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miércoles, 13 de agosto de 2014

La Recriminación y el suicidio

LA RECRIMINACIÓN Y EL SUICIDIO
El suicidio es un acto grave para el que debemos tener una amplitud de espíritu y una actitud de comprensión y tolerancia. Sabemos que poner fin a sus días, es interrumpir una evolución que de todos modos tendrá que continuar. Sabemos el riesgo de encontrarse después de esta desencarnación en un estado de turbación más o menos profundo; resumiendo, sabemos que el suicidio no arregla nada, pero al mismo tiempo conocemos la dificultad y el dolor de vivir ciertas existencias.
Los espíritus no han dejado de llamar nuestra atención respecto a las verdaderas causas del suicidio. Léon Denis, en un mensaje de 1989, viene a establecer un diagnóstico espírita sobre este asunto. He aquí sus palabras: “Estamos frente a un problema real que no puede resumirse en una respuesta moral simplista. Dios no prohíbe el suicidio, pues solamente el hombre es responsable ante su muerte, el suicidio no es pues un acto inmoral y no debe ser considerado como una falta. El suicidio es un estado de desamparo enfermizo cuyas causas son a menudo extrañas al sujeto que va a cometer ese acto.
Las principales causas del suicidio son las siguientes: la falta de amor procedente esencialmente de la familia, de los amigos cercanos que no lo son o que ya no lo son más; el decaimiento en el trabajo si el trabajo es envilecedor, repetitivo y vuelve al espíritu esclavo; el sentimiento de inutilidad en una sociedad no igualitaria que no reconoce el valor de un hombre sino su éxito financiero, tratando al otro de «fracasado»: este adjetivo hace mucho mal y mata ; el sentimiento de inferioridad, marcado por el odio social y la negativa de las diferencias, y por último el despertar repentino de una vida anterior ya suicida podría llevar a una neurosis obsesiva que conduce al acto. En realidad, y en la mayoría de los casos, el suicidio es un crimen familiar, social y político. Es pues tiempo de considerar la desesperación como un llamado a la esperanza, es pues tiempo de considerar el suicidio como una enfermedad del alma que se ahoga en el cuerpo social. No comprometáis nunca vuestro porvenir en este campo, pues la ausencia de amor es una enfermedad que acecha a todos los hombres”.
No maltratéis aquellos que se equivocan, que  no aciertan en su  forma de comportarse, están los que siendo padres fracasan en su función educadora, están los que en su misión de  amigos, defraudan la amistad con la traición despiadada, están los que en su función  de médicos  por su poca dedicación a la tarea de  curar y sanar, se  equivocan por no prestar la debida medicación, enfermando aun más a los que acudieron para que los cure, todos tenemos una labor y una tarea  que no siempre efectuamos debidamente, y lejos de emitir la reprobación es un deber  el tratar con la dulzura reparadora y animadora, desechando el látigo de la reprimenda rígida, que hace al enfermo lanzarse muchas veces a la desesperación, al suicidio, sin apenas hacer ruido.
Procuremos aliviar  a los que enferman, o no cumplen bien su cometido, acordémonos del Padre que apiadado de sus criaturas no deja a nadie desamparados dejados a su suerte.
 El reproche a la ingratitud es una animación para la caída incontrolada en la desesperación, en cambio el amor hace el milagro de animar al enfermo para que de nuevo  recobre la salud, y la esperanza en un mañana más esclarecedor y más luminoso. Nadie debe entregarse a la desesperación ella es mala consejera, ni tampoco ofrecer la  recriminación a los hermanos desafortunados, siempre hemos de emitir un hilo de esperanza, de luz para que el enfermo se anime y deje de verse como  un vicho raro, que no merece la conmiseración.
El suicidio es un acto de cobardía, y no debemos reflejarlo como solución a nuestros problemas, el por el contrario los agrava, nos encierra en la cárcel de la amargura, del fracaso, de la desesperación, lejos de encontrar la muerte el fin con todo, nos pone frente al verdugo de nuestra conciencia haciéndonos sentir de nuevo el mismo mal, más acentuado, menos fácil de solución, agravado por nuestra actitud que nos hace revivir el instante de la muerte y sus efectos dañinos en nuestro organismos periespiritual, que los siente y manifiesta con más intensidad.
Amemos la vida, hasta el punto de que si ella no nos serie, nosotros si lo hagamos, ofreciéndole luz y coraje para enfrentarla en toda sus manifestaciones, porque debemos recordar que Dios no nos da una cruz que no podamos portar sobre nuestros hombros, eso nos debe animar a estudiar todas las oportunidades bajo un prisma de ánimo y esperanza, sin creer que todo está perdido, por nuestro mal actuar, todo lo que tenga que ser será, y mucho más si está escrito en el libro de nuestra vida, aquel que  comenzamos a escribir y en el cual anotamos nuevos datos conforme la vida se desarrolla sea de luz o de  sombras, todo queda escrito y nada se perderá, no esperemos a ser más adultos para comenzar la tarea de nuestra redención la vida pasa deprisa y no podemos esperar a que el tiempo pase sin productividad positiva que nos pueda vivificar el espíritu, que en fin es el que permanece siempre pese a que no nos guste. Nadie muere, solo por esa gran verdad, debemos ser fieles a nuestro organismo físico, tratándolo como es debido, para que al volver al otro lado de la vida, cuando miremos nuestro comportamiento sobre la verdad de la vida, podamos sentir que fuimos fuerte y que pese a todas las contrariedades supimos mantenernos en pie, intentando por todos los medios llegar hasta el fin, no el fin marcado por nosotros, y si el fin que Dios nos señalo para volver a la patria del espíritu.
Si tu estas perdido, despreciado por los que te rodean, no dudes en consolarte con Jesús, El, fiel cumplidor de Su tarea Redentora, en su Evangelio de Amor, te da la oportunidad de esclarecerte y de proporcionarte una respuesta acertada para tus pesares, perdona sin dudarlo a aquellos que no te comprenden, piensa que un día  tendrán la oportunidad de comprender que los que se equivocan y caen deben ser levantados y nunca recriminados. La recriminación en un mal que muchos sufren y  a través del cual se arrojan a la desesperación una puerta farsa, por la que entramos al foso de las lamentaciones, donde la comprensión de nuestra cobardía, nos lleva a desesperarnos aun más.
Frente a la imperfección de aquellos que te rodean, ofrece el ejemplo oportuno, la palabra edificante, la llamada de atención en tu gesto amable, de amor y de ternura, y sentirás un día la alegría y el bienestar de haber servido a la causa de Cristo, con amor y dedicación, y no con el látigo de reproche que puede siempre agravar y generar un mal mayor, del cual aunque tú no lo hayas cometido, influenciado por ti, arrojaste al desespero a tu atribulado hermano, que no supo soportar tu descaro tu recriminación. Es como tratar al enfermo en vez de con la medicina que cura, con el analgésico severo que lo puede empeorar aun más. 
Acordémonos de la conducta de Jesús ante los pecadores, que era siempre de amor y luz, frente a la pecadora el se dirigió a los que la acusaban, diciéndoles que los que estuviesen libres de culpas le lanzasen la primera piedra. Todos portamos  la imperfección, y si queremos comprensión, hemos de ofrecerla, por eso amemos a los débiles y ayudémosles, no desechándoles de nuestro lado, Dios nos ha puesto en la Tierra a todos juntos, para conseguir el mismo fin, que es llegar a El, ofreciéndonos el libre albedrio, para que nunca podamos echar a nadie la culpa de nuestros pesares y desequilibrios. Solo en la amonestación severa, encontraremos el látigo de la desesperación que nos acusará de haber causado males mayores y del cual sentiremos nuestras culpas.

