrollar su inteligencia y afinar su juicio. Todo cuanto esta destinado a vivir y crecer se elabora en el dolor. Hay que sufrir para dar a luz: esa es la parte que toca a la mujer. Y hay que sufrir para crear: esa es la parte que toca al genio.

Las cualidades viriles de una casta se ponen de relieve con más brillo en las horas trágicas de su historia. Si la guerra desapareciera, se extinguirían con  ella   muchos males, gran numero de errores, pero ¿no genera  también  el  heroísmo,  el auto sacrificio, el desprecio por el dolor y la muerte?. Y esas son las  cosas  que hacen la grandeza del ser humano, las que lo elevan por encima del irracional.

Espíritu  imperecedero, el hombre constituye un centro de vida y  acción  que  de todas las vicisitudes y pruebas – aun las mas crueles-  debe hacer  otros  tantos procedimientos para irradiar cada vez mas las energías, que duermen en los mas recónditos hondones de si mismo.

Las grandes emociones nos  hacen  olvidar  las  preocupaciones  pueriles   – a  menudo frívolas –de la vida, abriendo en nosotros las influencias del Espacio.
 En los mundos evolucionados, entre las humanidades  superiores  a  la  nuestra, las calamidades no tienen ya razón de  ser.  La  guerra  no  existe  allí,  pues  la sabiduría del Espíritu ha puesto fin a toda causa de conflicto. Los que  moran  en las esferas venturosas, iluminados por las verdades eternas y poseedores de los poderes de la inteligencia y el corazón, no  necesitan  ya  de  esos  estimulantes para despertar y cultivar los escondidos recursos del alma.

El sufrimiento es el gran educador, así de los individuos  como  de  los  pueblos. Cuando nos apartamos del recto camino y  resbalamos  hacia  la  sensualidad  y descomposició n moral, el sufrimiento, con su aguijón, nos hace volver a la senda del bien. Tenemos que padecer para desarrollar en nosotros la sensibilidad y la vida. Es esta una ley seria, y austera, fecunda en resultados. Hay que sufrir para sentir y amar, para crecer y elevarse. Solo el dolor pone termino a los furores  de la pasión, despierta en nosotros las reflexiones profundas, revela a las almas  lo que en el universo hay de más grande, bello y noble: la piedad,  la  caridad  y  la bondad...

   Es  tiempo  ya  de que el hombre aprenda a conocerse a si mismo gobernar las fuerzas que en él residen: si supiera que  todos  los  pensamientos  y  todos  los actos egoístas, o envidiosos, contribuyen a acrecentar los poderes maléficos que sobre el se  ciernen,  alimentando  las  guerras  y  precipitando  las  catástrofes, cuidaría más su conducta y con ello muchos males serian atenuados.

    Solo  el espiritismo puede ofrecer esta enseñanza. Todos los espiritas tiene el deber de difundir en su entorno la luz de las eternas verdades y el bálsamo de las consolaciones  celestiales,  tan  necesarias  en  las   horas   de   pruebas   que  atravesamos.

    Es  menester  asistir  a  la  humanidad  dolorida  y  ofrecerle  las  perspectivas reconfortantes de lo invisible, del Más Allá, demostrándoles la certidumbre de  la supervivencia del alma, el júbilo  del  reencuentro  para  aquellos  a  quienes  la muerte separo.

   Es  menester que  vayamos  al  pueblo  que  carece  de ideal, a los humildes y pequeños a los cuales el materialismo engaña,  pues  solo  sabe  desarrollar  en ellos la avidez de placeres y los sentimientos  de  odio  y  envidia, debemos  ir  a ellos llevándoles la enseñanza moral,  la  alta  y  pura  doctrina  que  alumbra  el porvenir y nos muestra como  la  justicia  se  consuma  por  medio  de  las  vidas sucesivas.

Todos los que, amando la justicia, la buscan en el ámbito estrecho que su mirada abarca, rara vez la encuentra en las obras del hombre, en las  instituciones  de  este bajo mundo. Ensanchemos, pues, nuestros horizontes: entonces la veremos expandirse en la serie de nuestras existencias  a lo largo de los  tiempos,  por  el simple mecanismo de los efectos y las causas.  Tanto  el  bien  como  el  mal   se remontan siempre a su fuente de origen.   El  crimen  recae  siempre  sobre  sus autores. Nuestro destino es obra de nosotros mismos, pero solo se esclarece por el conocimiento del pasado. Para captar su eslabonamiento hay que ir mas arriba y contemplar desde allí, en su conjunto, el panorama viviente de nuestra  propia historia.  Ahora  bien, esto Será solo  posible  para  el  Espíritu que se encuentre desprendido de  su  envoltura  carnal,  ya  sea  por  medio  de  la  exteriorización durante el sueño, ya debido a la muerte. Entonces, las sombras y contradicciones del presente surge para él viva luz. La gran ley se le aparece en la plenitud de su brillo y en su soberana majestad, regulando la ascensión de los seres.

