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martes, 10 de enero de 2012

Visiones a la hora de la muerte ( 2 )


( continuación del anterior....)

 El siguiente relato de los últimos días de un niño, fue publicado en el Boletín de la S.P.R. norteamericana, dirigido por el Dr. James H. Hyslop (vol. XII, núm. 6), y la Srta. H.A. Dallas (véase The Nurseries of Heaven, de Vabe Owen y Dallas, Londres, 1920, pág. 117) transcribió un relato considerablemente abreviado, del que damos a continuación un resumen:
Daisy Irene Dryden nació en Maryswill, Yuba County (California) el 9 de septiembre de 1854 y murió en San José (California), el 8 de octubre de 1864, a la edad de diez años y veintinueve días.
Su madre escribe: En el verano de 1864, Daisy fue atacada de fiebre biliar. Después de cinco semanas de enfermedad, la fiebre la abandonó, y durante dos semanas pareció seguir recobrando fuerzas. Sonreía y cantaba, y volvía a parecer la misma niña, hasta que una tarde su padre, que se encontraba junto a su lecho, advirtió una expresión singular en su semblante. Reflejaba a la vez alegría y asombro. Su mirada se dirigía hacia un punto situado encima de la puerta. Su padre le preguntó: "Daisy, ¿qué es? ¿Qué es lo que ves?" Ella contestó dulcemente: "Es un espíritu, es Jesús, que dice que yo voy a ser uno de sus corderos."
"Sí, hija mía, -dijo su padre-, yo espero que seas uno de sus corderos." "¡Oh, papá! -exclamó ella-.
¡Me voy al cielo, hacia Él!" Aquella noche la niña cayó con enteritis, y sólo vivió cuatro días.
Durante las primeras veinticuatro horas sufrió mucho, no pudiendo tomar alimento, ni agua, ni medicinas. Pasado ese tiempo, tuvo escasos dolores. Su pobre cuerpecito había quedado en realidad tan extenuado, que poco le quedaba a la enfermedad para ensañarse. Pero su espíritu se mostraba muy activo y notablemente claro. Sus facultades parecían agudizadas. Recordaba versos que había aprendido en el colegio, pues siempre le había gustado aprenderse poesías de memoria. Y cuando Lulú le cantaba himnos de la Doctrina, ella decía cómo se llamaba el cántico y la página en que se encontraba.
Yo leí en el de San Juan: "Es conveniente para vosotros que me vaya, pues si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; pero si parto, yo os lo enviaré." A esto ella alzó la vista y me miró celestialmente diciendo: "Mamá, cuando yo me vaya, el Consolador vendrá a vosotros, y quizá me deje venir a mí también algunas veces. Yo le preguntaré a Allie acerca de esto." Después de aquello repitió esta misma frase a menudo cuando no se creía segura de algo. Allie era un hermano suyo que hacía siete meses había pasado a la otra vida, a la edad de seis años, víctima de la escarlatina. Éste debió de estar con la niña gran parte del tiempo durante aquellos tres últimos días, porque cuando le hacíamos preguntas que no podía responder, solía decir: "Esperad a que venga Allie y se lo preguntaré." En esta ocasión sólo esperó un momento, y luego dijo: "Dice Allie que puedo venir a vosotros algunas veces. Dice que es posible, pero que no os enteraréis cuando esté aquí; pero puedo hablaros a través del pensamiento."
Como he dicho, Daisy permaneció al borde de la muerte durante tres días, después de pasar las primeras veinticuatro horas de agonía. Su armazón físico estaba tan extenuado que apenas podía retener en su endeble abrazo el espíritu, que se nos mostraba, por así decirlo, a través del tenue velo de la extenuada carne que lo envolvía. Durante este tiempo vivió en ambos mundos, según lo expresaba ella misma. Dos días antes de que nos dejara vino a verla el Superintendente de la
