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sábado, 16 de agosto de 2014

Los desertores del Espiritismo


LOS DESERTORES DEL ESPIRITISMO


Si todas las grandes ideas, han tenido sus apóstoles fervientes y denodados, también las mejores han tenido sus desertores.
El Espiritismo no podía librarse de las consecuencias de la humana flaqueza; ha tenido lo suyos, y no serían inútiles algunas consideraciones sobre el particular.
Muchos se equivocaron, al principio, acerca de la naturaleza y objeto del Espiritismo y no entrevieron su trascendencia. Desde luego excitó la curiosidad y muchos no distinguieron en las manifestaciones más que un asunto de distracción.
Se divirtieron con los Espíritus, tanto como estos quisieron divertirlos. Las manifestaciones eran un pasatiempo y con frecuencia un accesorio de tertulia.
Este modo de pensar, al principio, la cosa, era una táctica diestra de los Espíritus. Bajo la forma de diversión, la idea penetró en todas partes y plantó gérmenes sin sublevar las conciencias timoratas. Se jugó con el niño, pero el niño debía hacerse hombre.
Cuando a los Espíritus bromistas los sucedieron los graves y moralizadores; cuando el Espiritismo se elevó a ciencia, a filosofía, las gentes superficiales no lo encontraron recreativo, y para los que, ante todo, aprecian la vida material, era un censor inoportuno y molesto, que a más de uno arrinconó.
No hay que echar a menos semejantes desertores, pues las personas frívolas son pobres auxiliares.
Esta primera fase está, sin embargo, muy lejos de ser tiempo perdido. A favor de semejante disfraz, la idea se ha popularizado cien veces más que si hubiese revestido, desde su origen, una forma severa. Pero de esos centros ligeros e indolentes, salieron pensadores graves.
Estos fenómenos, puestos en moda por el atractivo de la curiosidad, convertidos en una especie de manía, excitaron la codicia de ciertas gentes atraídas por la novedad y por la esperanza de hallar en ellos una nueva puerta abierta.
Las manifestaciones parecían un asunto maravilloso,  susceptible de explotación, y más de uno pensó hacer de ellas un auxiliar de su industria, y otros las consideraron como una variante del arte de la adivinación, un medio quizás más seguro que la cartomancia, la quiromancia, etc., etc., para conocer el porvenir y descubrir las cosas ocultas, pues, según la opinión de aquella poca, los Espíritus debían saberlo todo.
Desde el momento en que tales gentes vieron que la especulación resbalaba entre sus manos y se convertía en engaño. Que los Espíritus no venían a ayudarles a hacer fortuna, a darles buenos números para la lotería y decirles la verdadera buenaventura, a descubrirles tesoros o proporcionarles herencias, a sugerirles algún buen invento fructífero y de privilegio exclusivo, a suplir su ignorancia y a dispensarles del trabajo intelectual y material, los Espíritus no fueron buenos para nada, y sus manifestaciones no eran mas que ilusiones.
 Tanto como ensalzaron el Espiritismo mientras acariciaron la esperanza de sacar de él algún provecho, así denigraron cuando tuvieron el desengaño. Más de un crítico, lo hubiese levantado hasta las nubes de haberle hecho descubrir un tío americano o ganar en la Bolsa.
Esta es la categoría más numerosa de los desertores, pero se deja ver que seriamente, no pueden calificárseles de espiritistas.
También ha tenido su utilidad esta fase, pues ha demostrando que no debía esperarse del concurso de los Espíritus: se ha hecho conocer el objeto serio del Espiritismo, se ha depurado la doctrina.
Los Espíritus saben que las lecciones de la experiencia, son las más provechosas.
Si desde un principio hubiesen dicho: No pidáis tal o cual cosa, porque no la obtendréis, acaso no se les hubiera creído, y por esta razón no limitaron la libertad de nadie, a fin de que la verdad resultase de la observación.
Los desengaños desanimaron a los explotadores y contribuyeron a disminuir su número, privando al Espiritismo, no de adeptos sinceros, sino de parásitos.
Ciertas gentes, más perspicaces que otras, entrevieron al hombre, en el niño que acababa de nacer y le tuvieron miedo, como Herodes le tuvo miedo al niño Jesús.
No atreviéndose a atacar de frente al Espiritismo, han tenido agentes que lo abrazaron para ahogarlo, que se visten con el disfraz de espiritistas para introducirse en todas partes, atizar diestramente la desavenencia en los grupos, derramar en ellos y por bajo mano el veneno de la calumnia, dejar caer chispas de discordia, impeler a actos que comprometan, intentar el desvío de la doctrina, para ponerla en ridículo o hacerla odiosa, y simular en seguida desengaños.
Otros son mas hábiles aun: predicando la unión, siembran la división; ponen sobre el tapete diestramente cuestiones irritantes y mortificadoras, excitan los celos de preponderancia entre los diferentes grupos, y su delicia sería verlos apedrearse y levantar bandera contra bandera, con motivo de ciertas divergencias de opiniones sobre determinadas cuestiones de forma y de fondo, provocadas las mayoría de las veces.
Todas las doctrinas han tenido sus Judas; el Espiritismo no podía dejar de tenerlos y no le han faltado.
Estos tales, son espiritistas de contrabando, pero han tenido también su utilidad. Han enseñado a que como buenos espiritistas, seamos prudentes, circunspectos, y a que no nos fiemos de las apariencias.
En principio, es preciso desconfiar de los arrebatos calenturientos, que son casi siempre fuegos fatuos o simulacros, entusiasmo de circunstancias, que suplen los actos con la abundancia de palabras.
La verdadera convicción es apacible, reflexiva, motivada; como el verdadero valor, se revela por hechos, es decir, por la firmeza, la perseverancia, y sobre todo, por la abnegación.
El desinterés moral y material es la verdadera piedra de toque de la sinceridad.
La sinceridad tiene un sello sui generis; se refleja por matices más fáciles a veces de comprender, que de definir, se la siente por ese efecto de la transmisión del pensamiento, cuya ley nos revela el Espiritismo, y que la falsedad no consigne nunca simular completamente, dado que no puede cambiar la naturaleza de las corrientes fluídicas que proyecta.
Cree equivocadamente que puede suplirla con una baja y servil adulación, que solo seduce a las almas orgullosas, pero esta misma adulación, se deja conocer de las almas elevadas.
Nunca el hielo podrá simular el calor.