La verdad, para descubrirla, hay que elevarse hasta las regiones serenas  a  las que no llegan las pasiones políticas y donde no reinan  los  intereses  materiales. Interroguemos a los grandes muertos – e inspirémonos con sus  consejos.  Ellos nos confirmaran la existencia de esas leyes superiores fuera de las  cuales  toda obra humana es impotente y estéril. º
A pesar de ciertas teorías, lo que hace falta sobre todo, para realizar la paz social y la armonía entre los hombres, es el  acuerdo  íntimo  de  las  inteligencias,  las conciencias y los corazones. Solo puede darlo una gran doctrina, una revelación superior que trace el rumbo humano y fije los deberes comunes.

En la historia del mundo las calamidades son muchas veces signos  precursores de nuevos tiempos, el anunciado de que se esta preparando una transformación y la humanidad va  a experimentar profundos cambios.

La muerte ha causado numerosos vacíos entre los hombres, pero Entidades mas evolucionadas vendrán a encarnar en la tierra. Las incontables legiones de almas liberadas por las contiendas bélicas se ciernen sobre los hombres, ávidos de participar  en  sus  trabajos  y  esfuerzos,  de  comunicar  - a los que aquí dejaron-   confianza en Dios y fe en un futuro mejor. Su acción se extiende y va imponiéndose cada vez más. Y suscita testimonios inesperados que, a veces, provienen de muy arriba. Como un diario de 1919 titulado “El hombre libre” que en su  edición decía:Nuestros  muertos  queridos,  están  al  lado  de  nosotros  y  la humanidad se compone de mayor numero de difuntos que de vivientes. Somos gobernados  por los muertos”.

Hoy en día, un gran soplo esta pasando sobre el mundo y lleva a las almas hacia una síntesis,  en  la  que  cuanto  hay  de  bueno  y  verdadero  en  las  antiguas  creencias viene a agregarse a las obras de la ciencia y del pensamiento moderno, para estructurar el instrumento por excelencia  de  la  educación  y  la disciplina sociales.

A veces, las sombras se tornan más densas y se hacen más negras la noche  en torno nuestro. Se multiplican los peligros y  terribles  amenazas  pesan  sobre  la civilización.
 Pero en esas horas sentimos que nuestros grandes hermanos del Espacio están más cerca de  nosotros.  Sus  fluidos  vivificantes  nos  sostienen  y  penetran.  Gracias a ellos se encienden en el horizonte resplandores de aurora que iluminan nuestra ruta.

En medio del caos de los acontecimientos, un mundo nuevo se esboza...

       En el Universo hay una Justicia que se pone en  acción  para  dar  fuerzas  y asistir a la humanidad enferma y descontrolada.

No basta tener a cada instante el nombre de Dios en los labios, es mucho  mejor para el hombre el guardar sus leyes inmutables en su corazón.

Las mentiras  y la  perfidia,  la  violación  de  los  tratados  y  el  incendio  de  las ciudades, la masacre de los  débiles  y  de  los  inocentes  no  pueden  encontrar justificación ante la Divina Majestad.

Todo mal cometido se vuelve, con sus efectos,  contra la causa que  lo  produjo. Así, la violación del derecho de los débiles se vuelve también contra los poderes que lo ultrajan.

De las regiones arrasadas ascienden hacia el Cielo gritos de angustia, y el Cielo no hace oídos sordos a los llamados de desesperación. Los poderes vindicativos del Más Allá entran en acción. Detrás de los que perecen  en  las  guerras  otros surgen, hasta que los invasores flaquean y horrorizados ven  que  el  destino  se ha puesto contra ellos.

Aquellos que han muerto regresan al Espacio con la aureola del deber cumplido: su ejemplo inspirara a las generaciones por venir.

La lección que se desprende de las guerras consiste en que el hombre debe aprender a elevar sus pensamientos por sobre los tristes espectáculos de este mundo y dirigir sus miradas hacia ese Más Allá de donde le  vendrán  los  socorros,  las fuerzas necesarias para emprender una nueva etapa hacia el grandioso objetivo que se le ha asignado.

