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miércoles, 7 de marzo de 2012

Cosas del sueño y de la naturaleza



    Son numerosos los hermanos  que durante el sueño van al plano espiritual a los planos de trabajo espiritual. No es fácil transmitir mensajes  de tenor  instructivo, en esa tarea, utilizando lugares comunes, contaminados por materia mental poco digna.  En los lugares edificantes donde consiguen acumular mayores cantidades de fuerzas positivas de la espiritualidad superior, recibiendo  grandes beneficios los encarnados.

    Los encarnados se valen del desprendimiento parcial, mediante el sueño físico, para reunirse con las entidades generosas y dedicadas.  La mayoría no suele entender lo que se les quiere decir, pareciendo enfermos incomprensivos.

    Los espíritus encarnados tan pronto  como se realiza la consolidación de los lazos físicos, quedan sometidos  a imperiosas leyes imperantes en la Tierra. Entre los encarnados y desencarnados, existe un tupido velo. Es la muralla de las vibraciones. Sin la obliteración temporal de la memoria, no se renueva la oportunidad. Si el plano espiritual  les fuera abierto olvidarían las obligaciones inmediatas, estimarían el parasitismo, perjudicando su propia evolución.

    A través de las corrientes magnéticas susceptibles de movimiento, cuando se efectúa el sueño de los encarnados, son mantenidas  obsesiones inferiores, persecuciones permanentes, exploraciones psíquicas de baja clase, vampirismo psíquico destructor, y diversas tentaciones. Son aún muy pocos, los hermanos encarnados que saben dormir para el bien…

    La mayoría de los seres se engolfa en los negocios y complicaciones materiales, por eso le es muy difícil sentir las influencias del plano espiritual.

    Los desencarnados aunque no se fatiguen como las criaturas terrestres, no prescinden  de la pausa de reposo. El día y la noche constituye para el hombre una hoja del libro de la vida. La mayoría  de las veces, la criatura  escribe sola la pagina diaria, con la tinta de los sentimientos que le son propios, en las palabras,  en los pensamientos, en las intenciones  y actos; e inversamente, en la reflexión nocturna  es ayudada  a rectificar las lecciones y a acertar en las experiencias, cuando el Señor lo permite.

    La naturaleza nunca es la misma en todas partes. No hay dos porciones de tierra con climas absolutamente iguales. Cada colina, cada valle, posee expresiones climáticas diferentes. Hay que reconocer que el campo, en cualquier condición, en el círculo de los encarnados, es la reserva más abundante y vigorosa de principios vitales. Todos los cooperadores espirituales  estiman en  aire de la mañana, cuando la atmosfera permanece igualmente en reposo, exenta de las partículas  del polvo convertidas en microscópicos balones de bacilos y de otras expresiones inferiores.

    En la floresta tenemos una densidad fuerte, por la pobreza de las emanaciones, gracias a la impermeabilidad del viento. El aire ahí se convierte en un elemento asfixiante por el exceso de las emisiones de los reinos inferiores de la Naturaleza. En la ciudad la atmosfera es compacta y el aire sofoca también por la densidad mental de las más bajas aglomeraciones humanas. En el campo, por tanto tenemos el centro ideal.

    En el campo reina la paz relativa  y equilibrada de la Naturaleza terrestre. Ni lo salvaje  de las matas vírgenes, ni la sofocación de los fluidos humanos. El campo es el generoso camino central, la armonía posible, el reposo deseable.

    El canto de las aves solitarias, nos permite reposar algunas horas aislados magníficamente  en el templo de la Naturaleza.

    ¡Recibir la bendición del campo, alabando el Amor y la Sabiduría de Nuestro Padre! Hace milenios que la Naturaleza espera  la compensación de los hombres. No se ha alimentado solo de esperanza, sino que vive en ardiente  expectativa aguardando  el entendimiento  y el auxilio de los Espíritus  encanados en la Tierra, propiamente considerados hijos de Dios. Mientras tanto, las fuerzas naturales  continúan sufriendo la opresión de todas las vanidades humanas. La mayoría de los cultivadores  de la tierra, lo exige todo sin ofrecer nada. Mientras se cela cuidadosamente la manutención de las bases de la vida, se ve a la civilización funcionando como vigorosa máquina  de triturar,  convirtiendo a los hombres, en pequeños moldes de pan, carne y vino, absolutamente sumergidos en los vicios de los sentimientos y en los excesos de la alimentación, despreocupados  del inmenso debito para con la amorosa  y generosa Naturaleza. Ellos oprimen a las criaturas inferiores, hieren  las fuerzas bienhechoras de la vida, son ingratos con las fuentes del bien, atienden a las industrias rurales, más por la vanidad y por la ambición de ganar que les son propias, que por el espíritu de amor y de utilidad; pero no pasan de ser infelices siervos de las pasiones desviadas. Trazan programas de riquezas mentirosas que constituyen su ruina; escriben tratados de política económica que redunda en guerras destructoras; desenvuelven el comercio de ganancias indebida, cogiendo las complicaciones internacionales que dan curso a la miseria; dominan a los más débiles y lo explotan, ¡despertando más tarde entre los monstruos del odio!