Escuela Dominical. Ella le habló con gran desenvoltura acerca de su marcha y envió un mensaje por conducto suyo a la Escuela Dominical. Cuando iba a marcharse, el Superintendente dijo: "Bien, Daisy, pronto habrás pasado el río oscuro". Cuando éste se marchó, ella le preguntó a su padre lo que significaba el "río oscuro". Él trató de explicárselo, pero ella dijo: "Todo eso es un error. No hay ningún río, no hay ninguna cortina, ni siquiera hay una línea que separe esta vida de la otra." Y sacando sus manitas del lecho, dijo gesticulando: "Ésta está aquí, y ésa está allí. Yo sé que es así, porque puedo veros a todos vosotros al mismo tiempo que los veo ahí a ellos." Nosotros le pedimos que nos dijera algo de aquel otro mundo y lo que le parecía, pero ella dijo: "No puedo describirlo.
Es tan diferente, que no os lo podría hacer comprender."
Una mañana en que me encontraba en la habitación poniéndola en orden, la Sra. W., una de nuestras amables vecinas, estaba leyéndole estas palabras del Nuevo Testamento: "No se turbe vuestro corazón. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Yo voy a prepararos un lugar." (San Juan, XIV, 1 y 2.) Daisy hizo notar: "Moradas quiere decir casas, y yo no veo allí casas de verdad.
Pero hay lo que serán lugares para encontrarse unos a otros. Allie habla de ir a tal o cual lugar, pero no dice nada de casas. Mire, quizás el Evangelio hable de moradas para que creamos que vamos a tener una morada en el cielo, y quizás cuando yo vaya allí encuentre un hogar. Y si es así, las flores y los árboles celestiales que tanto me gustan aquí -pues ya los veo y veo que son más hermosos que cuanto os podáis imaginar-estarán también allí." Yo le dije: "Daisy, ¿no sabes que la Biblia habla del cielo como si fuera una hermosa ciudad?" Y ella repuso: "Yo no veo una ciudad." Y añadió con expresión intrigada: "No sé. Quizás tenga que ir allí primero."
La Sra. W., nuestra amable vecina, la que le había leído a Daisy sobre las moradas, y que estuvo con nosotros mucho tiempo, le habló a la Sra. B., otra vecina suya, acerca de la clarividencia de
Daisy. La Sra. B. era una señora que no creía en un estado futuro. Por otra parte, se hallaba sumida en una gran congoja, porque acababa de perder a su marido y a un hijo de unos doce años de edad que se llamaba Bateman. Una noche vino con la Sra. W., y sentándose junto al lecho empezó a hacer preguntas.
Daisy dijo: "Bateman está aquí. Dice que vive y está bien. Se encuentra en un lugar tan bueno, que no volvería a su casa por nada del mundo. Dice que está aprendiendo a ser bueno."
Entonces la Sra. B, dijo: "Pregúntale si ha visto a su padre."
Daisy repuso: "Dice que no, que no está aquí y le está diciendo a usted: "Madre, no te aflijas por mí. Ha sido mejor que no creciera." Esta comunicación dio que pensar a la madre, que se convirtió en una firme creyente en la vida futura.
A la mañana siguiente, hallándose sola con Daisy, la Sra. W., que era quien había llevado a la Sra. B., le preguntó a Daisy cómo podía saber que el hijo de la Sra. B. era feliz. "Pues cuando vivía aquí -le dijo-ya sabes que era un niño muy malo. ¿No te acuerdas que solía blasfemar y robaros los juguetes y romperlos? Ya sabes que no le dejábamos jugar contigo ni con mis niños por lo malo que era." Daisy repuso: "¡Oh, Aunty! ¿No sabe usted que nunca siguió la Doctrina y que siempre se le oía blasfemar? Bien sabe Dios que no tenía muchas probabilidades."
Aquel mismo día se hallaba sentada junto a ella la profesora de la Doctrina, la Sra. H., que nos hizo también no poca compañía, cuando Daisy le dijo: "Sus dos hijos están aquí." Estos niños habían pasado a la otra vida varios años antes, y si hubieran seguido viviendo, ahora estarían desarrollados casi por completo. Daisy no había oído nunca a nadie hablar de ellos, y su madre no tenía retratos suyos, por lo que ella no podía haber sabido absolutamente nada acerca de ellos antes de verlos en el mundo espiritual. Cuando se le pidió que los describiera, su descripción, que los mostraba ya desarrollados, no coincidió con la idea que la madre tenía de ellos, por lo que ésta dijo: "¿Cómo puede ser eso? Eran niños cuando murieron." Daisy contestó: "Dice Allie que los niños no siguen siendo niños, sino que crecen como lo hacen en esta vida."