- Merchita-
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LA VIRTUD MÁS MERITORIA

El apego a las cosas materiales, es un indicio notorio de inferioridad, pues, cuanto más el hombre se apega a los bienes de este mundo, menos comprende su destino.
Por el desinterés, al contrario, él prueba que ve el futuro desde un punto de vista más elevado
 "El hombre de bien que, creyendo en su futuro celestial, quiere llenar su vida con nobles y bellas acciones, saca de su fe, la certeza de  felicidad que lo aguarda y  la fuerza necesaria para sus  acciones de caridad, de sacrificio y de abnegación.
  Y, por fin, no hay malas inclinaciones, que con la fe, no puedan ser vencidas."
El Libro de los Espíritus, Allan Kardec, cap. XIX, íten 12.
 Pregunta Allan Kardec a los espíritus responsables por la codificación, cuál sería la más meritoria de todas las virtudes. De ellos obtuvo la siguiente respuesta que nos sugiere una gran reflexión:
"Todas las virtudes tienen su mérito, porque todas son indicios de progreso, en el camino del bien.
Hay virtud siempre que hay resistencia voluntaria a ser arrastrado por las malas tendencias.
Mas la sublimidad de la virtud, consiste en el sacrificio del interés personal, por el bien del prójimo, sin segunda intención. La más meritoria es aquella que se basa en la caridad mas desinteresada".

 El hábito de hacer el bien
 Según los buenos espíritus, esa caridad es espontánea, sin necesidad de lucha interior, en las personas que realizan el progreso. Así, los buenos sentimientos no les cuestan ningún esfuerzo y sus acciones les parecen tan naturales; que el bien se tornó para ellos en un hábito.
Se debe honrar a esas personas, "como a viejos guerreros, que conquistan posiciones".
 Como estamos todavía lejos de la perfección, esos ejemplos nos sorprenden por el contraste y lo admiramos, porque son raros.
Sin embargo, en los mundos inter-dimensionales, más avanzados que el nuestro, eso que nos es excepción, es la regla.
 El indicio más característico de la imperfección, es el interés personal.
  Informan los espíritus orientadores que, en la evaluación de los tribunales de justicia divina (y de la conciencia), fuera la de nuestros defectos y  nuestros vicios, sobre los cuales nadie se engaña, el más característico indicio de la imperfección, es el interés personal.
 Según nos enseñan, las cualidades morales, son generalmente como un objeto de cobre, que no resiste a la piedra de toque. "Un hombre puede poseer cualidades reales que lo hacen para el mundo, un hombre de bien, pero esas cualidades, aunque representan un progreso, no soportan por lo general ciertas pruebas, y basta tocar la tecla del interés personal, para que se descubra el fondo de su pensamiento".

 Indicio notorio de inferioridad

 Dicen los espíritus orientadores al pedagogo de Lyon: "El verdadero desinterés, es un hecho tan raro en la Tierra, que se le puede admirar como a un fenómeno, cuando se presenta. El apego a las cosas materiales, es un indicio notorio de inferioridad, pues, cuanto más el hombre se apega a los bienes de ese mundo, menos comprende su destino. Por el desinterés, al contrario, se prueba que mira el futuro, desde un punto de vista más elevado".
 Y prosiguen: "A  medida que los hombres se aclaren, sobre las cosas espirituales, daran menos valor ha las materiales; en seguida, es necesario reformar las instituciones humanas, que lo entretienen y lo excitan.
Esto depende de la educación".
 Es necesario que el egoísmo produzca mucho mal, para hacer comprender la necesidad de su extirpación
 El egoísmo, que lejos de disminuir, crece con la civilización, que parece excitarlo y entretenerlo, se presenta como un gran mal. Y cuanto mayor es el mal, mas horrible se torna.
Cuando los hombres se hayan separado del egoísmo que los domina, vivirán como hermanos, no  haciendo el mal y ayudándose recíprocamente por un sentimiento fraterno de solidaridad.
Entonces el fuerte será el apoyo y no el agresor del débil, y no se verán hombres desproveídos de lo necesario, porque todos practicaran la ley de justicia.
Ese es el reino del bien, que los Espíritus están encargados de preparar".