El depositar la mente y el corazón en las cosas materiales nos demuestra que la materia es inestable y precaria. Las esperanzas y glorias que promete carecen de futuro. No hay  fortuna  ni  poder  terrenal  alguno  que  este  a  cubierto  de  las catástrofes que puedan sobrevenir. Ninguna riqueza o  esplendor  es  realmente duradero, sino son los del Espíritu inmortal. Solo el es capaz de  transformar  las obras de muerte en obras de vida. Pero, para comprender esta profunda ley  es menester la escuela del sufrimiento.

Así como el rayo de luz debe ser descompuesto por el prisma para  producir  los brillantes colores del arco iris, de igual manera  el  alma  humana  tiene  que  ser quebrada por las pruebas para que irradie todas las energías y todas las grandes cualidades que en ella dormitan.

En medio de la desgracia, sobre todo, es cuando el hombre piensa en Dios. Tan pronto como las ardientes pasiones suscitadas  por  el  odio  y  la  venganza  se  hayan   apaciguado,  y  cuando  la  sociedad  retome  su  normal  ritmo  de  vida, comienza la misión de los espiritistas. Es entonces cuando tendrá  que  consolar duelos y curar las llagas morales, y reconfortar a las almas laceradas

Bajo la lenta, profunda y eficaz  acción  del  dolor,  incontables  seres  se  tornan accesibles a las verdades cuyos depositarios responsables somos.

Sepamos, pues, los espiritas aprovechar las trágicas circunstancias que atravesamos en una guerra, y la Providencia sabrá obtener que de ellas resulte un   bien para la humanidad.

    Todas  las  almas  fuertes  que  en  medio  de  la  tormenta  han  mantenido su serenidad pedirán, junto con  nosotros  y  con  total  confianza, que  las  pruebas sufridas en una nación en guerra, hagan  vibrar  en  las  almas  sentimientos  de honor,   unión  y   concordia  que  son  medios  poderosos de  elevación.  Por  su intensidad,  esos  sentimientos   pueden  reaccionar   contra  las   plagas  de  la  sensualidad, el egoísmo, y el personalismo excesivo en los ganadores.

Antaño la guerra tenía su trágica belleza, su grandeza. Se luchaba a campo raso, alta la frente y con las banderas  desplegadas.   Hoy  en  día,  no  hay  más  que trampas, emboscadas, asechanzas. En los trabajos de la paz como en los de la   guerra, los hombres han  desnaturalizado  empequeñecido   y   rebajado   cuanto fuese grande. Alevosía, perfidia y mentira, son los principios habituales.

   Las  almas  de  los  muertos  no  son,  como  creen algunos, entidades vagas e imprecisas.  Cuando  han  alcanzado  los  grados   superiores   de   la   jerarquía espiritual se convierten en poderes irresistibles, en centros de actividad y de vida capaces de ejercer su acción sobre la humanidad terráquea.

 Por medio de la sugestión magnética  pueden inspirar a aquellos a quienes han elegido,  haciendo  germinar  en  ellos  la  idea  directriz  e  incitándolos  a  actos decisivos que coronara su obra. De esta manera los invisibles se mezclan en las acciones de los vivientes para la  realización  del  bien  y  el  cumplimiento  de  la justicia eterna.

   Cuando se lucha en defensa de los débiles y la liberación de los oprimidos los poderes invisibles, las fuerzas divinas se entregan a la labor por ser lucha grande y sagrada, la lucha de la libertad, el derecho y la justicia,  contra   la   brutalidad armada y el despotismo cínico y grosero.

 La  lucha formidable que se desarrolla  entre  las  naciones  y  las  razas,  y   las convulsiones que agitan al mundo, plantean los más graves problemas. Ante este gran drama, la mente humana, ansiosa, se formula mil preguntas.
 
Y hay horas en que la duda, la inquietud y el pesimismo invaden los espíritus más firmes y resueltos.

El progreso, ¿es tan solo una quimera?.  ¿ Será sumergida la civilización por   la ola ascendente de las pasiones brutales?.
Los esfuerzos de los siglos por realizar la justicia, la solidaridad y la paz dentro de la armonía social ¿resultaran vanos?.

Las concepciones del arte y el genio del hombre, los frutos del pesado e inmenso trabajo de millones de cerebros y de brazos, ¿ van a desaparecer arrasados por la tormenta?.