Entonces la Sra. H. dijo: "Pero mi hijita Mary se cayó y se hirió de tal modo que no se podía tener derecha." A lo que repuso Daisy: "Ahora está perfectamente. Está derecha y es muy hermosa, y su hijo tiene un aspecto noble y feliz." Una vez dijo: "¡Oh, papá! ¿No oyes? Están cantando los ángeles. Sí, debes oírlo, pues la habitación está llena y yo los veo, hay muchísimos. Puedo mirar en una distancia de millas y millas."
La Sra. W., a la que ya se ha mencionado y que había perdido a su padre poco tiempo antes, quiso saber si Daisy le había visto, y le trajo un retrato para ver si le reconocía. Pero cuando volvió por la noche, Daisy le dijo que no le había visto, y que Allie, al que le había preguntado por él, tampoco le había visto, pero que le había dicho que preguntaría por él a alguien que pudiera contestarle.
Un momento después dijo: "Allie está aquí y me dice: Dile a Aunty que su padre quiere encontrarle en el cielo, pues está aquí." Entonces la Sra. W. dijo: "Daisy, ¿por qué no tuvo Allie noticias inmediatas de mi padre?”Porque -repuso ella- los que mueren pasan a estados o lugares diferentes y no se ven unos a otros constantemente. Pero todos los buenos se encuentran en el estado de los benditos."
Durante estos últimos días de su enfermedad le gustaba a Daisy que su hermana Lulú le cantara canciones, sobre todo los cánticos de la Doctrina. Lulú le cantó una canción cuyo estribillo era:
"¡Oh angelitos, venid! Venid y rodeadme y en vuestras níveas alas llevadme a mi morada inmortal."
Cuando Lulú terminó, Daisy exclamó: "¡Oh, Lulú! ¿No es extraño? ¡Siempre habíamos creído que los ángeles tenían alas! Pero es un error; no las tienen." Lulú replicó: "Pero tienen que tener alas, pues si no, ¿cómo bajan volando del cielo?" "¡Oh! No vuelan -repuso ella-. Vienen simplemente.
Cuando yo pienso en Allie, está aquí."
Una vez inquirí yo: "¿Cómo ves los ángeles?" Ella repuso: "No los veo constantemente, pero cuando los veo, las paredes parecen disiparse y puedo ver hasta muy lejos. No se podría empezar a contar la gente, unos están cerca y los conozco, a otros no los he visto nunca."
Mencionó el nombre de Mary B., la hermana de la Sra. S., que fue vecina nuestra en Nevada City, y dijo: "Ya sabes que tenía una tos muy mala, pero ahora está bien y muy guapa y me está sonriendo."
Yo estaba entonces sentada junto a su lecho, teniéndole cogida una mano. Alzando hacia mí su mirada pensativa, me dijo: "Mamá querida, quisiera que pudieras ver a Allie. Está de pie a tu lado."
Involuntariamente yo miré en derredor, pero tras esto Daisy prosiguió: "Allie dice que no puedes verle porque los ojos de tu espíritu están cerrados, pero que yo sí puedo porque mi cuerpo sólo retiene mi espíritu, por así decirlo, por un hilo de vida." Entonces inquirí yo: "¿Lo ha dicho eso ahora?" "Sí, ahora mismo", repuso ella. Luego maravillándome de que pudiera estar conversando con su hermano cuando yo no notaba el menor indicio de conversación, le dije: "Daisy, cómo le hablas a Allie? Yo no te oigo ni veo que se muevan tus labios. Ella repuso sonriendo: "Hablamos con el pensamiento." Entonces volví a preguntarle: "Daisy, ¿qué aspecto tiene Allie? ¿Parece llevar ropas?" A i' lo que ella repuso: "¡Oh, no! No lleva ropas como las nuestras. Parece estar envuelto en algo blanco, hermoso, muy bonito, fino y reluciente; pero sin ningún pliegue, ni señal de un hilo, por lo que no es un tejido. Pero le da un aspecto encantador. Entonces su padre citó una frase de los
Salmos: "Está vestido de luz como atavío." Y la niña repuso: "¡Oh, sí, eso es!"