    El auxilio divino no falta. ¡El Señor  está operando por el futuro del hombre. Hay que escuchar los gemidos de la creación que pide la luz del raciocinio  humano, la vida  no es un robo incesante, en la que la planta lesiona el suelo, el animal extermina  la planta y el hombre asesina al animal; y si un movimiento de permuta  divina, de cooperación generosa, que nunca perturbaremos  sin grave daño  para la propia condición de  criaturas responsables  y evolutivas!

     Mediante el Evangelio, observamos que la creación aguarda ansiosamente la manifestación de los hijos de Dios, encarnados, la criatura ha soportado el peso de inmensas iniquidades. Por eso continúa llegándoles el auxilio de la espiritualidad, ellos cumpliendo su deber  con el bien, no desprecian las lecciones. Y nos dan consejos   para educarnos. De nosotros depende el prestar atención y beneficiarnos de ellas para hacer un mundo mejor, o por el contrario el odio, los desmanes y el mal nos dominan seremos maltratados con las mismas acciones inferiores que emitimos. Pues a cada uno le será dado según sus obras.

Extraído por Merche Cruz del libro “Mensajeros espirituales” de Chico Xavier. 


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martes, 6 de marzo de 2012

Las tablas de la ciencia





    Algún tiempo atrás,  cuando el hombre comenzó a transmitir por escrito lo que le preocupaba, describió por vez primera un sueño común a todos los mortales: un día podremos saber por qué vivimos en esta tierra; descubrir el motivo de nuestra existencia y la del universo.

    Unos creyeron acceder a este conocimiento decisivo mediante una revelación mística. Otros optaron por encontrar la clave a través de la lógica y la razón. En nuestro mundo moderno, la mayoría ve en la ciencia el camino adecuado para alcanzar este preciado objetivo.

    No obstante, siempre queda algo sin respuesta. La verdad a la que los investigadores creen acercarse una y otra vez resulta ser, una imagen engañosa, una quimera. Aún así, los científicos no han renunciado con facilidad a buscar una explicación definitiva sobre el universo. En el mundo moderno, lo han hecho a partir de un supuesto básico: para poder explicar la existencia del cosmos a través de la razón, es necesario que éste sea, en sí mismo, un ente racional.

    Sabido es que dicho supuesto no ha sido común a todas las culturas. En la antigüedad, muchos pueblos creían que la naturaleza se encontraba bajo el control de unos dioses caprichosos que ejercían un poder arbitrario. Por eso, a los hombres les resultaba imposible comprenderla y mucho más predecirla. Otras civilizaciones consideraron el universo como algo fundamentalmente irracional, puesto que no se le puede aplicar ningún principio de ordenación básica. Nuestras actuales ciencias hunden sus raíces en la Europa medieval y han surgido bajo la influencia doble de los filósofos griegos y de la teología judeocristiana. Los primeros, profundamente convencidos de la fuerza del razonamiento sistemático, creían que al hombre le es posible descubrir la esencia del cosmos mediante el pensamiento lógico. Algunos, entre ellos Pitágoras, pensaban que el universo era matemático por naturaleza y que sólo se necesitaría desarrollar y perfeccionar las matemáticas para poder explicar todos sus secretos.

    En el fondo, los números y las formas geométricas eran para los griegos los eslabones de unión con la lógica fundamental del universo. Esta idea perduró en la lengua latina: la palabra ratio (razón) tenía para los romanos un sentido de clasificación o relación matemática.

     Por su parte, la religión judía aportó la idea de un Dios transcendente que creó el mundo y le impuso sus leyes. Desde esta perspectiva, la evolución del universo es comprensible: comienza con la creación y se desarrolla hasta alcanzar un estado definitivo. De modo que los acontecimientos y procesos ocurridos en la naturaleza aparecen como parte del plan divino.


Las leyes físicas son tan absolutas como antes lo era Dios 

    Esta imagen de Dios como legislador todopoderoso fue transmitida también a la doctrina cristiana e imperó en la cultura europea medieval, mientras se arrumbaba la filosofía clásica. En el siglo XIII, sin embargo, el Viejo Continente volvió a descubrir las obras de pensadores como Platón y Aristóteles, gracias a las traducciones de los filósofos árabes. La mezcla de las dos concepciones del universo puso los cimientos del pensamiento occidental.

    Tomás de Aquino, que estudió en Colonia y se hizo famoso en París, comenzó a aplicar al estudio de la Teología, las rigurosas técnicas de la geometría griega, con sus axiomas (principios no demostrables, pero reconocidos como ciertos) y teoremas (tesis demostrables) . La doctrina tomista imaginaba a Dios como un algo perfecto y racional; es decir, consciente. Este Dios habría creado el universo como signo de su inteligencia superior.

    Lo esencial en este pensamiento es que Dios, el creador, existe fuera del tiempo. Por ello, sus leyes son verdades eternas -algo parecido a lo que pensaban los griegos sobre sus teoremas matemáticos-. El Dios de Tomás de Aquino es abstracto y está por encima de nuestra realidad. A pesar de ello, su idea ha determinado el pensamiento cristiano durante muchos siglos y, por lo tanto, también el pensamiento europeo.