 El medio de destruir el egoísmo

Por la práctica de la abnegación, se combate el predominio de la naturaleza corpórea, generadora del egoísmo. De esa forma el Espíritu triunfará sobre la materia.
 En su lógica irrefutable, esclarecen los bienhechores espirituales que, de todas las imperfecciones humanas, "la mas difícil de desenraizar es el egoísmo, porque se liga à la influencia de la materia, de la cual el hombre, todavía muy cerca de su origen, y del cual no puede liberarse.
Todo concurre para mantener esa influencia: sus leyes, su organización social y su educación.
El egoísmo se reducirá con el predominio de la vida moral sobre la vida material, y sobretodo, con la comprensión que el espiritismo nos ofrece en cuanto al nuestro estado futuro real y no desfigurado por las ficciones alegóricas.
 El egoísmo se funda en la importancia de la personalidad. Pues el espiritismo bien comprendido, hace ver las cosas desde un punto tan alto, que el sentimiento personal desaparece de alguna forma, ante la inmensidad.
Al destruir esa importancia, o por lo menos al hacer ver la persona como aquello que de verdad  es, combate necesariamente el egoísmo".
  El principio de la caridad y de la fraternidad, se opone  al egoísmo
 Es por el contacto, como el hombre experimenta el egoísmo de los otros  y que lo torna generalmente egoísta, porque siente la necesidad de ponerse a la defensiva.  
 En el contexto genuinamente cristiano, los buenos espíritus aseguran que solamente "el principio de la caridad y de la fraternidad debe de ser la base de las instituciones sociales, de las relaciones legales del pueblo para el pueblo y del hombre para el hombre, y este pensará menos en si mismo cuando mire, que los otros lo hacen.
Sufrirá, así, la influencia moralizadora del ejemplo y del contacto".
Explica Fénelon à Kardec: "en faz del actual desdoblamiento del egoísmo, es necesaria una verdadera virtud, para abdicar de la propia personalidad, en provecho de los otros que en general no lo reconocen.
Es a esos, sobretodo, a los que poseen esa virtud, es que está abierto el reino de los cielos; a ellos, sobretodo, está reservada la felicidad de los elegidos, pues, en verdad os digo, en el día del juicio, quien que no piense sino en si mismo, será puesto de un lado y sufrirá en el abandono".
Estudio elaborado sobre la condensación del cap. XII, Perfección Moral, del Libro de los Espíritus, de Allan Kardec, traducción de J. Herculano Pires, Editora EME.
Lopes para asociacionfrat.
 Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta

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Desafíos de la Actualidad
 
Orientándonos en cuanto a la magnitud de la doctrina incrustada en su propia esencia, concientes de la importancia del trabajo que es llevado a efecto por el Movimiento Espírita, edificado por cada uno de nosotros, lo que equivale a decir, de nuestra parcela de responsabilidad colocada delante de tamaña grandeza, donde el gran desafío es mantener la fidelidad al ideal que abrazamos. 
Es inevitable que las dificultades permanezcan desafiantes, especialmente porque la Doctrina Espírita no se encuadra en los límites de las escuelas del pensamiento filosófico convencional, tampoco se encuentra delante de las probetas de laboratorios con las investigaciones de la Ciencia en constante perfeccionamiento, tampoco de una Religión cuyos objetivos no están definidos en dogmas ultramontanos, ni estratificados en teologías que no resisten el avance del desenvolvimiento intelecto-moral de la propia criatura.
Allan Kardec, nos refirió que era una ciencia de observación y no estaba ligada a éste o aquél límite del conocimiento; que era una ciencia amplia. Vemos que hoy la Física Cuántica llega a las mismas conclusiones que fueron presentadas por los Espíritus, cuando el átomo era considerado la partícula inicial de la formación de la materia. La Biología Molecular, nos lleva a una visión profunda del ser, en cuanto la Ingeniería Genética, trabajando con otras formas, nos presenta a la criatura humana dentro de padrones antes ya previstos por la Doctrina Espírita, pues se estructura en el pensamiento de Sócrates y Platón, esencialmente, y sus raíces ético-morales están clavadas en la roca viva del Evangelio de Jesús; de ahí que sus consecuencias religiosas van a tener un alcance universal, porque abarcan todas las doctrinas espiritualistas.
No será, evidentemente, la religión del futuro de toda la Humanidad – no tenemos ese sueño y menos esa presunción.
El propio Codificador, nos esclareció que el Espiritismo iluminaría las religiones, porque les ofrecería aquellos fundamentos que ellas aún no poseen o que, poseyéndolos, no les conviene brindar a sus inmensos rebaños.
Lentamente, la comunicabilidad de los Espíritus, la reencarnación, la pluralidad de los mundos habitados, que aún están bajo reserva en algunas doctrinas, despacio van siendo adoptadas por las diferentes denominaciones religiosas. Hoy ya no es extraño para el católico la comunicación de los santos, desde que El Observador Romano, hace algunos años, consideró esa hipótesis como siendo una realidad, con la bendición del Colegio de los Cardenales. El principio de la evolución darwiniana – hasta hace poco tenida como herética – tampoco está ausente de las preocupaciones de la Iglesia de Roma, pues el Papa Juan Pablo II la consideró una realidad legítima.
La Filosofía Espírita, trayendo a Sócrates y Platón a la actualidad, enfrenta el materialismo, conforme previó Allan Kardec, a través de la educación. Es una doctrina esencialmente de educación. Educación en su sentido más profundo, que se expande más allá de la instrucción convencional de las grandes escuelas tradicionales. La educación moral, esta sí, que tiene que ver con la transformación del individuo y se coloca como adversaria del materialismo y de la crueldad, en las palabras textuales del propio Codificador. Su propuesta sociológica es amplia, por cuanto no se vincula a partidos o principios filosóficos de doctrinas político-partidarias, porque la suya es la del Evangelio de Jesús.
De esta forma, se trata de una Doctrina muy compleja y completa, por cuanto toda su estructura se encuentra ya realizada por los Espíritus que se encargaron de la Codificación, cabiendo, al Movimiento que somos, actualizar siempre el pensamiento del Codificador en el lenguaje de las conquistas contemporáneas, sin alterar, en la forma o en el contenido, lo que se encuentra grabado en las obras fundamentales y en La Revista Espírita, de Enero de 1858 a marzo de 1869, cuando estuvo bajo la dirección del insigne maestro.
De esta manera, los diez años que el CEI está celebrando transcurren dentro de las mismas características de aquellos que distanciaron a Allan Kardec de la publicación de El Libro de los Espíritus, a través de dificultades, enfrentamientos, desafíos y males.
Cuando hoy observamos la adhesión de países diferentes en torno a la bandera «Fuera de la Caridad no hay Salvación», no tenemos cómo temer a los enemigos. Por el contrario, solamente nos es lícito comprender que el mañana será mucho más enriquecedor que el hoy.
Siendo así, nos cabe a todos en general y a cada uno, en sus vidas, hacer que la nuestra sea la palabra espírita, la nuestra, la conducta espírita y que nuestra vida refleje la excelencia de los postulados espíritas, para que todos aquellos que nos conozcan puedan aseverar que la Doctrina que esposamos es noble, es digna, es libertadora, porque ellos nos identifican en la condición de cartas vivas que somos de esta extraordinaria religión. 
Nos congratulamos con los queridos amigos del CEI, por el empeño, por los sacrificios, por el esfuerzo, por el ideal que vienen llevando adelante, intimoratos e intemeratos, teniendo la certeza de que esta es la hora.
En la noche más tenebrosa, un segundo después de su plenitud, ya significa el amanecer. La pared más resistente, cuando uno de sus elementos es frágil, se inclina, porque retirada la primera piedra, el primer ladrillo, toda su fuerza desaparece.
Todos debemos estar vinculados unos a los otros, ayudándonos, en una perfecta integración, unificados, para estar fuertes en el sentido real de la palabra, preservando los ideales y manteniendo la dignidad espírita.
Entonces diremos al Padre, autor de nuestras vidas, cuan gratos estamos, los encarnados y los desencarnados, por la concesión magnánima de Su amor, convidándonos, obreros imperfectos que reconocemos ser, para trabajar en la siembra libertadora del Evangelio de Jesucristo.
Empeñados en este compromiso, y desafiados a mantener fidelidad al ideal abrazado, ¡sigamos! El ayer son las bases. El hoy, el comienzo de la construcción. El mañana, el templo de la fraternidad universal albergando a todas las criaturas bajo un solo techo, el Amor. Un espacio general, la fraternidad más allá de los límites de cualquier otra construcción, que es la presencia de Dios en nuestros corazones.
A los compañeros queridos, integrados en el espíritu del Espiritismo, nuestra profunda gratitud.
León Denis 
Tomado de La Revue Spirite No. 53

Del trabajador igualmente incansable de la siembra de la gran luz. 
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           MENSAJE DE ESTE DIA.

                 Curaciones

...Las curaciones verdaderas son el resultado de una decisión superior de encontrarse y ubicarse, cada cual, en el contexto del equilibrio que está vigente en el universo.
No siempre será la cura, la falta de enfermedad o la ausen­cia de miedo; sin embargo, esta se caracterizará por la confianza y por la acción ennoblecida, que superarán los obstáculos, liberan­do al ser del primitivismo que en él subsiste, expresado en las imperfecciones que acarrea de las reencarnaciones desacertadas.
La cura significa liberarse del ego inferior y que el Yo profundo, espiritual, desarrolle su realidad genuina.

Joanna de Ângelis / Divaldo P. Franco - Libro Despierte y sea feliz - Editora LEAL 