El pensador Espiritualista sondea ese abismo de males  sin  sentir  vértigo.   Del caos de los acontecimientos extrae la gran ley que todo lo rige.  Antes que  nada recuerda que nuestro planeta es una morada muy inferior, un  laboratorio  donde son bosquejadas las almas todavía jóvenes, con sus confusas aspiraciones y sus pasiones desordenadas.

 Para que las energías, que dormitan ignoradas y mudas en las tinieblas del alma, salgan a la luz, sean  necesarios  los  desgarramientos,  angustias  y  lagrimas. Ninguna grandeza puede haber sin  el  sufrimiento,  ninguna   elevación  sin  las pruebas.

Si el hombre estuviese exento de las vicisitudes de la suerte, privado de las rudas lecciones  de la adversidad, ¿podría templar su carácter, desarrollar su experiencia, valorizar las ocultas riquezas de su alma?.

    Puesto  que  el  mal  constituye  una  fatalidad  en nuestro  mundo   ¿no existe responsabilidad para los perversos?. Creer que no la hay seria un error funesto: en su ignorancia y ceguera el hombre siembra el mal y las consecuencias de este recaen pesadamente sobre él mismo,  así  como  sobre  todos aquellos  que  se asocian a sus acciones viles.   Tal lo  que  esta  sucediendo  en  esta   hora   que vivimos.

Dos poderosos monarcas uno protestante y otro católico por ejemplo pueden desencadenar una guerra , preparándolo, calculándolo y  combinándolo  todo   para obtener una victoria aplastante.
Pero las fuerzas divinas, los  poderes  espirituales, intervienen  en  el   conflicto,   inspirando heroicas resistencias a las naciones amenazadas y  haciendo  surgir en ellas tesoros de valor,  que  anteriormente  podrían  venir  acumulando  en  el  fondo de  las almas.

Detrás de la humareda de las pasiones que sube  desde  la  tierra,  se  siente  la presencia de un tribunal superior   invisible  que  aguarda  el  desenlace  de   los conflictos, para reivindicar los derechos de la eterna justicia. De una manera vaga los combatientes sienten esas cosas, tiene la intuición de que la causa que están defendiendo es justa o injusta y tal impresión va cundiendo poco a poco por todo los rincones del país.

Estas tormentas barren las frivolidades y liviandades con todo lo pueril y mundano, para dejar en pie tan solo aquello que hay en el hombre de mas sólido y mejor.

Sin duda alguna, subsisten a un en las almas muchos gérmenes de inmoralidad, corrupción y decadencia después de una guerra, hasta el punto de que a veces  podríamos preguntar si esta lección tremenda ha servido para curar los vicios. En cambio de ella, ¡cuantas existencias ficticias, estériles o desordenadas se han    hecho mas sencillas y fecundas, o mas puras!.

En ciertos aspectos, la vida pública y la privada experimentan una transformació n radical. Esa depuración de los hábitos y de los caracteres trae consigo la depuración del pensamiento, sea cual fuere  la forma en que este se exprese. El hombre parece haberse desembarazado para mucho tiempo de esa psicología mórbida, de esa pornografía de baja ralea, venenos de las almas que hacían considerar   una nación en decadencia.

Claro esta, no echamos al olvido el penoso cortejo de calamidades engendradas en una guerra: las hecatombes espantosas, las vidas desperdiciadas, las ciudades saqueadas o destruidas, violaciones e incendios, ancianos, mujeres y niños despojados, asesinados o mutilados, el éxodo de los rebaños humanos que huyen   de sus casa desbastadas: en una palabra, el espectáculo del dolor humano en lo que tiene de más intenso y pungente.

Pero,( todo espirita sabe) la muerte no es sino una apariencia: al desprenderse el alma de su envoltura material adquiere mayor fuerza, una mas justa percepción  de las cosas, y el ser vuelve a encontrarse mas vivo en el Más Allá.

El dolor depura el pensamiento, ninguna pena es perdida, ninguna prueba queda sin compensaciones. Los que han muerto por su país cosechan los frutos del sacrificio, y los sufrimientos de los que sobreviven transmiten a su peri espíritu ondas de luz y gérmenes de felicidades venideras.

En cuanto a la cuestión del progreso: solo es real y duradero el progreso a condición de que se opere en forma simultánea en sus dos aspectos, el material y el moral.

Porque el progreso material es, con demasiada frecuencia, un arma puesta al servicio de las bajas pasiones.