    Todavía cuando Isaac Newton y sus contemporáneos del siglo XVII crearon los fundamentos de la física, estaban convencidos de que con sus descubrimientos seguían las huellas de Dios y de sus obras. Creían firmemente que el orden racional descubierto en la naturaleza tenía su origen en la divinidad. Estos científicos se imaginaban un universo cuyo orden regían unas leyes naturales muy concretas que, a sus ojos, eran ideas de Dios. Tal concepción perduró en generaciones científicas posteriores, que perpetuaron la creencia de que las leyes de la naturaleza son eternas.
    Más tarde, se imaginaron las leyes como algo ´fluctuante libremente´, como simples principios reguladores, que venían dados, sin pararse a pensar más en su validez.

    El  último estadio fue traspasar a las propias leyes algunas de aquellas propiedades que se habían adjudicado al Dios de quien se creía que procedían.

    Así continúa siendo hoy. Los investigadores coinciden en que las leyes básicas de la física son, en general, válidas, absolutas, todopoderosas y eternas. Además, muchos creen que estas leyes son también transcendentes; es decir, que existen por sí mismas, indiferentes al estado físico en el que se encuentre el universo.

    La creencia newtoniana en la inspiración divina ha sido definitivamente abandonada, pero no se ha explicado el auténtico origen de las leyes naturales. Es más, resulta curioso que la mayoría de los científicos de hoy en día no malgasten ni un minuto de su tiempo en explicar de dónde proceden los principios de la ciencia. Y eso que esta gigantesca empresa que denominamos ciencia se basa, precisamente, en que el universo es un sistema regido por leyes racionales y aprehensibles.


Un código secreto enmascara los principios naturales

    El recurso a la divinidad resolvió muchos problemas en un tiempo de fervor religioso como el que les tocó vivir a Newton y sus discípulos, pero su abandono crea un vacío serio en el pensamiento de nuestros días. De hecho, si renunciamos a creer en las leyes naturales como ideas de Dios, podemos convertir a la ciencia en algo cercano alo enigmático. Un enigma que se hace mayor cuando se considera que las leyes de la naturaleza no son, de ningún modo, fáciles de entender.
    Piénsese si no en la sencilla ley de la caída de los cuerpos. Galileo Galilei sólo llegó a comprenderla después de haber realizado muchos experimentos y haberla observado cuidadosamente durante largo tiempo. Y cuando luego se atrevió a formularla, chocó con el escepticismo general. El problema es que la mayoría de las personas no pueden ver intuitivamente que los cuerpos, tanto pesados como ligeros, se aceleran del mismo modo al caer bajo el influjo de la fuerza de la gravedad terrestre. Esta ley se oculta también frecuentemente detrás de la máscara de la resistencia del aire, que nos impide acceder al verdadero fundamento de la caída de los cuerpos, si no contamos con un complicado sistema de conocimientos físico-matemáticos.

    En fin, después de olvidar la herencia divina, la ciencia se da cuenta de que las leyes naturales son difíciles de comprender a simple vista, sin la ayuda de elementos transcendentes que expliquen lo que la lógica no puede llegar a abarcar.

    El físico norteamericano Heinz Pagels habló de un código cósmico secreto para referirse a la dificultad de aprehensión de la ciencia. Las leyes de la naturaleza, decía, están redactadas en una especie de escritura cifrada, por lo que no las podemos percibir directamente. La misión de los científicos sería hincarle el diente a este código y descifrar el mensaje, lo que sólo se consigue a través de una equilibrada combinación de experimentos y teoría. Heinz Pagels pensaba que el experimento es una consulta a la naturaleza. En este interrogatorio, el científico recibe respuestas en clave. Luego, el teórico intenta descifrar las respuestas y ordenarlas de una forma racional.

    Pero el interrogante no acaba aquí. En este orden de cosas, los científicos ateos se encuentran ante un nuevo problema. ¿De dónde viene esta aptitud del hombre para descifrar las leyes de la naturaleza? Si nuestras cualidades intelectuales son el resultado de una evolución biológica, igual que nuestras propiedades corporales, será de esperar que nuestra capacidad de deducir las leyes de la naturaleza lleve consigo una ventaja en la lucha por la vida. Pero esto es precisamente lo difícil de reconocer.

    A veces se dice que ya es una ventaja en la vida el poder esquivar los objetos que caen desde lo alto, saltar por encima de los arroyos y poder captar los ritmos naturales, como el de las estaciones del año. Pero estas aptitudes no se consiguen precisamente con la inteligencia, sino que se nos dan de un modo puramente intuitivo. Y no sólo el ser humano lo consigue, sino que también lo logran muchos animales, que ciertamente no pueden desarrollar ninguna facultad de comprensión de las leyes científicas. La capacidad de superar tales situaciones está simplemente archivada en el cerebro, porque se han tenido anteriormente experiencias en situaciones similares. Por ejemplo, cuando nos apartamos al ver caer un árbol, no utilizamos los conocimientos sobre las leyes de la física adquiridos a través de la investigación.
Es cierto que las ciencias de la naturaleza han logrado éxitos altamente espectaculares en los campos de la física atómica y de la astrofísica, pero nadie deducirá que es más fácil sobrevivir en la selva para alguien que sepa penetrar en los secretos del átomo o calcular la estructura de un agujero negro. Evidentemente, nuestros cerebros están adecuados de una forma admirable para comprender los modelos y principios del ordenamiento de la naturaleza, precisamente en aquellos campos que no tienen la más mínima importancia para la evolución biológica de la especie. Sin embargo, en términos estrictos de supervivencia, parecería que gozamos de las mismas ventajas que otros animales avanzados.
El misterio es aún mayor si examinamos cómo se utilizan los conocimientos científicos. La mayor parte de nuestros resultados en el campo de las denominadas ciencias exactas están formulados en lenguaje matemático. Todas las leyes fundamentales de la física se pueden expresar simplemente y de forma resumida a través de fórmulas numéricas.