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lunes, 11 de agosto de 2014

El comportamiento correcto


EL COMPORTAMIENTO DEL BUEN ESPIRITA 

 Las riquezas de la Tierra son perecibles, pero hay una riqueza  que nada puede afectar ni nadie puede destruir: la riqueza del cielo, que podemos y debemos  construir en nuestra alma. Esa riqueza está en nuestras manos, es adquirir la moral cristiana,  explicada tan bien en El Evangelio Según el Espiritismo.
 La moral espirita, como la del cristianismo primitivo, no se constituye  apenas de preceptos, de reglas, ni de principios normativos.  Hay una técnica  moral,  que se fundamenta en el conocimiento de las leyes morales.
 El Espiritismo nos da la clave del Evangelio. Explica su sentido oscuro u oculto; nos proporciona  la moral superior, la moral definitiva, cuya grandeza y hermosura revelan su origen sobrehumano.
 Con el fin de que la verdad se extienda  por todas partes con el fin de que nadie pueda desnaturalizarla o destruirla, ya no es un hombre, ya no es un grupo de apóstoles el que está encargado de darla a conocer a la humanidad. Las voces  de los Espíritus  la proclaman  en los diversos puntos del mundo civilizado, y gracias  a este carácter universal y permanente, esta revelación desafía a todas las hostilidades y a todas las inquisiciones.
 La moral espirita está basada en el testimonio de millares de almas  que van a todos los lugares  para describir, valiéndose de los mediúms, la vida de ultratumba y sus propias sensaciones, sus goces y sus dolores.
 La filosofía  de los Espíritus  viene a ofrecer  a la humanidad una sanción moral más elevada, un ideal más noble y generoso. Ya no hay suplicios eternos, sino la justa consecuencia  de los actos  que recaen sobre su autor.
 El Espíritu se encuentra en todos los lugares según él se ha hecho. Si viola la Ley moral, entenebrece su conciencia y sus facultades, se materializa, se encadena con sus propias manos. Practicando la ley del bien, dominando las brutales pasiones, se aligera  y se aproxima cada vez más a los mundos felices.
 La vida moral se impone como una obligación para todos aquellos a quienes preocupe algo su destino; de aquí la necesidad de una higiene del alma  que se aplique a todos nuestros actos, ahora que nuestras fuerzas espirituales se hallan en estado de equilibrio y armonía.
 Si sometemos al cuerpo, envoltura mortal, instrumento perecedero, a las prescripciones  de la ley física que asegura su mantenimiento, es importante, mucho más, velar por el perfeccionamiento del alma, que es imperecedera y a la cual está unida nuestra suerte en el porvenir. El Espiritismo nos ha proporcionado los elementos para esta higiene del alma.
 El conocimiento del objeto real de la existencia  tiene consecuencias incalculables para el mejoramiento y la elevación del hombre. Saber a donde va tiene por resultado el afirmar sus pasos, el imprimir a sus actos un impulso vigoroso hacia el ideal concebido.
 Las doctrinas de la nada  hacen de esta vida un callejón sin salida y conducen, lógicamente,  al sensualismo y al desorden.  Las religiones, al hacer, de la existencia una obra de salvación personal muy problemática, la consideran desde un punto de vista egoísta y estrecho.
 Con la filosofía de los Espíritus, este punto de vista cambia y se ensancha  la perspectiva. Lo que debemos buscar  no es ya la felicidad terrena, la felicidad, en la Tierra, es cosa precaria, sino un mejoramiento continuo; y el medio  de  realizarlo es con la observación moral en todas sus formas.
 Cuando el hombre  venga de donde venga,  entra en el Espiritismo, se abre ante el un amplio campo de investigaciones, que de momento, no se da cuenta de tamaña grandiosidad. A medida que va ampliando sus estudios  y sus experiencias, más ancha se  torna la  perspectiva de lo que antes le era desconocido, y en todo empieza a ver la grandeza de Dios.
 Entonces ve   lo que el significa en la Creación, comprende que su vida es eterna y que no se encuentra aquí por acaso, comprende que jamás  será abandonado que está ligado  a una ley que abarca a todos los seres humanos  y que con ellos alcanzará por sus esfuerzos, más tarde o más temprano, su felicidad, su belleza y su sabiduría. Comprende que el tiempo que tarde, depende únicamente  de el, que un día será atraído por el amor universal, pasando a formar parte  de la gran familia de los espíritus felices, que gozan y trabajan en el plano del amor divino.
 Dios estableció sus leyes y las puso, con toda la creación, a disposición de todos sus hijos. A nosotros compete alcanzarlo.
 El espirita debe portarse delante de Dios como un buen hijo, agradeciéndole el que le aya creado.
 Debe respetar la grandeza de su creador, adorar su Omnipotencia, amarlo por su Sublimidad.
 Y ese respeto, esa adoración,  ese amor, esa gratitud, deben ser manifestados al Todopoderoso tanto como sea posible, para que así atraigamos  su influencia  y la de los buenos espíritus , que nos es muy necesaria  por nuestro atraso, en este mundo donde imperan la ignorancia y el dolor.
 Para alcanzar esa gran moralidad  que necesitamos, para cumplir bien nuestra misión, tener paz en la Tierra y conseguir alguna felicidad en el espacio, debe el espirita cumplir la ley divina. Esa ley divina está en el Evangelio y el espirita  debe saberla  de memoria, porque ¿Cómo aplicarla esa ley sin conocerla?
Para el espirita el Evangelio no debe ser letra muerta, y si una ley vigente en todos los tiempos, en todas las edades. Debe ser un admirador del Maestro, estudiando sus palabras, su moral, su ley, sus sacrificios, su abnegación, su amor, su prudencia y, sobre todo, su elevadísima misión ya que esta contiene dos puntos esenciales, que son de capital importancia. La primera  y que el espirita debe fijar en su mente es la de que  a de conocer la ley divina para cumplirla. El otro  objetivo de capital interés  para el bien de nuestro espíritu;  que es el consuelo, la resignación y la paciencia que El nos puede inspirar.
 Todos estamos en la Tierra para ser probados. Y muchos de expiación. Por eso el espirita a de amar al Señor; debe admirarlo y seguirlo hasta donde le sea posible;  en sus leyes y en sus ejemplos; pues así evitará que puedan acarrear la tribulación en esta vida y el sufrimiento en el espacio.
 Todo espirita debe portarse con la mayor humildad posible, frente a sus hermanos. La humildad es siempre un ejemplo de buenas manera, jamás nos compromete, ni es causa de disturbios ni de riñas. Esa humildad no debe ser nunca fingida, sino leal y sincera, siempre dispuesta a servir, debiéndose considerar inferior a sus hermanos, a de ser el servidor de todos. Nunca ara alardes de saber, ni de poseer facultades y menos de considerarlas extraordinarias, exponiéndolas siempre de manera prudente, sensata y con oportunidad.