Si pasamos a la categoría de los espiritistas propiamente dichos, también veremos ciertas flaquezas humanas, en las que no triunfa inmediatamente la doctrina. Las más difíciles de vencer son el egoísmo y el orgullo, pasiones originales del hombre.
Entre los adeptos convencidos, no hay deserción en la acepción de la palabra, porque el que desertase por motivo de interés u otro  cualquiera, no habría sido nunca sinceramente espiritista; pero hay desalientos.
El valor y la perseverancia pueden flaquear ante un desengaño, una ambición fracasada, una preeminencia no alcanzada, un amor propio lastimado o una prueba difícil.
Se retrocede ante el sacrificio del bienestar, el temor de comprometer sus intereses materiales y el reparo del que dirán, se siente desazón por un fraude; no se renuncia, pero se desanima; se vive para si y no para los otros; se quiere sacar beneficio de la creencia, pero siempre que no cueste nada.
Ciertamente que los que así proceden, pueden ser creyentes; pero, a no dudarlo, son creyentes egoístas, en quienes la fe no ha encendido el fuego sagrado del desinterés y de la abnegación; su alma se desprende con trabajo de la materia. Forman número nominal, pero no puede contarse con ellos.
Muy distintos son los espiritistas que verdaderamente merecen tal nombre.
Aceptan para sí todas las consecuencias de la doctrina y se les reconoce por los esfuerzos que hacen para mejorarse. Sin descuidar los intereses materiales, son éstos para ellos lo accesorio y no lo principal; la vida terrestre es solo una travesía más o menos penosa; de su empleo útil o inútil depende el porvenir; sus alegrías son mezquinas comparadas con el objeto esplendido que entrevén más allá; no se desazonan por los obstáculos que encuentran por el camino; las vicisitudes, los desengaños, son pruebas ante las cuales no se desalientan, puesto que el descanso es el premio del trabajo, y por estas razones, no se ven entre ellos deserciones y desfallecimientos.
Los Espíritus buenos protegen visiblemente a los que luchan con valor y perseverancia y cuyo desinterés es sincero y sin miras ulteriores; le ayudan a triunfar de los obstáculos y aligeran las pruebas que no pueden evitarles, mientras que se apartan de los que abandonan y sacrifican la causa de la verdad, a su ambición personal.
¿Debemos colocar entre los desertores del Espiritismo a los que se alejan, porque no les satisface nuestra manera de ver las cosas; a los que, encontrando muy lento o muy rápido nuestro método, pretenden alcanzar más pronto y con mejores condiciones el objeto que nos proponemos? Ciertamente que no, si son sus guías la sinceridad y el deseo de propagar la verdad.
Ciertamente que sí, si sus esfuerzos tienden únicamente a hacerse notables y a captarse la atención pública para satisfacer su amor propio y su interés personal…
¡Tenéis distinto modo de ver al de nosotros; no simpatizáis con los principios que admitimos! Nada prueba que andéis más acertados que nosotros. En materia de ciencia, puede diferirse de opinión; buscad a vuestro modo como buscamos nosotros; el porvenir pondrá en claro quién tiene razón y quién está equivocado.
No pretendemos ser los únicos en poseer las condiciones sin las cuales no pueden hacerse estudios serios y útiles; lo que hemos hecho nosotros, ciertamente pueden hacerlo otros. ¡Qué importa que los hombres inteligentes se reúnan con nosotros o sin nosotros! Que se multiplican los centros de estudios, tanto mejor; porque esta es una señal del progreso incontestable, que aplaudimos con todas nuestras fuerzas.
En cuanto a las rivalidades, a las tentativas para suplantarnos, tenemos un recurso infalible para no temerlas. Trabajemos por comprender, por ensanchar nuestra inteligencia y nuestro corazón; luchemos con los otros, pero luchemos por superarnos en caridad y abnegación.
Sea nuestra única divisa el amor al prójimo inscrito en nuestra bandera, y nuestro objeto único inquirir la verdad, venga de donde viniere. Con tales sentimientos arrostraremos las burlas de nuestros adversarios y las tentativas de nuestros competidores.
Si nos equivocamos, no tendremos el necio amor propio de aferrarnos a ideas falsas, pero hay principios respecto de los cuales se tiene certeza de no engañarse nunca, tales son: el amor del bien, la abnegación, la abjuración de todo sentimiento de envidia y de celos.
Estos principios son los nuestros, en ellos veremos el lazo que ha de unir a todo los hombres de bien, cualquiera que sea la divergencia de sus opiniones; el egoísmo y la mala fe son los únicos que entre ellos levantan barreras insuperables.
Pero ¿cuál será la consecuencia de este estado de cosas? Sin duda alguna las maquinaciones de los falsos hermanos podrán producir momentáneamente algunas perturbaciones parciales. Por esto es preciso hacer toda clase de esfuerzos para burlarlos tanto como sea posible, pero necesariamente no tendrán más que una época de existencia y no podrán ser perjudiciales en el porvenir.
Ante todo, porque son una maniobra de oposición que caen por la fuerza de las cosas; y por otra parte, por más que se diga y haga, no podrá quitarse a la doctrina su carácter distintivo; su filosofía racional es lógica y su moral consoladora y regeneradora.
Las bases del Espiritismo están hoy puestas de un modo inquebrantable: los libros escritos sin reticencias y puestos al alcance de todas las inteligencias, serán siempre la expresión clara y exacta de la enseñanza de los Espíritus, y la transmitirán intacta a los que vengan en pos de nosotros.
No se ha de perder de vista que estamos en un momento de transición y que ninguna transición se opera sin conflicto.
No hay, pues, que admirarse de ver cómo se agitan ciertas pasiones, tales como las ambiciones comprometidas, los intereses lastimados, las pretensiones frustradas, pero todo esto se extingue poco a poco, la fiebre se calma, los hombres pasan y las nuevas Ideas subsisten.
Espiritistas, si queréis ser invencibles, sed benévolos y caritativos; el bien es una coraza contra la cual se estrellarán siempre las maquinaciones de la malevolencia...
Vivamos, pues, sin temor: el porvenir es nuestro; dejemos que nuestros enemigos se retuerzan comprimidos por la verdad que les ofusca: toda oposición es impotente contra la evidencia, que triunfa inevitablemente por la fuerza misma de las cosas.
La vulgarización universal del Espiritismo es cuestión de tiempo, y en este siglo, el tiempo avanza a pasos de gigante impulsado por el progreso.