    La idea que impulsaba a los filósofos naturalistas griegos de la antigüedad de que el mundo do no sería otra cosa que una manifestación de principios matemáticos ha continuado viva hasta hoy, sobre todo en la teoría física.

    Naturalmente, el físico matemático actual tiene en su mano más medios que la sola geometría euclidiana para introducirse en los secretos de la naturaleza. Por ejemplo, puede utilizar modernas ramas de las matemáticas, como la teoría de grupos, la geometría diferencial y la topología. Es tal la importancia de las matemáticas que el astrónomo inglés Sir James Jeans llegó a exclamar: «Dios es un matemático».

    Las matemáticas, en cualquier caso, no nos han sido dadas por la evolución, sino que son un producto de la inteligencia humana superior. Surgen de las partes altamente desarrolladas de nuestro cerebro, el órgano más complejo que conocemos. No resultará entonces raro que un sistema tan evolucionado permita entender los procesos más elementales de la naturaleza. Pero esta posibilidad de resolver problemas de cálculo integral o ecuaciones diferenciales apenas sí supone una ventaja biológica.

    No hay que desdeñar, sin embargo, la importancia de las aptitudes matemáticas en nuestro mundo. Fijémonos, por ejemplo, en la aparición esporádica de genios, que nos sorprenden con sus extraordinarias capacidades. Personajes de este tipo existen en cada generación, lo que demuestra que las aptitudes matemáticas extraordinarias tienen que estar grabadas como factor estable en los genes humanos hereditarios. Pero, ¿por qué?

Ahora se aclaran la mayoría de los procesos de la naturaleza

    En los últimos años se ha impuesto en el campo de la física matemática un objetivo prioritario:   la    unificación. Muchos físicos teóricos esperan y confían en que todas las leyes básicas de la física puedan fundirse en una única super ley. Esta teoría se podría expresar como una breve fórmula matemática, suficientemente corta para que pudiera ser impresa sobre una camiseta. A partir de esta fórmula, se podría deducir luego la descripción de toda la naturaleza.

    El matemático Stephen Hawking estaba totalmente imbuido de esta esperanza cuando tituló su lección magistral de ingreso en la Universidad de Cambridge con la siguiente pregunta:

     ¿Está a la vista el fin de la física teórica? Naturalmente, puede tratarse de un exceso de optimismo. Pero lo cierto es que, en los tres escasos siglos transcurridos desde Newton, la ciencia ha realizado suficientes progresos para poder explicar con teorías matemáticas ya existentes una enorme cantidad de fenómenos de la naturaleza. Muchos físicos creen incluso que tenemos buenas explicaciones para la mayoría de los procesos naturales.

    Por ejemplo, las teorías de las cuatro fuerzas fundamentales, complementadas con la mecánica cuántica, se van confirmando cada vez más con los nuevos experimentos y observaciones. Con estas teorías no sólo podemos hacer comprensible el micromundo interior de un átomo sino que nos sirven igualmente para explicar fenómenos cósmicos. Así, puede decirse que la teoría física disponible actualmente comprende, aunque de forma provisional, una descripción exacta del mundo, desde los campos más pequeños hasta los más grandes.

    Uno puede pensar que las leyes que rigen el universo son demasiado complicadas para nuestra inteligencia. Pero, sorprendentemente, no es así. Es verdad que, según todas las apariencias, estas leyes están consignadas en clave y tienen una enigmática profundidad. Pero, al mismo tiempo, son absolutamente comprensibles, si se utilizan las matemáticas, cuyo grado de dificultad queda dentro de las posibilidades humanas.

    La feliz circunstancia de que esto sea así merece una consideración más exacta. Si lo examinamos, surge algo sorprendente. Un matemático-físico únicamente estará preparado para la investigación básica al cabo de unos 20 años de estudios y formación. Por otro lado, la historia de la ciencia nos demuestra que la mayoría de los grandes avances en este campo ha sido conseguida por científicos jóvenes, cuyas edades rondan los 30 años. Ambos valores se complementan. La duración de la preparación necesaria es sólo un poco más corta que el tiempo de la mayor productividad. En otras palabras, los hombres suelen alcanzar al mismo tiempo una experiencia matemática madura y la creatividad suficiente para poder colaborar en la tarea de descifrar el código cósmico.