 Todo espirita  debe ser caritativo, no abandonando  a su hermano en una crisis, ni en la dolencia ni en la miseria. Debe  ser,  la providencia terrena, sustentando en todo lo que pueda, a su hermano.
 En los centros espíritas donde reinen el amor y la adoración al Padre, en espíritu y verdad; la admiración, el respeto, y el amor al Señor; la indulgencia  la caridad y la humildad, no faltará la paz y armonía entre los hermanos. Por el contrario, su vida se deslizará más tranquila, sentirán el alma leve y alegre, porque muchas veces recibieran la influencia de los Buenos Espíritus. Harán gran progreso y tendrán una recompensa en el mundo espiritual, más de lo que pueden calcular.
Todo espirita que hace profesión publica de su creencia no debe jamás olvidarse de que, por donde pasa, por donde va  y el sitio que frecuenta está siendo observado y estudiado. Debe ser prudente en el hablar, en el obrar, en el pensar, pues si se olvida de las reglas que prescribe el Espiritismo, pueden caer en el ridículo, por no estar sus actos de acuerdo con la moral que el mundo espera de ellos.
 La Humanidad gime, llora, se desespera por lo mucho que sufre; el egoísmo  todo consume; las victimas de la maldad se suceden sin esperar; las religiones  se desviaron del camino; los hombres de bien, intermediarios entre  la Humanidad y la Providencia, son escasos; los espiritas estad encargados de traer la luz, ya que saben por qué  la Humanidad sufre  por qué llora, por qué se desespera; el espírita ha de sacrificarse, en explicarle  la causa de su sufrimiento, de sus lágrimas, de su desesperación, ha de demostrar que el dolor depura, eleva, santifica, exalta, y así cumplirá su misión.
 El espirita que desea hacer mucho bien a sus semejantes no debe perder de vista al Señor cuando lo azotaban atado al pilar, cuando lo coronaban de espinas, cuando cargaba la cruz, cuando consumaba su sacrificio, para saber imitarle en sus actos de amor por la Humanidad de abnegación y de sacrificio.
 De  ahí sus palabras:
“vosotros sois la sal de la tierra, si ella pierde su sabor, “con que se ha de salgar”
 Si el espirita debe ser prudente virtuoso, tolerante, humilde abnegado y caritativo, entre sus hermanos de ideal  y en el seno de la Humanidad, ¡cuanto más debe serlo  en la familia! Si son sagrados los deberes que hemos de cumplir entre nuestros hermanos y en la humanidad, mucho más lo son los que tenemos que cumplir en la familia. Porque debemos considerar que, más allá de los vínculos que en esta existencia nos unen con lazos indisolubles, tenemos siempre historias pasadas, que se enlazan con la historia presente.
 El espirita debe ver en la familia un grupo que le fue dado en custodia, y para el cual tiene muchos deberes que cumplir y muchos sacrificios que realizar. Por eso el esposo debe ser el apoyo y el sustentáculo de la esposa; debe amarla, respetarla, protegerla, aconsejarla, orientarla y proporcionarla en todas las circunstancias de la vida, lo que sea necesario. La esposa debe obediencia, amor, respeto y sinceridad al esposo, siendo este, para ella, siempre la primera persona a quien debe confiar sus secretos y todas sus tendencias, sin faltar jamás al respeto y a la obediencia, que debe al que Dios le dio como guía en este mundo de dolor.
 En lo referente a los hijos, su misión no está exenta de sacrificios, siendo a veces necesaria una abnegación a toda prueba, dirigida por el buen sentido del espirita. Debiendo sentir el mismo amor por todos sus hijos, no olvidando que los más necesitados  de su misericordia son los menos provistos de bondad y comprensión.
 Debe proceder con mucho cuidado  en la misión de la paternidad, para no dejarse arrastrar jamás por una atracción de causa desconocida, a favor de uno de sus hijos, ni por la frialdad que pueda sentir por otro. Sin olvidar que un hijo puede ser lo mismo un hermano de otra existencia al que amamos o un enemigo al cual debemos aprender a amar.
 El espirita  en todas las situaciones de la vida, ha de portarse como un buen hijo, buen esposo, buen padre, buen hermano y buen ciudadano;  así, como practicante  de la ley divina, cuyo sentido practico está en la enseñanza y en el ejemplo del Señor y maestro; será luz para iluminar a los que están a su alrededor, será mensajero de paz  y amor para todos; y llevará la paz  de las Moradas de la Luz  hasta los hombres de la Tierra.
 El espirita tiene un deber ante si mismo,  no ha de ser demasiado indulgente  para consigo mismo. Siempre encuentra medios para justificar su conducta, aunque esta no sea lo suficientemente correcta. Procura siempre disculpar  sus defectos y atenuar sus faltas. Tanto es asi, que escuchamos a menudo, de aquellos a quienes hablamos de espiritismo: “Yo no creo en nada, apenas acompaño a la  mayoría; pero en lo que concierne a la otra vida, creo que lo mejor es hacer todo el bien posible. Así, si existe alguna cosa después de esta vida, nada malo podrá acontecerme.
 Todo espirita debe ser muy severo consigo mismo, siendo siempre el primero y el más severo juez de si mismo. No olvidando que está en este mundo para luchar por causa de su atraso, de sus imperfecciones y de sus deficiencias, y que le urge librarse de todo aquello que es contrario al amor, a la virtud, a la caridad, a la justicia.
 Es muy difícil ser justo en todas las cosas, por eso el espirita debe todos los días hacer un examen de todo lo que sintió y realizó en la jornada transcurrida.  Sabiendo que hay tres formas de cometer faltas, por el pensamiento, por la palabra y por los actos.
 Las faltas por pensamientos provienen de pasiones injustas o mal contenidas, de no ser indulgente para las faltas  del prójimo, de codiciar cosas indebidas. El espírita puede sentir deseos condenados por la ley divina.
 El tiempo de vida en la Tierra es sumamente corto, y que el que pasaremos en el espacio es sumamente largo, siendo allá felices o infelices  según hayamos cumplido  o dejado de cumplir nuestros deberes espirituales. Por eso debe procurar el espirita  progresar en virtudes, en amor, en adoración al Padre, en respeto y veneración para con sus semejantes y no dudar  de que su felicidad será grande, y que habrán llegado a su fin los sufrimientos  y los males, que por tanto tiempo lo han afligido y lo han retenido tanto tiempo en un planeta de expiación.