La ciencia a provisto a los hombres modernos de formidables medios destructivos: maquinas de todo tipo, explosivos poderosos, cápsulas incendiarias, dispositivos para arrojar combustibles encendidos, gases asfixiantes o corrosivos etc. Aviones y tanques, amplían grandemente el campo de acción de las matanzas. Todos los perfeccionamientos de la ciencia, hacen desgraciados al hombre cuando este sigue siendo malo. Y tal situación se prolongara hasta que la educación del pueblo siga falseada y sigan ignorando los hombres las leyes del Ser y del destino, así como el principio de las responsabilidades, con sus repercusiones a lo largo de las renacientes existencias del hombre.

En lo que atañe al progreso moral, es lento y poco menos que imperceptible en la tierra, por cuanto, la población del globo va aumentando sin tregua con seres que provienen de mundos inferiores al nuestro. Y los Espíritus, que llegan, entre nosotros, a cierto grado de adelanto, evolucionan con provecho hacia humanidades mejores. De ello resulta que el nivel general varia poco y las cualidades morales de los individuos siguen siendo raras y ocultas.

El hombre deberá subir aun los duros peldaños del Calvario, a través de espinos y agudas piedras. Las calamidades son el cortejo inevitable de las humanidades atrasadas, y la guerra es la peor de todas. A no ser por ellas, el hombre poco evolucionado se demoraría en las futilezas del camino o se aletargaría en la pereza y el bienestar. Le hace falta el látigo de la necesidad, la conciencia del peligro, para forzarlo a poner en acción las fuerzas que dormitan en él, para desarrollar su inteligencia y afinar su juicio. Todo cuanto esta destinado a vivir y crecer se elabora en el dolor. Hay que sufrir para dar a luz: esa es la parte que toca a la mujer. Y hay que sufrir para crear: esa es la parte que toca al genio.

Las cualidades viriles de una casta se ponen de relieve con más brillo en las horas trágicas de su historia. Si la guerra desapareciera, se extinguirían con ella muchos males, gran numero de errores, pero ¿no genera también el heroísmo, el auto sacrificio, el desprecio por el dolor y la muerte?. Y esas son las cosas que hacen la grandeza del ser humano, las que lo elevan por encima del irracional.

Espíritu  imperecedero, el hombre constituye un centro de vida y acción que de todas las vicisitudes y pruebas – aun las mas crueles-  debe hacer otros tantos procedimientos para irradiar cada vez mas las energías, que duermen en los mas recónditos hondones de si mismo.

Las grandes emociones nos hacen olvidar las preocupaciones pueriles – a menudo frívolas –de la vida, abriendo en nosotros las influencias del Espacio.
 En los mundos evolucionados, entre las humanidades superiores a la nuestra, las calamidades no tienen ya razón de ser. La guerra no existe allí, pues la sabiduría del Espíritu ha puesto fin a toda causa de conflicto. Los que moran en las esferas venturosas, iluminados por las verdades eternas y poseedores de los poderes de la inteligencia y el corazón, no necesitan ya de esos estimulantes para despertar y cultivar los escondidos recursos del alma.

El sufrimiento es el gran educador, así de los individuos como delos pueblos. Cuando nos apartamos del recto camino y resbalamos hacia la sensualidad y descomposició n moral, el sufrimiento, con su aguijón, nos hace volver a la senda del bien. Tenemos que padecer para desarrollar en nosotros la sensibilidad y la vida. Es esta una ley seria, y austera, fecunda en resultados. Hay que sufrir para sentir y amar, para crecer y elevarse. Solo el dolor pone termino a los furores de la pasión, despierta en nosotros las reflexiones profundas, revela a las almas lo que en el universo hay de más grande, bello y noble: la piedad, la caridad y la bondad...

Es tiempo ya de que el hombre aprenda a conocerse a si mismo gobernar las fuerzas que en él residen: si supiera que todos los pensamientos y todos los actos egoístas, o envidiosos, contribuyen a acrecentar los poderes maléficos que sobre el se ciernen, alimentando las guerras y precipitando las catástrofes, cuidaría más su conducta y con ello muchos males serian atenuados.

Solo el espiritismo puede ofrecer esta enseñanza. Todos los espiritas tiene el deber de difundir en su entorno la luz de las eternas verdades y el bálsamo de las consolaciones celestiales, tan necesarias en las horas de pruebas que atravesamos.

Es menester asistir a la humanidad dolorida y ofrecerle las perspectivas reconfortantes de lo invisible, del Más Allá, demostrándoles la certidumbre de la supervivencia del alma, el júbilo del reencuentro para aquellos a quienes la muerte separo.