Hay verdades matemáticas que son indemostrables

    Hay que recordar que la vida, el tiempo de máxima actividad y el período de formación de una persona son valores puramente biológicos (la formación depende de la capacidad física de aprendizaje) . Todos los valores biológicos, a su vez, se derivan de procesos de selección evolutiva. Resulta, pues, inimaginable que exista cualquier tipo de relación entre estos procesos naturales y la complejidad matemática de las leyes. Por ello es curioso que todos los hombres estén capacitados para comprender los principios científicos en el mismo tiempo biológico.

    Puede haber personas que dejen de lado estas realidades y consideren que carecen totalmente de importancia, que son una casualidad. Pero, en mi opinión, tales realidades indican una profunda relación entre nuestra existencia como seres racionales y la existencia del universo natural con sus diferentes leyes y sistemas. Con ello, no pretendo negar que en el Homo sapiens haya algo especial. Pero afirmo que la aparición del conocimiento, como un fenómeno del universo, en un determinado lugar y en un determinado tiempo concreto, no es ningún suceso casual, sino fundamental.

    Llego a esta conclusión, porque resulta claro que el conocimiento -el nivel más alto de desarrollo- va unido a la estructura del mundo natural, sus leyes y sus partículas -el nivel más bajo de desarrollo-.

     El físico David Deutsch, de la Universidad de Oxford, ha destacado un aspecto especialmente raro de esta relación, al certificar una convivencia extraordinaria entre las leyes matemáticas y las que rigen la naturaleza. Sus ideas tienen algo que ver con la teoría matemática y, por lo tanto, no es tan fácil de explicar. De modo que tendremos que hacer algunas aclaraciones previas.

    A los ojos de la mayoría de las personas, las matemáticas son una serie casi inabarcable de relaciones formales. Por ejemplo: la cantidad A equivale a la cantidad B, si de la cantidad B se resta la cantidad C. Hay tantas relaciones de este tipo, que una persona sólo podría realizar efectivamente una mínima parte de ellas, aun que dedicara a ello toda su  vida.

    Sin embargo, existe la creencia muy generalizada de que todas las operaciones matemáticas pueden ser realizadas con un ordenador  adecuadamente potente y el tiempo necesario. Es una opinión errónea.

    Juiciosos científicos, como el matemático Kurt Göde1 en los años treinta, demostraron que hay verdades matemáticas que son desde luego ciertas, pero que no pueden ser demostradas. Y esto no ocurre sólo en algunos campos abstractos de las matemáticas, sino también en las operaciones de cálculo cotidianas.

    Poco después de que Gödel publicara su hallazgo, el matemático inglés Alan Turing lo utilizó para demostrar que hay cifras que no pueden ser calculadas. Son cifras que, aunque está demostrada su existencia, no se derivan de ningún cálculo realizado por cualquier procedimiento matemático sistemático (algoritmo). De modo que sólo podemos resolver una pequeña parte de las verdades matemáticas existentes.

    Junto a estas ideas, cobra especial importancia el pensamiento del mencionado David Deutsch sobre la relación entre las leyes matemáticas y las naturales. S gún el físico de Oxford, «el modo de trabajo de un ordenador depende de la estructura del mundo natural. Es una parte de este mundo y por lo tanto consta de los materiales en él existentes. Lo mismo puede decirse del cerebro humano: la forma de calcular de un ordenador o la manera de pensar de nuestro cerebro dependen de cómo sean las leyes de la naturaleza».

    Y de todo esto, ¿qué deducimos? Simplemente, que lo que puede y lo que no puede ser calculado es decidido por las leyes de la física. Ya se ha comentado aquí cómo se adaptan nuestras matemáticas, inventadas por el ser humano, a las leyes de la naturaleza; de qué forma tan magníficamente sencilla pueden describirse con ellas los fenómenos naturales.

    De modo que, con esta apreciación, se cierra el círculo: las leyes de la física permiten que surja un mundo en el que son posibles determinadas operaciones matemáticas que, a su vez, explican las leyes de la física. Trabalenguas éste, que nos lleva a la siguiente pregunta. ¿Es este círculo cerrado algo exclusivo de nuestro universo? ¿Es nuestro mundo el único en el que se puede calcular su código cósmico? Si existen otros mundos, independientemente del nuestro, ¿pueden surgir en ellos también unas estructuras complejas, como los seres vivos biológicos, que sean conscientes de su entorno?  Debemos preocuparnos de estas cuestiones que van mucho más allá del campo de la física, para adentrarse en la metafísica. No conocemos las respuestas. Yo, personalmente, creo que la coincidencia entre seres racionales, capaces de pensar matemáticamente, y la estructura matemática de su mundo es tan improbable que tiene que ser única. La relación descrita entre matemáticas y mundo natural nos proporciona una cadena de pruebas en favor de que la inteligencia no ha surgido casualmente en el universo, sino que es una propiedad fundamental de éste.

    Como comprobantes adicionales, hay que añadir las curiosas casualidades, conocidas bajo el concepto de principio antrópico.

    Desde hace algún tiempo, los científicos han percibido que nuestra existencia depende con una gran exactitud de toda una serie de circunstancias evidentemente felices. 