Hablaba a menudo de la muerte Y Parecía tener una impresión tan vívida de su vida y felicidad futuras, que el temor de la muerte había sido desechado por completo. El misterio de la partida del alma ya no era para ella un misterio. Era únicamente una continuación de la vida, un tránsito de la vida terrena al aire y el esplendor del cielo.
La mañana del día en que murió me pidió que le dejara un pequeño espejo. Yo titubeé, creyendo que la vista de su extenuado rostro podría ser un choque para ella. Pero su padre sentándose junto a ella, advirtió: "Deja que se vea su pobre carita siquiera." Entonces se lo di. Cogiendo el espejo con sus dos manos ella contempló un rato su imagen serena Y tristemente. Por último dijo: Este cuerpo mío o ya esta gastado. Es como ese vestido viejo de mamá que está colgado en el gabinete. Ella no lo lleva ya más y yo tampoco llevaré más mi cuerpo, porque tengo un nuevo cuerpo espiritual que lo sustituirá. En realidad ya lo tengo ahora, pues  con mis ojos espirituales veo el mundo celestial, mientras mi cuerpo está todavía aquí. Dejaréis mi cuerpo en la sepultura, porque yo no lo necesitaré más. Fue hecho para mi vida aquí, y ahora esta vida llega a su fin y este pobre cuerpo quedará abandonado y tendré un cuerpo hermoso como el de Allie."
Luego me dijo a mí: "Mamá, abre las ventanas y déjame contemplar el mundo por última vez. Antes de que llegue otra mañana ya me habré ido."
Mientras yo atendía su cariñoso ruego ella le dijo a su padre: "Levántame, papá." Entonces, sostenida por su padre, miró a través de la ventana, cuyas maderas había yo abierto, y exclamó: Adiós, cielo. Adiós, árboles. Adiós, flores. Adiós, rosa blanca. Adiós, rosa roja.
Adiós, mundo hermoso." Y añadió: "¡Cuánto me gusta, pero no quiero quedarme!"
Aquella noche, a las ocho y media, ella misma miró la hora y advirtió: "Ahora son las ocho y media. Cuando sean las once y media, Allie vendrá a por mí."
En aquel momento se encontraba reclinada sobre el pecho de su padre con la cabeza apoyada en su hombro. Ésta era su posición favorita, pues le permitía descansar. Entonces dijo: "Papa, quiero morir así. Cuando llegue el momento ya te lo diré."
Lulú había estado cantándole canciones, y como a las ocho y media solía acostarse, se levantó para irse. Inclinándose sobre Daisy como siempre hacía la besó diciendo: "Buenas noches." Daisy sacó la mano, y golpeándola tiernamente en la cara le repuso: "Buenas noches." Cuando Lulú se encontraba a la mitad de las escaleras, Daisy le gritó con voz clara, dulce y ferviente: "Buenas noches y adiós, querida y dulce Lulú."
A eso de las once y cuarto Daisy dijo: "Ahora, papá, cárgame. Allie ha venido  por mí." Cuando su padre la hubo cargado, ella nos pidió que cantáramos. Acto seguido alguien dijo:
"Llamad a Lulú", pero Daisy contestó presurosa: "No la turbéis, está durmiendo." Y luego, justamente cuando las agujas del reloj señalaban las once y media, la hora en que ella había anunciado que Allie vendría a por ella, alzó ambos brazos y dijo: "Ven, Allie", y no respiró más.
Luego, al dejar sobre la almohada su cuerpo querido pero exánime, su padre exclamó: "La querida niña se ha ido." Y añadió: "Ya no sufrirá más."
Este caso -como el caso 1.°- del capítulo II-contiene uno o dos puntos especialmente interesantes. La niña moribunda tuvo conciencia de las visiones que se le aparecían, a la vez que reconocía perfectamente a sus amigos terrenales y podía conversar con ellos sensatamente. En el caso de Daisy Dryden, la duplicidad de conciencia duró algunos días, mientras que en el de la Sra. B. sólo duró una o dos horas.
Asimismo, las descripciones que Daisy dio de sus visiones no estaban de acuerdo evidentemente con sus ideas preconcebidas de un mundo espiritual, y, sin embargo, ni una sola vez dudó de la realidad de lo que estaba aprendiendo sobre una vida separada del cuerpo material y sobre la posesión de un cuerpo espiritual.
- William Barret -