OBSERVACIÓN. - Como complemento de este artículo, publicamos aquí, la siguiente comunicación que nos dio Allan Kardec sobre el mismo asunto, después de haber entrado en el mundo de los Espíritus. Nos ha parecido interesante para nuestros lectores, unir a las elocuentes y viriles páginas que preceden, la actual opinión del organizador por excelencia de nuestra filosofía. París, noviembre de 1869
Cuando existía corporalmente entre vosotros, a menudo decía que debiera hacerse una historia del Espiritismo, puesto que no dejaría de tener interés; aún participo hoy de esta misma opinión, pudiendo servir un día, para realizar mi pensamiento, los diferentes elementos que con este fin había reunido.
Porque, en efecto, estaba en mejor posición que nadie para apreciar el curioso espectáculo provocado por el descubrimiento y vulgarización de una gran verdad.
En otro tiempo presentía, pero hoy sé el maravilloso orden y la inconcebible armonía que presiden a la concentración de todos los documentos, que están destinados a dar origen a la nueva obra.
La benevolencia, la buena voluntad y abnegación absoluta en unos y la mala fe, la hipocresía y las malévolas maniobras de los otros, todo concurre para asegurar la estabilidad del edificio que se levanta.
Entre las manos de las potencias superiores que presiden al progreso, las resistencias inconscientes o simuladas y los ataques que tienen por objeto sembrar el descrédito y el ridículo, se convierten en instrumentos de elaboración.
¡Qué no se ha hecho, que móviles no se han puesto en movimiento para ahogar al niño en la cuna!
El charlatanismo y la superstición, a su vez, han querido ampararse en nuestros principios para explotarlos en su provecho; todos los rayos de la prensa han atronado contra nosotros; se ha entregado a la irrisión las cosas mas respetables; se han atribuido al Espíritu del mal las enseñanzas de los Espíritus, las más dignas de admiración y de veneración universal; y sin embargo, todos esos esfuerzos acumulados, esa coligación de todos los intereses bastardos, no han alcanzado otra cosa que proclamar la impotencia de nuestros adversarios.
 Pero, en medio de esa lucha incesante contra las preocupaciones establecidas y contra los errores acreditados, es como se aprende a conocer a los hombres.
Sabía que al consagrarme a mi obra predilecta, me exponía a las iras de los unos y a la envidia y a los celos de los otros. El camino estaba sembrado de dificultades sin cesar renovadas. No pudiendo alcanzar nada contra la doctrina, se atacaba al hombre, pero por mi parte me sentía fuerte porque había hecho renuncia de mi personalidad. ¿Qué me importan las tentativas de la calumnia, si mi conciencia y la grandeza del objeto me hacían olvidar voluntariamente las espinas y abrojos del camino?
Los testimonios de simpatía y de estimación que he recibido de aquellos que supieron apreciarme, han sido la más dulce recompensa que jamás haya ambicionado, pero ¡OH!, ¡cuantas veces hubiese sucumbido bajo el peso de mi tarea, si el afecto y el reconocimiento de la mayoría no me hubiesen hecho olvidar la ingratitud y la injusticia de algunos! Porque si los ataques dirigidos contra, mí siempre me han encontrado insensible, debo confesar que me afectaba penosamente, cada vez que encontraba falsos amigos, entre aquellos de quienes más esperaba.
Si es justo vituperar a aquellos que intentan explotar el Espiritismo o desnaturalizarlo en sus escritos sin haber hecho de él un estudio previo, ¡cuán culpables no son aquellos que después de haberse asimilado todos sus principios, no contentos de retirarse pacíficamente, se han vuelto contra él, con todas sus fuerzas!
Sobre tales desertores especialmente es necesario reclamar la misericordia divina, porque voluntariamente han extinguido la luz que les iluminaba, con cuyo auxilio podían iluminar a los otros.
Pero no tardan en verse privados de la asistencia de los buenos Espíritus y la experiencia nos ha demostrado que bien pronto caen de un paso al otro, en las más criticas situaciones.
Desde mi regreso al mundo de los Espíritus he vuelto a ver algunos de estos desgraciados; ahora se arrepienten; sienten su inacción y su mala voluntad, pero no pueden reparar tan pronto como desearan el tiempo perdido; volverán, sí, luego a la tierra con la firme resolución de concurrir activamente al progreso, pero aún lucharán con sus antiguas tendencias, hasta que definitivamente hayan triunfado sobre ellas.
¿Puede creerse que los espiritistas de hoy, ilustrados por estos ejemplos, evitarán caer en los mismos errores? Durante mucho tiempo aún, habrá falsos hermanos y amigos mal intencionados, pero del mismo modo que nada pudieron los primeros, tampoco lograrán estos, desviar de su camino al Espiritismo.
Si acaso producen algunas perturbaciones momentáneas y puramente locales, no por esto peligrará la doctrina; antes al contrario, bien pronto los espiritistas desviados reconocerán su error y vendrán a concurrir con nuevo ardor a la obra de la cual se habían separado un instante, y obrando de concierto con los Espíritus superiores que dirigen las transformaciones humanitarias, avanzarán con paso rápido hacia los felices tiempos prometidos a la humanidad regenerada. 
– ALLAN KARDEC.
 Adaptación: Oswaldo E. Porras D.

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Naturaleza de las comunicaciones 

Comunicaciones groseras, frívolas, formales o instructivas.