    Un ejemplo: si las leyes físicas de la naturaleza fueran sólo un poco distintas de lo que son en realidad, no podrían existir estructuras importantes para nosotros, como las estrellas estables que queman hidrógeno, caso de nuestro Sol. Tampoco podrían haberse desarrollado las condiciones necesarias para que surjan y existan seres vivientes biológicos. Sólo en un universo con leyes y condiciones como las que se dan efectivamente en el nuestro podrían surgir seres racionales y preguntarse luego por el sentido de la vida.

   Aún estamos lejos de conocer la conciencia de Dios

 Ya se ha especulado frecuentemente sobre la cuestión de si las leyes de la naturaleza están codificadas de forma óptima. El filósofo alemán Leibniz afirmaba que vivimos en el mejor de todos los mundos posibles. Esto ha hecho que en nuestro tiempo surjan científicos que defienden esta idea y quieren hacer de ella una afirmación matemática exacta.
Al final de estas controversias debe resultar un principio de la máxima multiplicidad. Nadie puede decir qué es lo que ocurrirá en el futuro con el hombre. Quizás los vertiginosos progresos científicos que estamos viviendo actualmente son sólo una escapada solitaria dentro de un desarrollo por lo demás tranquilo.

    Y quizás estemos tan lejos como siempre de conocer la conciencia de Dios.

    Pero yo me siento obligado a creer que, a través de la ciencia, podemos tener efectivamente a nuestro alcance los fundamentos racionales de la existencia natural. Esta confianza se basa en que hemos descifrado ya grandes partes del código cósmico y que algún día conoceremos quizás toda la verdad. Y esto me parece demasiado admirable para que pudiera tratarse de una simple casualidad.

    De un modo extraño, quizás por caminos inescrutables, parece que hubo algo o alguien que quiso que los humanos estuviéramos aquí.

   Artículo de Paul Davies. Profesor de Física Teórica en la Universidad de Adelaida, Australia.
Texto reproducido y digitalizado de la revista Muy Interesante nº 131 – Abril de 1992





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lunes, 5 de marzo de 2012

El despertar de la mariposa





“Reflexiones sobre el paso de la vida terrenal para la espiritual”


Nada nos podemos llevar.

Los Espíritus Superiores respondieron a Allan Kardec que el alma nada lleva de este mundo a no ser el recuerdo y el deseo de ir para un mundo mejor, recuerdo lleno de dulzura o de amargura, conforme el uso que hizo de la vida. Cuanto más pura fuera, mejor comprenderá la futilidad de lo que deja en la Tierra.

En el Evangelio Según el Espiritismo, Blaise Pascal dicto un mensaje que resume bien este aspecto:

“El hombre no posee en si sino lo que puede llevar de este mundo. Lo que encuentra al llegar, y que lo deja al partir, goza de ello durante su permanencia en la Tierra; más, una vez que es forzado a abandonarla, de ello no tiene sino el gozo y no la posesión real. ¿Qué posee en fin?  Nada de aquello que es para el uso del cuerpo, y si todo lo que es de uso del alma: la inteligencia, los conocimientos, las cualidades morales; es lo que trae y es lo que se lleva, y que no esta en el poder de nadie arrebatarle, lo que le servirá más aun en el otro mundo que en este; de el depende ser más rico a su partida  que a su llegada, porque de aquello que hubiera adquirido en bien depende su posición futura.”

Por tanto comprendemos que el Espíritu sufre las consecuencias de todas las imperfecciones que no consiguió corregir en la vida terrena. El alma lleva  dentro de si el infierno o el paraíso, no importa donde  se encuentre.

“A cada uno según sus obras, en el Cielo como en la Tierra: tal es la Ley de la Justicia Divina”, Ya lo decía Allan Kardec.


Si durante la vida terrena, la Entidad Espiritual  la paso solamente preocupada  en satisfacer su propio egoísmo, después en la muerte no puede ultrapasar los planos groseros, las zonas de las tinieblas, las regiones más densas del mundo espiritual.
Adaptación en el Plano Espiritual

Marlene Nobre, en su excelente libro “Nuestra Vida en el Más Allá”  nos relata que “la adaptación “al otro lado” de la vida varía de acuerdo con el grado evolutivo del Espíritu.

Para la inmensa mayoría de desencarnados de evolución espiritual mediana, ella no se hace sino lentamente, influenciada por innumerables factores.

Para los de condición inferior, la permanencia en los planos de sombra representa sufrimiento en diversos grados, vida desorganizada, actos crueles o profundización en los caminos improductivos de la ignorancia, con excesos de maldad.

Los asuntos pendientes de todo orden – financieros, emocionales, afectivos y, principalmente, el complejo de culpa – traídos de la costra, van a ejercer el papel preponderante en el estado de animo de los convalecientes espirituales, influyendo directamente, en la adaptación de ellos a la Vida Nueva.

Otros factores que dificultan la adaptación del espíritu en esta fase de transición en el Nuevo plano, son la salud de los entes queridos que quedaron, y su formación religiosa.
La gran deficiencia de la mayoría de las religiones es que ellas preparan a sus fieles para la muerte.