Adaptación: Oswaldo E. Porras Dorta


" Busca luchar por lo necesario, reparte lo que te sobra y que en realidad está haciendo falta a los otros."- Juana de Angelis



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lunes, 9 de enero de 2012

Visiones en el momento de la muerte(1)


PRESENTACION
Sir William Barrett está considerado como uno de los investigadores más prestigiosos dentro de los fenómenos paranormales. Sus trabajos y observaciones, realizadas con objetividad y sentido crítico, le llevaron a afirmar públicamente su adhesión al Espiritismo, como ciencia experimental que demuestra la supervivencia del alma y la posibilidad de comunicación entre los mundos visible e invisible.
Barrett fue un hombre de grandes inquietudes, sistemático y meticuloso. Nació en 1845 y murió a la edad de 81 años (1926). Eminente físico, catedrático en la Universidad de Dublín, contribuyó con sus investigaciones en física a un logro de la humanidad tan esencial y que nos es tan familiar como es el teléfono

Introducción
Sabido es que existen muchos casos notables en los que una persona moribunda, poco antes de abandonar la tierra, cree ver y reconocer algún pariente o amigo difunto.
Sin embargo, hay que tener presente que las alucinaciones de los moribundos son muy frecuentes. No obstante, se han dado casos en que la persona moribunda ignoraba la muerte previa de la persona cuya imagen ve, y, por lo tanto, se asombra de hallar en la visión de su difunto pariente a una persona a quien el moribundo juzga todavía en la tierra.
La Srta. Barrett recibió un aviso urgente de la Dra. Phillips, médico permanente de la Casa, para que fuera a asistir a una paciente, la Sra. B., que estaba de parto y sufría una grave debilidad cardíaca. La Srta. Barrett acudió en el acto, y el niño nació sano y salvo, aunque la madre se hallaba en período de agonía. Después de visitar a otras pacientes, la Srta. Barrett volvió al departamento de la Sra. B., en donde tuvo lugar la siguiente conversación, que fue escrita poco después. 
Barrett:
Cuando entré en su departamento la Sra. B. me tendió las manos diciendo:
-Gracias, muchas gracias por lo que ha hecho usted por mi para que diera a luz. ¿Es niño o niña?
Luego, volviéndose de nuevo hacia la visión, añadió:
-No me deje, no se vaya, por favor.
Y a los pocos minutos, mientras el cirujano de la casa ponía en práctica algunas medidas para reanimarla, ella se quedó mirando hacia la parte vacía de la estancia, que estaba brillantemente iluminada, y dijo:
-¡Oh! No dejen que oscurezca. Está oscureciendo... Cada vez se pone más oscuro. Entonces se mandó llamar a su marido y a su madre. Súbitamente, la Sra. B. se quedó mirando con ansiedad hacia un punto de la estancia, mientras una sonrisa radiante iluminaba toda su fisonomía.
-¡Oh, qué hermoso, qué hermoso! -dijo.
-¿Qué es lo que es hermoso? -pregunté yo.
-Lo que estoy viendo -repuso ella en voz baja e intensa.
-¿Qué ve usted?
-Un resplandor sublime... seres maravillosos.
Difícil es describir la sensación de realidad que daba su intensa absorción en la visión. Luego -como si concentrara un momento su atención con más intensidad en un solo punto exclamó lanzando casi un grito de alegría:
¡Cómo! ¡Si es mi padre! ¡Oh, cuánto se alegra de que vaya! ¡Cuanto se alegra! Para ser perfecto sólo bastaría que w. (su marido) pudiera venir también.
Entonces se le llevó el niño para que lo viera. Ella lo miro con interés y luego dijo:
-¿Creen ustedes que debo quedarme por amor al niño? Luego, volviéndose de nuevo hacia la visión, añadió:
-No puedo, no puedo quedarme. Si ustedes pudieran ver lo que yo, sabrían que no puedo quedarme.
Pero se volvió a su marido, que ya había llegado, y dijo:
-No dejarás que se lleve el niño nadie que no lo quiera, ¿verdad?
Luego lo apartó suavemente, diciendo:
-Déjame ver el bello resplandor.
Yo me fui poco después y la comadrona me sustituyó a la cabecera. La Sra. B. vivió aún una hora y pareció conservar hasta el último momento la doble conciencia de las brillantes imágenes que veía y de las personas que la asistían a la cabecera. Por ejemplo: convino con la directora que su niño prematuro permaneciera en la Casa hasta que fuera lo bastante fuerte para poderlo criar en un hogar.
La Dra. Phillips, que se halló presente, después de leer las anteriores notas me escribe diciéndome que "coincide en absoluto con el relato de la Srta. Barrett".
La prueba más importante, sin embargo, es la facilitada por la directora del hospital, que ha enviado el siguiente relato:
Yo me hallé presente poco antes de que muriera la Sra. B. en unión de su esposo y su madre. Su esposo estaba hablándole inclinado sobre ella, cuando la Sra. B. le apartó (1) diciendo: "¡Oh, no lo tapes! Es muy hermoso." Luego, volviéndose hacia mí, que me encontraba al otro lado de la cama, añadió: "¡Oh! ¿Cómo está ahí Vida?", refiriéndose a una hermana suya de cuya muerte, ocurrida tres semanas antes, no se le había hablado.
Posteriormente, la madre, que se halló presente a esto, me dijo, como ya he indicado, que Vida era el nombre de una hermana de la Sra. B., cuya enfermedad y muerte ignoraba ésta por completo, ya que ellos habían cuidado de que no supiera la noticia a causa de la gravedad de su estado. ( continúa en el siguiente)....
William Barret                                                                  Adaptación; Oswaldo E. Porras Dorta