133. Hemos dicho que todo efecto que revela en su causa un acto de libre voluntad, por insignificante que sea este acto, acusa por esto mismo una causa inteligente. De este modo, un simple movimiento de una mesa que responde a nuestro pensamiento, o presenta un carácter intencional, puede considerarse como una manifestación inteligente. Si el resultado se limitara a esto solo, tendría para nosotros un interés muy secundario; sin embargo, algo sería ya el habernos dado una prueba de que hay en estos fenómenos otra cosa más que una acción puramente material; pero la utilidad práctica que sacaríamos de eso sería para nosotros nula, o al menos muy restringida; otra cosa sucede cuando esta inteligencia adquiere un desarrollo que permite un cambio regular y seguido de pensamientos; entonces ya no son simples manifestaciones inteligentes, sino verdaderas comunicaciones. Los medios de que disponemos hoy día permiten el obtenerlas tan extensas, tan explícitas y tan rápidas como las que nos comunicamos con los hombres. Si nos penetramos bien, según la Escala Espírita (El Libro de los Espíritus, núm. 100), de la variedad infinita que existe entre los Espíritus, bajo el doble aspecto de la inteligencia y de la moralidad, se concebirá fácilmente la diferencia que debe haber en sus comunicaciones; en las que debe reflejarse la elevación o la bajeza de sus ideas, su saber y su ignorancia, sus vicios y sus virtudes; en una palabra no deben parecerse las unas a las otras, ni más ni menos que las de los hombres, desde el salvaje al europeo más ilustrado. Todos los matices que presentan pueden agruparse en cuatro categorías principales; según sus caracteres más marcados, son, pues, groseras, frívolas, formales e instructivas.

134. Las comunicaciones groseras son aquellas que se traducen por expresiones que hieren la decencia. No pueden emanar sino de Espíritus de baja clase, manchados todavía con todas las impurezas de la materia, y no difieren en nada de las que podían dar los hombres viciosos y groseros. Repugnan a toda persona que tiene la menor delicadeza de sentimientos; porque son, según el carácter de los Espíritus: triviales, deshonestas, obscenas, insolentes, vanidosas, malévolas y aun impías.

135. Las comunicaciones frívolas emanan de los Espíritus ligeros, burlones y traviesos, más maliciosos que malvados, y no dan ninguna importancia a lo que dicen. Como no tienen nada de indecentes, gustan a ciertas personas que se divierten con ellas y encuentran placer en estos entretenimientos fútiles en que se habla mucho para no decir nada. Estos Espíritus dicen de vez en cuando agudezas espirituales y satíricas, y en medio de sus chistes vulgares dicen algunas veces duras verdades que tocan casi siempre en el blanco. Estos Espíritus ligeros pululan alrededor de nosotros y aprovechan todas las ocasiones para mezclarse en las comunicaciones; la verdad es el menor de sus cuidados; por eso tienen el pernicioso placer de mixtificar a aquellos que tienen la debilidad y algunas veces la presunción de creerlos bajo su palabra. Las personas que se complacen con esta clase de comunicaciones dan, naturalmente, acceso a los Espíritus ligeros y mentirosos; los Espíritus formales se alejan de ellos como sucede entre nosotros, que los hombres formales se alejan de las reuniones de los atolondrados.

136. Las comunicaciones formales son graves en cuanto al objeto y a la manera como se hacen. Toda comunicación que excluye la frivolidad y la grosería, y que tiene un fin útil, aunque fuese de interés privado, es por lo mismo formal; pero no por esto está siempre exenta de errores. Los Espíritus formales no todos tienen igual ilustración. Hay muchas cosas que ellos ignoran y sobre las cuales pueden engañarse de buena fe; por eso los Espíritus verdaderamente superiores nos aconsejan sin cesar, que sometamos todas las comunicaciones al examen de la razón y de la más severa lógica. El preciso, pues, distinguir las comunicaciones verdaderamente formales de las falsas formales, y esto no es siempre fácil, porque es a favor de la misma gravedad del lenguaje, ciertos Espíritus presuntuosos o falsos sabios procuran hacer prevalecer las ideas más falsas y los sistemas más absurdos; y para hacerse más verídicos y darse más importancia no tienen escrúpulo en adornarse con los nombres más respetables y más venerados. Ese es uno de los grandes escollos de la ciencia práctica; volveremos a tratar de ello más adelante, con toda la extensión que necesita un objeto tan importante, al mismo tiempo que daremos a conocer los medios de precaverse contra el peligro de las falsas comunicaciones.

137. Las comunicaciones instructivas son las comunicaciones formales que tienen por principal objeto alguna enseñanza dada por los Espíritus sobre las ciencias, la moral, la filosofía, etc. Son más o menos profundas, según el grado de elevación o de desmaterialización del Espíritu. Para sacar de estas comunicaciones un fruto real, es preciso que se regularicen y se continúen con perseverancia. Los Espíritus formales se interesan por aquellos que quieren instruirse y los secundan, mientras que dejan a los Espíritus ligeros el cuidado de divertir a los que sólo ven en estas manifestaciones una distracción pasajera. Por la regularidad y la frecuencia de estas comunicaciones es como se puede apreciar el valor moral e intelectual de los Espíritus con los cuales uno se comunica, y el grado de confianza que merecen. Si la experiencia es necesaria para juzgar a los hombres, mayor se necesita para juzgar a los Espíritus. Dando a estas comunicaciones la calificación de instructivas, nosotros las suponemos verdaderas, porque lo que no fuese verdadero no podría ser instructivo, aunque se dijera con el lenguaje más imponente. No podríamos, pues, colocar en esta categoría ciertas enseñanzas, que no tienen de formal sino la forma, a menudo pomposa y enfática, con ayuda de la cual los Espíritus más presuntuosos que sabios, que las dictan, pretenden hacer ilusión; pero estos Espíritus, no pudiendo suplir el fondo que no tienen, no podrían sostener mucho tiempo su papel; pronto descubren su flanco débil, por poco que continúen sus comunicaciones o se sepa acosarlos hasta sus últimos atrincheramientos.

138. Los medios de comunicación son muy variados. Los Espíritus obran sobre nuestros órganos y sobre todos nuestros sentidos; pueden manifestarse a la vista en las apariciones, al tacto por impresiones tangibles, ocultas o visibles, al oído por ruidos, al olfato por olores sin causa conocida. Este último modo de manifestarse, aunque muy real, es sin contradicción el más incierto por las numerosas causas que pueden inducir en error, por lo que no nos ocuparemos de ello. Lo que debemos examinar con cuidado son los diversos medios de obtener comunicaciones, es decir, un cambio regular y continuado de pensamientos. Estos medios son: los golpes, la palabra y la escritura. Los desarrollaremos en capítulos especiales.