Como ilustración, vamos a relatar un trecho, extraído del libro “Cartas de una Muerta” dictadas por D, Maria Juana de Dios, madre de Chico Xavier, a través del propio médium, donde relata las impresiones iniciales de sus vida en el más Allá:

“Para mí, mi querido hijo, las ultimas impresiones de la existencia terrena y los primeros días transcurridos después de la muerte fueron muy amargos y dolorosos. Quiero creer que la angustia, que en aquel momento avasallo a mi alma, se originó de la profunda amargura que me ocasionaba la separación del hogar y de los afectos familiares, pues, a pesar de creer en la inmortalidad, siempre me llenaba de pavor  los aparatos de la muerte; y dentro del catolicismo, que yo profesaba fervorosamente, me atemorizaba la perspectiva de una eterna ausencia. Luche, en cuanto me lo permitieron las fuerzas físicas, contra la influencia aniquiladora de mi cuerpo; más fue una lucha singular  la que sustente, como suele acontecer en los corazones maternos, cuando peligra  la tranquilidad de sus hijos. Únicamente ese amor  me obligaba al apego a la vida, porque los sufrimientos, que ya había experimentado, me desprendían de todo el placer  que aun pudiese advenirme de las cosas terrestres.

Sintonía de los dos Planos

En el periodo que se sigue a la muerte física, los habitantes de los dos planos de la vida  continuaran ejerciendo influencia reciproca acentuada, en general  insospechada por los encarnados. Es claro que esta influencia perdurará siempre, más no tendrá el grado de intensidad de los primeros tiempos de la separación. Es natural que sea así porque nosotros  nos alimentamos del magnetismo de las personas amadas. Cuando la muerte nos impone  la separación provisoria, nos sentimos lesionados en el amago del ser,  necesitado de recomponer  las energías básicas, de reparar el circuito de fuerzas magnéticas en el cual nos equilibramos. Este raciocinio es valido para los que se encuentran en los dos planos de la vida.

La influencia de los pensamientos y acciones de los que permanecen en la costra es tan significativa que, muchas veces, los desencarnados no consiguen adaptarse a la nueva vida, vagando sin rumbo, perturbados, sin condiciones de asumir sus funciones en la verdadera patria.

Eso acontece porque hay una falta de preparación generalizada ante la crisis de la muerte. Encarnados y desencarnados sufren profundos desequilibrios psicológicos y espirituales, ante la separación que juzgan definitiva, porque para la inmensa mayoría, sin “ojos para ver”, solamente el silencio dolorido responde a las llamadas de parte a parte.

Todo pasa como si los primeros llorasen desesperadamente en un compartimiento de la casa, y los últimos en el otro, más incapaces de entenderse, a pesar de la proximidad, por la absoluta falta de preparación en lidiar con ese tipo de comunicación. Todos gritan, más nadie se entiende.


Un apelo de los desencarnados a los que quedan.

Muchos encarnados claman desesperadamente por los que partieron, vertiendo lagrimas de hiel, cuando no alentando ideas de suicidio e la engañosa  ilusión de reencontrarlos.

Hay mucho desasosiego en la vida psíquica  de los desencarnados, toda vez que los familiares no aceptan la separación o procuran la venganza, en los casos de desencarnación por asesinato, alimentando los sentimientos inferiores muchas veces envueltos en ese proceso.

Innumerables otros comunicantes hablan de la dificultad de adaptación al mundo espiritual por causa de la perturbación de los familiares. Ese desequilibrio, muchas veces  intenso, no les permite la propia renovación en el plano en que se encuentran.

Vamos a destacar algunos trechos de las cartas de los desencarnados en los cuales solicitan la comprensión de los familiares ante la separación. Son puntos muy útiles  para nuestro propio preparación ante la muerte:


(1)     “Veo su rostro sin parar, todo bañado  en lágrimas sobre el mi y su voz le alcanza de manera tan clara que parece colocar los oídos en el corazón. ¡Ha,  Mama!  Yo no tengo derecho de pedir su cariño más siempre lo recibí, más si soy su hijo puedo pedir alguna cosa más a su dedicación, no llore más.” (Alberto Texeira a través de Chico Xavier)

“Evidentemente que no vamos a cultivar falsa tranquilidad, considerando natural que alguien muy querido parta al plano espiritual. Por muy grande que sea nuestra comprensión, con seguridad sufriremos mucho. No en tanto, debemos mantener la serenidad, la confianza en Dios, no por nosotros mismos, más sobretodo en beneficio de aquel que partió. Más que nunca el precisa de nuestra ayuda, y principalmente de nuestras oraciones.
 Realizado con mucho amor y cariño por  Merchita 

([1]e2) Texto extraído de “Nossa Vida no Além” – Marlene Nobre – Ed FE




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viernes, 2 de marzo de 2012

¿Dónde está el Cielo de las religiones?



    Sobre esta cuestión podemos imaginar todo cuanto seamos capaces, al igual que ante la del infierno, tal como han hecho tantos líderes religiosos.
     No hay ningún cielo eterno, pero  en los planos astrales, sí que existen regiones espirituales diferenciadas según los diversos grados de evolución de los espíritus que las pueblan. Pero en todos estos planos mas o menos elevados, hay algo en común: La actividad constante y el trabajo y aprendizaje contínuos, aunque en los menos elevados, los espíritus también tienen sus periodos de descanso,que les son necesarios al igual que también el descanso en imprescindible en nuestro mundo físico.