Es menester que vallamos al pueblo que carece de ideal, a los humildes y pequeños a los cuales el materialismo engaña, pues solo sabe desarrollar en ellos la avidez de placeres y los sentimientos de odio y envidia, debemos ir a ellos llevándoles la enseñanza moral, la alta y pura doctrina que alumbra el porvenir y nos muestra como la justicia se consuma por medio de las vidas sucesivas.

Todos los que, amando la justicia, la buscan en el ámbito estrecho que su mirada abarca, rara vez la encuentra en las obras del hombre, en las instituciones de este bajo mundo. Ensanchemos, pues, nuestros horizontes: entonces la veremos expandirse en la serie de nuestras existencias  a lo largo de los tiempos, por el simple mecanismo de los efectos y las causas. Tanto el bien como el mal se remontan siempre a su fuente de origen. El crimen recae siempre sobre sus autores. Nuestro destino es obra de nosotros mismos, pero solo se esclarece por el conocimiento del pasado. Para captar su eslabonamiento hay que ir mas arriba y contemplar desde allí, en su conjunto, el panorama viviente de nuestra propia historia. Ahora bien, esto Serra solo posible para el Espíritu que se encuentre desprendido de su envoltura carnal, ya sea por medio de la exteriorizació n durante el sueño, ya debido a la muerte. Entonces, las sombras y contradicciones del presente surge para él viva luz. La gran ley se le aparece en la plenitud de su brillo y en su soberana majestad, regulando la ascensión de los seres.

La verdad, para descubrirla, hay que elevarse hasta las regiones serenas a las que no llegan las pasiones políticas y donde no reinan los intereses materiales. Interroguemos a los grandes muertos – e inspirémonos con sus consejos. Ellos nos confirmaran la existencia de esas leyes superiores fuera de las cuales toda obra humana es impotente y estéril. º
A pesar de ciertas teorías, lo que hace falta sobre todo, para realizar la paz social y la armonía entre los hombres, es el acuerdo íntimo de las inteligencias, las conciencias y los corazones. Solo puede darlo una gran doctrina, una revelación superior que trace el rumbo humano y fije los deberes comunes.

En la historia del mundo las calamidades son muchas veces signos precursores de nuevos tiempos, el anunciado de que se esta preparando una transformació n y la humanidad va  a experimentar profundos cambios.

La muerte ha causado numerosos vacíos entre los hombres, pero Entidades mas evolucionadas vendrán a encarnar en la tierra. Las incontables legiones de almas liberadas por las contiendas bélicas se ciernen sobre los hombres, ávidos de participar en sus trabajos y esfuerzos, de comunicar- a los que aquí dejaron- confianza en Dios y fe en un futuro mejor. Su acción se extiende y va imponiéndose cada vez más. Y suscita testimonios inesperados que, a veces, provienen de muy arriba. Como un diario de 1919 titulado “El hombre libre” que en su edición decía:Nuestros muertos queridos, están al lado de nosotros y la humanidad se compone de mayor numero de difuntos que de vivientes. Somos gobernados por los muertos”.

Hoy en día, un gran soplo esta pasando sobre el mundo y lleva a las almas hacia una síntesis, en la que cuanto hay de bueno y verdadero en las antiguas creencias viene a agregarse a las obras de la ciencia y del pensamiento moderno, para estructurar el instrumento por excelencia de la educación y la disciplina sociales.

A veces, las sombras se tornan más densas y se hacen más negras la noche en torno nuestro. Se multiplican los peligros y terribles amenazas pesan sobre la civilización.
 Pero en esas horas sentimos que nuestros grandes hermanos del Espacio están más cerca de nosotros. Sus fluidos vivificantes nos sostienen y penetran. Gracias a ellos se encienden en el horizonte resplandores de aurora que iluminan nuestra ruta.

En medio del caos de los acontecimientos, un mundo nuevo se esboza...

 
Extraído del libro de León Denis....El mundo invisible y la Guerra

Trabajo realizado por Merchita. 
Miembro fundador del Centro Espirita 
Amor fraterno, de Alcázar de San Juan (Ciudad Real)

Ver los  Blog        inquietudesespiritas.blogspot.com
                            elblogdeazucena.blogspot.com                                 
                                    marinamiesdeamor.blogspot.com                                                                   
                           boletin-nuevaesperanza.blogspot.com                             
                           ade-sergipe.com.br                                        
                                   ceesinfronteras.es/eventos
                                   espiritistas. es