Allan Kardec

Extraído del libro "El libro de los médiums"

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CONVERGENCIA DE HECHOS


Hay doce puntos fundamentales respecto a los cuales se encuentran de acuerdo todos los espíritus que han transmitido mensajes.
En base a los rasgos comunes de esos mensajes, se puede establecer el siguiente cuadro:

1)              Los espíritus afirman que el mundo espiritual, todos se encontraron en forma humana.
2)              En el interín de un tiempo que puede ser más o menos largo, ignoran que están muertos.
3)              Dicen que poco después del transcurso de la crisis preagónica, pasaron por la reminiscencia sintetizada y panorámica de los acontecimientos de su existencia.
4)              Confirman haber sido recibidos en el mundo espiritual, por los espíritus de sus familiares y amigos fallecidos.
5)              Casi todos afirman haber pasado por una fase más o menos larga de sueño reparador.
6)              Casi todos dicen haberse encontrado dentro de un ambiente espiritual radiante y maravilloso; aquellos casos de fallecidos, moralmente normales; y en un ambiente tenebroso; aquellos moralmente depravados
7)              Informan haber encontrado, que el ambiente espiritual, es un mundo objetivo, sustancial, real y análogo al medio ambiente terrestre, pero espiritualizado.
8)              Supieron que esto se debía al hecho, que, el mundo espiritual, el pensamiento constituye una fuerza creadora, capaz de reproducir a su alrededor, el ambiente de sus recuerdos.
9)              No tardaron en comprender que la trasmisión del pensamiento constituye el lenguaje espiritual, a pesar de que los espíritus recién llegados, se hacen ilusiones y creen comunicarse por medio de la palabra.
10)           Han observado, que gracias a la facultad de visión espiritual, eran capaces de percibir los objetos por dentro y a través de ellos.
11)           Han constatado, que los espíritus pueden transportarse instantáneamente de un lugar a otro, aunque sean muy distantes, gracias a un acto de voluntad, y pueden pasearse por el medio espiritual, o sobrevolar a cualquier distancia del cielo.
12)           Igualmente, dicen saber que los espíritus de los fallecidos, gravitan, fatal y automáticamente, hacia la esfera que les conviene, gracias a la “ley de afinidad”.

 Ernesto Bozzano
Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta

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jueves, 14 de agosto de 2014