 Sin olvidar que la Tierra es un lugar de expiación y dolor, y que el dolor purifica y eleva. El dolor es un medio por el que se progresa rápidamente, soportándolos con resignación y con calma, y hasta con alegría, llegaremos  a las más altas regiones, ascenderemos, él, es el medio  más seguro de alejarnos de las veleidades humanas.
 Ningún espirita debe dudar que  en el Reino de Dios no se entra por sorpresa, ni se alcanza la felicidad, sino después de la purificación.  Todo espirita que tenga grandes dolores manténgase fuerte, lleno de calma, de amor al Padre, de resignación y sumisión a la Justicia Divina. Y si a veces la tentación lo envuelve, que se defienda con la oración, con el amor por los que sufrieron antes que el, no olvidando jamás que, por detrás del dolor  soportado con alegría y calma vendrá la felicidad en la vida eterna.
 La rebelión aumenta el dolor, intensifica el sufrimiento, mientras la resignación  favorece la acción benéfica  de los Espíritus Superiores, siempre dispuestos a auxiliar  a los que sufren. La oración es el lenitivo de los dolores sin remedio. Por ella, el espíritu en prueba establece ligación fluidica con los Bienhechores Espirituales, que les darán alivio posible y la fuerza moral necesaria para soportar las pruebas hasta el fin.
 Nadie es perfecto en este mundo. Así como es  muy difícil encontrar en la Tierra quien este siempre en perfecto estado  de salud física, también es muy difícil encontrar a alguien con perfecta salud moral. Así como la atmósfera y las condiciones materiales  influyen directamente  en nuestro organismo  predisponiéndolo para las enfermedades, los elementos espirituales  que nos rodean influyen  sobre nuestra condición moral. Se aprovechan  de las cosas  más insignificantes, para provocarnos sufrimientos y malestar interior, objetivando mortificarnos o detenernos en la vía del progreso.
 La tentación no tiene siempre para todos los individuos el mismo carácter y las mismas formas. Lo mismo que los grados de virtud y de los defectos son multiples también son muchas las variedades de la tentación.
 En la Tierra, no tendremos jamás paz completa, si alguna vez llegamos a sentirla será de corta duración. Ante las penas ocultas  debemos ser fuertes y resistir y oponerles serenidad, paciencia y calma sin límites, ellas tienen un gran merito ante Dios y fortalecen mucho al espíritu encarnado.
Nunca debemos poner en duda que hay seres espirituales que nos aman y nos ayudan,   debemos confiar en ellos, pedirle ayuda, suplicarles la protección, cuando nos veamos apurados.
 El Espíritu aferrado a los intereses materiales, mientras  dura ese estado, es casi imposible que comprenda  y acepte el Espiritismo, es esa la barrera que retiene a la Humanidad.
 El apego al dinero es señal evidente de falta de caridad y amor al prójimo. Quien tiene ese apego no se encuentra en vías de realizar  grandes progresos.
 El espirita debe recordar que su felicidad no esta en la Tierra  sino en el Espacio. Por eso debe enriquecer su espíritu con virtudes y buenas obras. Y debe recordar que uno de sus grandes enemigos  es el amor al dinero, ósea el egoísmo, que es el peor y el más fatal enemigo del hombre.
 Si juntásemos todas las riquezas del mundo, nada serian  comparándolas  con las de nuestro Padre. Todas ellas fueron creadas para nosotros, sus hijos, que las recibiremos en propiedad y las disfrutaremos eternamente.
 Nosotros los Espiritas tenemos un tesoro en nuestras manos, es necesario resaltar esto, pues no todos  están en condiciones de comprender el Espiritismo y menos aun de practicarlo.  No podremos aun comprender  la verdad, mientras no nos despojemos de muchos errores, mientras nuestro amor  y nuestra bondad no hayan alcanzado cierto grado.
 El Espiritismo nos saca de todas las dudas,  nos libera de todos los errores, nos ilumina la inteligencia, nos fortalece el espíritu en la lucha contra las preocupaciones. Pudiendo el espirita si no es indolente  realizar todo cuanto desea para su bien.
 El espirita debe estudiarse a si mismo, para llegar a conocerse, cosa que a veces es un poco difícil, mayormente si el instinto del orgullo y de la vanidad predomina aun en el.
 El espírita debe observar si fácilmente se ofende por cualquier contrariedad o palabra que lo mortifica. Y eso es así,  eso acontece, porque el amor propio desmedido, sinónimo de vanidad está enraizado aun en su espíritu. Debiendo someterse a humillaciones, evitando que esas le afecten, hasta aprender a  sufrir desprecios y desengaños  sin perder la serenidad.
 Si el espirita siente que posee alguna pasión o vicio que puede llevarlo a la caída, habrá de ser valiente, y aunque le cueste la vida, tendrá que cortarlos por la raíz. Pues vale más sufrir mucho, por hacer desaparecer un vicio  y adquirir una virtud, que no sufrir nada dando  redes a la pasión. Vale más sufrir que sucumbir. Antes la muerte del cuerpo, que la perturbación y el atraso del espíritu.
 El espirita no debe ser impertinente, ni tener mal genio,  ni ser precipitado, ni murmurar, pero si, ha de ser paciente, debe saber perdonar las faltas ajenas, ser amable cuanto sea posible, servicial  y debe procurar el bien de sus subordinados, ya sea en la familia o en el ámbito de su posición social, debe crear una aureola de buenas influencias y de confianza y de respeto; consolar a los que sufren, hasta donde sus fuerzas lo permitan.
 Para conseguir esa vida ascendente de perfección, no podemos olvidar que necesitamos la protección de los Grandes Espíritus, y que no debemos dudar de ellos, siempre que nos coloquemos en condiciones de recibir sus influencias. A medida que mejoramos llamamos más la atención de los Buenos Espíritus.
 En el Espiritismo no existen categorías, más si espiritualmente, ellas son muy conocidas en el mundo Espiritual, e infeliz de aquellos que no sepan respetarlas, sin conocer las clasificaciones pueden intercambiar el orden de los factores, a de procurarse ser un buen discípulo ahora, hasta que la providencia nos llame para  desempeñar una misión más alta.
 Las personas virtuosas y entendidas hacen mucha falta, para proyectar una luz  como es el espiritismo. Esas personas son muy procuradas por los Buenos Espíritus.
 Cuando surjan señales y acontecimientos extraordinarios que no se pueden evitar, aunque contraríen y perjudiquen, y tengáis ante vosotros la llamada del espiritismo para que entréis en servicio, aceptarlo a gusto.
 Tenemos un gran Maestro, es a El a quien debemos seguir, sobre todo los jóvenes que son el futuro de la Humanidad.
 Confiad en El, Juventud Espírita, y no desmayéis en el camino, Adoremos al Padre y amemos al Señor por su gran amor.
 Trabajo realizado por Merchita
Extraído del libro el Tesoro de los Espiritas de Miguel Vives.