     Sin el trabajo, la actividad y la evolución contínua en todos los planos espirituales y en los mundos que los componen, no se podría comprender que Dios, que obra continuamente, dejase a los espíritus creados de Su Esencia, estacionados e indolentes, mientras estamos comprobando que en nuestro mundo material, la Evolución de todos los seres y las formas, incluido el ser humano, es una realidad palpable.
     En Espiritismo, la palabra “Cielo” poco tiene que ver con el cielo teológico de las religiones que lo señalan como una suerte estacionaria y definitiva de los espíritus que lo hayan merecido en una sola vida humana.
La palabra “Cielo”, siempre fue utilizada para referirse a las regiones astrales superiores, plenas de mundos habitados por Espíritus buenos, y felices, colaborando con toda la Creación de Dios y con sus hermanos espirituales.

     El Cielo no es un lugar físico o delimitado del Universo, sino un estado vibratorio de unas altas frecuencias de energía espiritual muy elevadas, que está ubicado en los Mundos espirituales existentes en los Planos mas elevados donde se reúnen los Espíritus que gozan de un estado de total felicidad y dicha; este estado al que se le ha calificado muy acertadamente como de “glorioso”, es experimentado por el Ser con arreglo a las cualidades conquistadas que ha hecho suyas y le capacitan para experimentar ese estado de dicha. Cuando digo lo de los planos elevados, efectivamente, son los más elevados o alejados con respecto a la superficie de la Tierra, en la que se superpone o mezcla uno de los planos más inferiores, conocido como “la Costra”. De ahí la presencia más habitual de seres espirituales inferiores que facilmente sintonizan con los seres humanos con un inferior desarrollo espiritual y a los que influyen negativamente en un proceso de vibración semejante y atracción mútuas.

Este estado reagrupa a los Espíritus en los mundos que existen en los más elevados planos de existencia ; por supuesto, que no hablo de mundos físicos, sino pertenecientes a una dimensión espiritual de frecuencia mucho más alta de la que tenemos naturalmente los humanos en la Tierra.

En este estado existen Seres de Luz que sintonizan con la vibración propia de esos elevados mundos, lo cual les permite permanecer existiendo en ellos. Estos Seres viven y se relacionan entre sí , pudiendo relacionarse también con los de otros planos inferiores a los que ayudan en su ascenso evolutivo. Es una relación que hacen posible porque se les permite la reducción a voluntad de sus propias vibraciones, hasta ponerlas a nivel de los seres y mundos inferiores a quienes desean ayudar o manifestarse. Esta actividad les supone una constante colaboración con la Obra de Dios cual es la Gran Obra de la Creación y su Evolución , lo que les tiene inmersos en una constante actividad que les proporciona un inimaginable estado de dicha. En esos planos y mundos astrales es imposible imaginar en toda su realidad, para el Ser humano en este mundo, cómo es este estado de permanente gozo ; esto les supone como un premio que lograron por los méritos propios de su esfuerzo en conquistar unos valores que les permitieron sintonizar y permanecer en esa elevada frecuencia.

Este estado de felicidad no tiene nada que ver con un estado de anonadamiento o indolencia, como podría parecer por la idea del “Nirvana” budista; por el contrario se debe comprender como un estado de actividad contínua y una ausencia de las ataduras por las deudas contraídas con la Ley de Causa y Efecto, que nos sujetan a los demás Seres que aún estamos en los planos físicos, y por supuesto , tampoco tiene nada que ver con un estado de eterna contemplación estática y ociosa de Dios y es admitida por el Cristianismo a modo equivalente al “Nirvana”.

Tal vez esto cueste comprenderlo a nuestras mentes racionales, pero a través de la meditación, podemos llegar a sentir que esta dicha viene dada por la propia conciencia expandida, y el Ser se siente implicado en una constante actividad, colaborando en la gran Obra Divina de la Creación infinita de los mundos y seres, formando parte activa e integrada en una infinita escala de Amor y Solidaridad que enlaza y relaciona los mundos y a los Seres que los habitan.

El grado de felicidad alcanzado por los Seres cuando llegan a conquistar ese Plano, es proporcional a su grado de elevación y de pureza, que conlleva el profundo conocimiento de muchas cosas. Asimismo carecen de cualquier clase de sentimiento negativo, de necesidad ni de deseo físico , ni tampoco de las pasiones o frustraciones que hacen infelices a los Seres humanos.

El Amor que les une es el motivo de su enorme felicidad, y sobre todo son felices por el bien que hacen, en sintonía con El Creador.

     Si esa felicidad no la pudiesen compartir con otros, no sería auténtica o total felicidad sino solamente un gozo egoísta y limitado. Por eso la felicidad en esos niveles espirituales viene dada por la comunión de pensamientos y sentimientos que unen a los Seres afines entre sí.

- José Luis Martín -


No Juan, no hay tal lugar. El cielo no es un lugar, ni un tiempo.El cielo consiste en ser perfectos”
                             -“Juan Salvador Gaviota”-Richard Bach-