La Moral en la Doctrina Espírita

LA MORAL EN LA DOCTRINA ESPIRITA

La moral es muy importante en la vida de los hombres, Jesús, como Krishna y como otros espíritus luminosos que supieron ordenar al hombre sin imponerle claudicaciones, no fundaron ninguna religión positiva; enseñaron, sí, una moral sublime, idéntica para todos los hombres, sin sujeción a tiempos, lugares ni circunstancias, sin casuística ni acomodos, moral que lo mismo sirve para realizar el ideal de felicidad humana en este mundo, que para guiar al espíritu en la senda de su progreso indefinido. Esta moral es esencialmente idéntica a la que se desprende de la filosofía espiritista, pero esta última tiene el valor de su fundamento científico, de sustituir el parabolismo de aquélla con una forma racional de explicación y dar también al hombre su razón de ser moral.
El Espiritismo viene hoy a levantar la moral caída, a darle una base científica, a demostrar que lo que ayer fue intuición filosófica, es hoy verdad positiva; viene a  probar con hechos que los principios morales entran grados de desarrollo, que son propios del espíritu, no del organismo ni de la materia, que la moralidad se manifiesta en cada uno según el grado de evolución alcanzado; viene a demostrar que el hombre es un espíritu encarnado, sujeto a continua evolución, que ha vivido en anteriores existencias en estados biológicos interiores y que una vez abandonado su cuerpo material, continúa evolucionando progresivamente, subiendo de tramo en tramo la escala infinita de su progreso, en este o en otros mundos más en armonía con su desarrollo espiritual, que la mayor capacidad moral e intelectual depende del esfuerzo propio de cada ser, de la actividad que despliegue para alcanzarla, que la adquisición de esta capacidad, siempre creciente en su infinito desarrollo, consiste en el ejercicio de todas sus facultades y aptitudes, inspiradas en el bien y puestas al servicio de sus semejantes y, en lo posible, de los demás seres que le rodean; viene a establecer la fraternidad universal sobre las mismas leyes de la evolución, demostrando que la solidaridad no es una palabra vacía, por cuanto no puede existir progreso moral individual, sin progreso colectivo, ni éste sin aquél y que, por consiguiente, cuanto más bien hacemos a los demás, más bien nos hacemos a nosotros mismos; viene a dar al ser una sanción justa y ecuánime, natural y divina, que está en las leyes de su propia evolución, en el principio de causalidad, que nos enseña que toda causa produce un efecto proporcional, que toda acción tiene en sí misma las consecuencias de su bondad o de su maldad, sanción, a la cual no escapan las intenciones ni las circunstancias; viene, en fin, a reafirmar la creencia en un Ser supremo, principio inteligente, creador eterno, manantial de sabiduría, de amor, de justicia, de bondad y de belleza, de donde emanamos y adonde vivimos, sin percatarnos de nuestra pequeñez y al mismo tiempo de nuestra grandeza.
De este conocimiento que se desprende del Espiritismo científico, de las manifestaciones mismas de los seres que han vivido en la tierra y superviven a la muerte con la visión de sus existencias pasadas, de sus mensajes mismos, se desprende la moral espírita, moral sublime que, como hemos dicho, abraza todo lo que hay de bueno y de justo en las demás filosofías y religiones, verdadera ciencia deductiva que descansa en principios inalterables y universales.
La moral espírita enseña a practicar el bien sin interés de recompensas, premios ni castigos, a no ser bueno por temor ni por cálculo, sino porque el bien es la ley suprema de nuestra vida, aumenta nuestra riqueza espiritual, nos eleva y nos engrandece; a proceder con justicia en todos los actos de nuestra vida. Ante el dilema si hemos de ser buenos, justos y veraces, cuando la bondad, la justicia y la verdad nos perjudican, o si hemos de ser todo lo contrario cuando la maldad, la injusticia y la mentira nos benefician, la moral espírita se inclina decididamente por lo primero.
Nos enseña también a practicar la caridad con altruismo, con amor y con delicadeza, demostrándonos que lo que hacemos en bien de los demás es en nuestro bien propio, y que, al obrar así, no hacemos más que cumplir con un deber de solidaridad; a proteger al débil y amparar al desgraciado, cualquiera que sea su debilidad y su desgracia; a levantar al caído, a instruir al ignorante, a ver en cada delincuente un hermano, que hay que redimir con amor, y en cada delito, un enemigo que hay que combatir sin piedad; a no juzgar ni castigar, ni a dar derecho ni atribuciones a nadie para que juzgue ni castigue, considerando que todos somos pecadores y delincuentes en más o menos grado, que los pecados y delitos son propios de nuestra imperfección y de muestro atraso y que, para atenuarlos, hay que instruir, educar y suprimir en lo posible las causas que los producen; a obrar bien con entereza y con rectitud, sin temor a la crítica mundana; a gozar de todos los placeres de la vida, con honestidad y moderación, prefiriendo siempre los placeres  espirituales y, en fin, a trabajar y vivir del producto de nuestro propio trabajo, considerando éste no como un fin sino como un medio para el ejercicio y desarrollo de todas nuestras facultades espirituales y para domar nuestro espíritu de sus rudezas y sus bajas pasiones.
La moral espírita es evolucionista, en el sentido de que se irá imponiendo paulatinamente  a medida de la comprensión y del progreso moral de los individuos y los pueblos, pero en su esencia y en sus principios es absoluta, no admite términos medios, y en sus mandatos es radical e imperativa; no dice al hombre: haz el bien con arreglo a tal o cual circunstancia; sé justo con relación a tal o cual época o lugar; di la verdad, pero que ella no lastime a tales o cuales mentiras, a tales o cuales injusticias, a tales o cuales convencionalismos o intereses. Por el contrario, afirma categóricamente: sé bueno, sé justo, sé veraz, aunque el mundo y sus prejuicios se resientan por tu bondad, por tu justicia, por tu verdad.
La moral espírita es, pues, una moral de principios; no es una moral de circunstancias que, como la establecida por la ley civil y por las costumbres sociales, se adapta al medio y a la estructura económica y política de la sociedad; no es una moral que beneficia los intereses de unos en detrimento de los intereses de los demás; por el contrario, tiende a mancomunar los intereses particulares en un solo interés general, haciendo que todos los hombres sean solidarios en la producción y en el goce de la riqueza social, de acuerdo con sus fuerzas, sus aptitudes y con sus necesidades; no tiene clases, no admite prerrogativas ni categorías sociales su sanción, a todos los alcanza por igual según sean sus acciones, el grado de comprensión, el mérito o demérito de cada uno; y ante el Juez Supremo, que falla en la conciencia y en las leyes de la misma evolución, no caben títulos ni riquezas, ni castas, ni absurdos privilegios sociales.
Enseña la humildad (en el límite de la suavidad y de la modestia), sin humillación ni rebajamiento, aconseja la tolerancia, pero sin descender al consentimiento del mal, ni convivir con él. El juicio crítico que tiende a su mayor grado de perfeccionamiento del individuo y de la sociedad, es una facultad que debe emplearse contra el crimen y la injusticia; consentir éstos, convivir con ellos, no es una virtud, sino más bien una cobardía, que puede ocasionar mayores males que los que tolera.
La nueva moral que desprende del Espiritismo científico viene, pues, a transformar por completo la sociedad, y a su influencia se deberá la desaparición de muchos crímenes, de muchas injusticias, de muchas mentiras e inmoralidades que se tienen hoy por muy morales y muy sagradas; y, en cambio, se afianzarán muchas verdades, muchas virtudes, muchas aspiraciones justas que la moral hipócrita de nuestra sociedad desecha como cosas moralmente malas.
Esta doctrina redentora, lejos de ser rígida disciplina, impuesta arbitrariamente a la conciencia, es un código de amor, de paz, de esperanzas, de consuelos, de promesas y de infinitas satisfacciones espirituales. El que esto escribe, ha sentido en su alma el bálsamo consolador de esta doctrina en sus momentos de desvaríos, cuando las recrudescencias de la vida laceraban sin piedad su corazón. Al borde de más de un abismo ha encontrado en esta moral sublime el apoyo para no caer; y reconfortado su espíritu por la visión de un superior destino, volvió los ojos a la luz con la alegría de vivir, huyendo de las negruras abismales donde la amargura, el despecho o la pasión lo hacían zozobrar. Y este milagro, que se habrá producido en la conciencia de muchos espiritistas sólo puede hacerlo la convicción profunda que nos da el Espiritismo.

Extraído por Merche del libro Origen de las Ideas Morales – Manuel S. Porteiro

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   EL ORIGEN DE CALAMIDADES Y DE GUERRAS