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¿SOMOS INVISIBLES?



¿Somos invisibles? Es probable que, en algún momento, la mayoría de nosotros se haya cuestionado de esa manera.

Tal situación ocurre cuando nos adentramos en una tienda y el funcionario nos ignora.

O delante de un mostrador de alguna aerolínea, intentando saber si el vuelo está en el horario. También en algunas reparticiones públicas buscando informaciones.

El responsable, o sea la persona o personas que allí se encuentran simplemente ignoran la indagación, el pedido, la presencia.

Es como si fuésemos invisibles. Para nosotros que lidiamos con la inmortalidad, que estudiamos acerca de la vida que nunca cesa, el primer pensamiento que nos ocurre cuando nos sentimos ignorados es: ¿Será que morí y no me di cuenta?

Por acaso, ¿he cruzado la aduana de la muerte sin percibirlo? ¿Será por eso que las personas no me ven, no me contestan?

Sin embargo, más allá de tales situaciones, de un modo general casi todos nos movemos en el mundo sin dar atención a los demás.

Por eso caminamos por la calle, mirando adelante, atentos al semáforo, a las señales de tránsito, a los nombres de las calles, a los números, sin mirar a nuestro alrededor.

Es común que atropellemos a las personas, si no estamos atentos a sus presencias. Atropellamos y seguimos adelante buscando nuestros objetivos, sin detenernos siquiera para pedir disculpas.

O para auxiliar a la persona a recoger lo que se cayó  con nuestro tropiezo. Muchas veces es la propia persona que pierde el equilibrio y se cae al suelo.

Algo semejante ocurre cuando las puertas de los autobuses se abren y salimos como quien necesita apagar un incendio más adelante.

Existen aquellos que abren camino por la fuerza, golpeando con la mochila que traen a las espaldas a aquellos que aguardan en las filas, siguiendo en frente.

Pisan en los pies ajenos, pero siguen caminando. En el ansia de alcanzar rápidamente su destino, arrastran consigo lo que encuentran en el camino: paquetes, libros... de otras personas.

Pero nunca se detienen a pedir disculpas.

Porque nada ven, nada sienten, nada perciben. Solo ellos existen en el tránsito.

En las filas del cine, supermercados, bancos, oficinas, la cuestión no es muy diferente.

Personas que dicen tener prisa, con compromisos urgentes, se adelantan a otras que aguardan hace mucho tiempo.

Para ellas, no existe nadie más allá que ellas mismas, su problema, su dificultad.

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Si estamos en la lista de personas precipitadas, insensibles, que solo ven a sí mismas, detengamos el paso.

Miremos alrededor, observemos, respetemos a los que comparten con nosotros el mismo autobús, la misma cafetería, la misma repartición pública.

El hecho que tengamos de arreglar muchas cuestiones no está disociado de la posibilidad de ser gentiles, suaves, atentos.

Eso no nos impide mirar alrededor, ceder el asiento a una persona más vieja, a una embarazada, alguien con dificultad física.

Pensemos que, así como nosotros no deseamos ser tratados como invisibles, no debemos proceder de igual manera con relación a los demás.

Somos todos humanos, necesitados unos de los otros.

Por lo tanto, actuemos como quien se alzó a la Humanidad y desea seguir el camino rumbo al ser angelical, nuestro siguiente paso.

Redacción del Momento Espírita.

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