Queridos amigos, mirando al exterior, y gracias a las noticias y los medios de comunicación, con gran pesar vemos que las guerras continúan, que diariamente el hombre ataca contra el hombre, y la muerte no representa para la actualidad, ninguna sorpresa.
Esto sucede  porque a veces los hombres, olvidando las leyes divinas y la finalidad de la vida, resbalan por la pendiente del sensualismo y se hunden en la materia. Entonces, todo lo que constituía la belleza de su alma queda velado y desaparece, dando lugar al egoísmo, la corrupción y el desarreglo en todas sus formas.
Las bajas pasiones emanan fluidos que poco a poco van acumulándose y terminan por resolverse en catástrofes y calamidades: de ahí las guerras.
No faltan advertencias y consejos. Pero los seres humanos hacen oídos sordos a las voces del Cielo. Dios nos deja hacer, pues sabe que el dolor es el único medio eficaz para reconducir a los hombres a miras más sanas y sentimientos más generosos.
Desde el punto de vista material, Dios puede impedir que se desencadene una guerra. Pero, desde el punto de vista moral, no puede hacerlo, puesto que una de sus leyes suprema exige que todos – tanto los individuos como las colectividades – suframos las consecuencias de nuestros actos. La conciencia pública, el sentimiento del deber, la disciplina familiar son los atributos necesarios para que los pueblos sean grandes y no se debiliten con procesos de profunda corrupción.
Muchos jóvenes son invitados  a empuñar las armas, y donde no había maldad, ni crueldad, la guerra y sus secuaces hacen de estos jóvenes crueles sanguinarios, sin  corazón  ni vista para observar, como el
mundo de los que perecen les sigue, acusándoles. Tras de un soldado, suele haber una familia, una esposa, unos hijos, hermanos , padres que lloran desconsolados, y lo que es peor, la mayoría de las guerras son realizadas, por espíritus fanáticos, que no ven nada más que su razón, y no reparan en mal que hacen, solo por satisfacer ideas, que los demás no comparten, para ello se valen de espíritus guerreros, hombres que empuñan las armas con gran pasión, son locos dominados por sus delirios, tan locos que nada ven más allá que el conseguir su victoria, su dominio, caiga quien caiga.
En el Universo hay una Justicia que se pone en acción para dar fuerzas y asistir a la humanidad enferma y descontrolada.
No basta tener a cada instante el nombre de Dios en los labios, es mucho mejor para el hombre el guardar sus leyes inmutables en su corazón.
Las mentiras y la perfidia, la violación de los tratados y el incendio de las ciudades, la masacre de los débiles y de los inocentes no pueden encontrar justificación ante la Divina Majestad.
Todo mal cometido se vuelve, con sus efectos,  contra la causa que lo produjo. Así, la violación del derecho de los débiles se vuelve también contra los poderes que lo ultrajan.
Muchos desesperados, que empuñaron las armas con pasión, suelen presentarse en las sesiones mediúmnicas, se quejan del hedor a sangre, de la atmosfera viscosa en la que permanecen como  pegados, sin poder desprenderse de las imágenes que se repiten una y otra vez, empuñando el arma, causando la muerte del que según las ideas políticas y el régimen son sus adversarios, nadie tiene nada contra nadie, solo las ideas políticas que abrazan y por eso se convirtieron en criminales y asesinos.
Cuando despertaremos los hombres, cuando nos daremos cuenta que no hay guerra justificada, nada más que la que el hombre emprende consigo mismo, para vencer la imperfección, para eliminar el mal de su vida y sembrar el bien, para que fructifique y pueda así volar a las alturas. Esa es la guerra  que debemos todos emprender tomando para ello, las armas de la fuerza de voluntad, de la persistencia en el sacrificio en pos de nuestro prójimo, empuñando para ello la mejor arma, la que nunca nos permitirá ser vencidos, la del amor, el amor en todas las cosas, elimina las bajas pasiones, se apiada de todo, lo penetra todo.
La lección que se desprende de las guerras consiste en que el hombre debe aprender a elevar sus pensamientos por sobre los tristes espectáculos de este mundo y dirigir sus miradas hacia ese Más Allá de donde le vendrán los socorros, las fuerzas necesarias para emprender una nueva etapa hacia el grandioso objetivo que se le ha asignado.
En la historia del mundo las calamidades son muchas veces signos precursores de nuevos tiempos, el anunciado de que se está preparando una transformación y la humanidad va  a experimentar profundos cambios.
Todos los espiritas tenemos el deber de difundir la luz de las eternas verdades y el bálsamo de las consolaciones celestiales, tan necesarias en las horas de pruebas que atravesamos.
Es menester asistir a la humanidad dolorida y ofrecerle las perspectivas reconfortantes de lo invisible, del Más Allá, demostrándoles la certidumbre de la supervivencia del alma, el júbilo del reencuentro para aquellos a quienes la muerte separo.
Sigamos  esparciendo las semillas, el consuelo es necesario para las almas afligidas, y nadie se va para siempre todos volveremos al escenario de la Tierra para conquistar a nuestro adversario que está dentro de nosotros mismos, corrijamos la imperfección y nada nos afectará.

- Merche -

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TIEMPO, MENTE Y ACCIÓN

Al principio… La Tierra  estaba vacía y había tinieblas sobre la faz del abismo. (Génesis, 1:1 -2)… Y Dios inició  Su Obra,  que conocemos…
Por más que la inteligencia humana retroceda en la búsqueda de ese principio, el primer momento  desaparece en el  tiempo y en el espacio,  sin que cualquier concepción pueda presentar  un límite, perdiéndose, en el infinito, que dimensiona a la humana ignorancia  a respecto de la Causalidad Absoluta.
¿Desde que,  al principio,  se torna el punto de partida para el tiempo, que habría antes, si es que había? De la misma forma, asoman, a lamente, las  propuestas evangélicas, cuando se refieren hasta el fin de los tiempos (1Pedro: 1-20) ocasionando margen a nuevas investigaciones a respecto delo que ocurrirá después, si ocurre…
Aun mismo que la inteligencia se profundice al máximo, a través del conocimiento, en la descodificación de la incógnita del tiempo, más complejos se tornan los fenómenos  que a través de el se manifiestan y pueden ser observados.
De esta forma, la única dimensión descomprometida  para elucidarla  es  la  tacita aceptación de la Eternidad, cubriendo lo ilimitado y lo relativo, el antes no existido y el después  que no existirá.
El tiempo, no en tanto, solamente se torna realidad por causa de la mente, que se presenta como el sujeto, el observador, el  Yo que se detiene a considerar el objeto, el observado, el fenómeno.
Ese tiempo indimensional  es el real, el verdadero, existen en todas las épocas aun mismos antes del principio y después del fin.
Aquel que determina las ocurrencias, que mide, estableciendo metas y dimensiones, es el relativo, el ilusorio, que define bases  y periodos denominados entonces, hoy es  mañana, a través de los cuales la vida se expresa en los círculos terrenos  y en la visión lógica -  humana- del Universo.
La mente relaciona manifestaciones que surgen, en el Sistema Solar, en los movimientos de traslación y de rotación de la Tierra, limitando los espacios que pasan por el cribo de las convenciones  establecidas y tornadas realidades, siempre sin embargo, aparentes, porque en carácter relativo  y no en acontecimiento  - el fenómeno es absoluto.
No obstante, aun mismo en el carril establecido,  La variación demuestra que solamente  lo real existe, siendo lo conceptual una creación-limite necesaria para la mente de cada individuo.
Ese  organograma de fases se torna una necesidad para el proceso sansarico, la  infinita  rueda de las encarnaciones.  Cara al impositivo de la conciencia que establece las marcas temporales, el concepto de hoy asume la condición  de lo que se piensa, de lo que se hace y de lo que se aspira.
Es resultado inevitable  de lo ya realizado – pasado – promoviendo la construcción de lo que se realiza-  el futuro.
Si, por ejemplo, alguien, en un grupo, observa  cualquier situación, esta pasa a tener existencia conforme el grado de emoción del envuelto, de su discernimiento intelectual, su capacidad de identificación con el hecho, su óptica existencial. Cada uno, por tanto, de aquellos que asistieron al acontecimiento, experimenta   una vivencia que difiere, las más de las veces, diametralmente con lo que el otro capto.
Ese fenómeno es observable en los testimonios presentados por personas que estuvieron presentes y acompañaron el resultado de cualquier delito o irregularidad. Aun mismo que sean honestas,  sus enfoques provocan perturbación en los jurados, que quedan imposibilitados de discernir lo real de lo imaginario, exigiendo la habilidad de los abogados, quiera de la defensa, quiera de la acusación – los fiscales especialmente -  para que sea establecida la verdad,  siempre relativa  y raramente legitima en torno a lo acontecido.
Aquel ahora del hecho,  luego después se archivo en memoria del pasado, que será re sumado al futuro, cuando un nuevo presente se imponga como condición de justicia para la regularización penal necesaria.
La mente, por tanto, que piensa, establece que el acto que se fija  es el presente, no en tanto, en la celeridad del tiempo en si mismo – sin movimiento, sin prisa ni despacio – a la medida que elabora  o conceptúa cada percepción establecida se torna pasado, mientras desenvuelve la reflexión progresa en el futuro.
Viajar  en el permanente ahora, integrándose en las experiencias que fluyen de las acciones – pensamientos condensados en actitudes – enriquece el ser humano con la sabiduría, avanzando rumbo a la perfección.
¿Tendrá  límite esa conducta? Ciertamente que no, por cuanto, si lo hubiese, delinearía la borda de una espiral cada vez más amplia en un nuevo  ciclo del proceso de la evolución.
El tiempo terrestre, limitado, para facultar el entendimiento del campo de su infinitud, solamente podrá ser experimentado  a través de la oración y de la meditación. La primera, auxilia  a romperse el círculo de los pensamientos, en los cuales la mente se mueve, concediendo el éxtasis, la anulación del tiempo y el desaparecimiento del espacio, propiciando otra dimensión emocional. La segunda, faculta la ruptura  de la barrera que dimensiona  y encarcela, en cuyo bulto una experiencia sucede a otra,  fuera del tiempo terrestre, el Espíritu – no más el yo superficial – vuelve a su mundo de origen y participa de la vida en su plenitud, sin la prisión de las sensaciones, ni los tormentos de la emoción lineal.
Esa penetración profunda en las esferas del tiempo real es consecuencia de la conquista vertical de la experiencia que se transformará en acción, en vez de la horizontal de los actos que se suceden indefinidamente…
Ese  tiempo real es el océano infinito donde el Universo, en fases y periodos, repite sus manifestaciones cósmicas. Cíclicamente, los fenómenos resurgen  y se inmortalizan en el triunfo del Espíritu que fue creado simple e  ignorante, mediante el esfuerzo y el trabajo edificante, iluminándose con sabiduría.
Es definida la necesidad de la reencarnación, a través de cuya rueda de sansara, emerge de las fuerzas pesadas  y se halla en dulces vibraciones de luz rumbo  al infinito. Mientras persevera en las amarras del pasado, que se transforman en   cadenas de sufrimientos y de angustias en el presente, necesita  deslindarse caminando para el futuro. Todos esos tiempos, sin embargo, se encuentran en un solo periodo de tiempo denominado hoy, que constituye la oportunidad incomparable de salir de las repeticiones de los comportamientos afligentes.
Condenado a la plenitud, el espíritu  se alza al infinito, etapa a etapa, mediante las conquistas de amor y de sacrificio que el dominaron a lo largo de las vivencias de sublimación.
Ese empeño libertador lo auxilia  en la búsqueda  de Nirvana, del Reino de los Cielos, de la Espiritualidad Superior, donde el tiempo y el espacio se encuentran en el infinito de la realidad hasta ahora desconocida. Solamente a través de ese proceso es que se desenvolverá Cristo Interno, la Divina Chispa, la Simiente Sublime, El Dios interior, que predomina en germen en el cerne de todos los seres humanos.
La mente, inquieta e insegura, generando conflictos por tendencia tormentosa, herencia atávica de los periodos de transición por los cuales paso, engendra astutos- intensivos-mecanismos de fuga de la realidad –del tiempo legitimo – para la fantasía, la ilusión, el miedo, la incerteza que brota en la sucesión de la dimensión limitada, estableciendo sufrimientos en los cuales se complace…
Este fenómeno relativo hoy constituye la ampliación para el aprendizaje de la acción profunda mediante la vivencia en que se transforma  la imagen del pensamiento.
Al comienzo, paso a paso, avanza  por el tiempo relativo, el entonces fundiéndose en el hoy y este haciéndose el mañana que está llegando.
Mediante la legitima reflexión, más allá de la mente que raciocina horizontalmente  a+b = ab, saltándose para la conexión tiempo – espacio, infinito, se vivirá en un hoy continuo, que no se transfiere para el futuro, ni tren para el pasado en el  embuido, trabajando a favor del estado de paz permanente.

Muy comúnmente se afirma que el tiempo en el placer, en la alegría, en la felicidad es siempre rápido, mientras que durante la expectativa de algo, en el sufrimiento, en el testimonio, en la angustia  es siempre muy demorado, no obstante sea la misma carga de segundos  en que transcurren ambos estados emocionales.
Ciertamente la dimensión horaria funcionará en el ser biológico, así como en el psicológico, en la mente condicionada, desgastando el cuerpo que se consumirá,  por la inevitable transformación molecular en la sepultura o en la incineración, liberando sin embargo, el espíritu, para que prosiga la experiencia de la eternidad en que se inició, desde  su nacimiento, más que nunca se extinguirá…

Carlos Torres Pastorino
Psicografia de Divaldo Pereira Franco, en la sesión de la noche de 19 de marzo del 2003, en el Centro Espirita Camino de la Redención, en Salvador, Bahía.
Em16 .01.2012.
Traducido al Español por M. C. R