"Cada día es una bendición nueva que Dios te concede, dándote una prueba de amor"
- Juana de Angelis-

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domingo, 8 de enero de 2012

La religión necesaria



“SIN LA RELIGIÓN, ORIENTANDO  A LA INTELIGENCIA, CAERIAMOS, TODOS, EM LAS TINIEBLAS POR LA IRRESPONSABILIDAD."

El Cristianismo entró en un mundo en el cual ninguna religión, hasta entonces, había penetrado con tanta fuerza. En estos dos mil años  de denominación cristiana, en occidente, vimos “una fe ciega”, más allá de eso,  una fe que se diluye, corrompida, deformada y metamorfoseada en otra cosa que no sea negar la esencia original: a Cristo. Fueron dos  mil años de búsqueda desenfrenada de poder, de privilegios, de control de reyes y de príncipes; de usos y abusos de la maquina pública en beneficio propio, siempre, aliándose a lo que habría de vencer.

    Recibí algunas veces por email determinado mensaje supuestamente “científico” sobre el crecimiento de la población musulmana  en el mundo. El hecho me remitió a  Emmanuel, que recuerda sobre los numerosos Espíritus que reencarnan  con las más altas delegaciones del plano invisible. Entre esos misioneros veo al que fue llamado Mahoma. Si es verdad que el no resistió el asedio de los Espíritus de las Sombras, trayendo nobles obligaciones espirituales con sus flaquezas, muchos otros  líderes cristianos se desviaron de la senda del bien. Pese al aroma cristiano que se exhala de muchas de las lecciones del padre del Islamismo, hay también un espíritu belicoso, de violencia  y de imposición. “Junto a la doctrina fatalista encerrada en el Corán, existe  la doctrina de la responsabilidad individual, divisándose a través de todo eso una imaginación  excitada por las fuerzas del bien y del mal, en un cerebro desviado de su verdadero camino.” (1) Por esa razón, “el Islamismo, que podría representar un gran movimiento de restauración de la enseñanza de Jesús, corrigiendo los desvíos [del Cristianismo de la época] señala una victoria  más de las Tinieblas contra la Luz.”(2)

     Para los teóricos (protestantes) alarmistas, en pocos años, bajo el punto de vista social, político, económico y cultural, Europa, tal como la conocemos hoy, dejará de existir a causa de la emigración islámica. En las últimas tres décadas, la población musulmana, solo en Inglaterra, por ejemplo, se multiplicó 30 veces. En el Nuevo Mundo entre 2001 y 2006, en la población de Canadá se incrementaron en 1,6 millones, y de este total, 1,2 millones se debió a la inmigración musulmana. En los EUA, en 1970 había cien mil musulmanes: hoy hay 9 millones.

     En verdad, se difunde una tesis reduccionista del tipo “caza a las brujas”,  de que donde los musulmanes tienen el poder, no hay libertad de pensamiento y expresión. Con todo, no se puede olvidar que la historia demuestra cómo,  eran las cosas  cuando el cristianismo (catolicismo) tenía las redes políticas del mundo. La cultura occidental, patrocinada por el capital norteamericano, refuerza, aún, la dicotomía entre Oriente y Occidente; engendra representaciones monolíticas del Islamismo, encuadrando en un solo molde la cuestión Árabe. Y acechando detrás de todas estas afirmaciones absurdas, está la amenaza de la yihad,  el temor a que los musulmanes conquisten  el mundo.

      El fanatismo es la intolerancia para con los diferentes. Un evangélico fanático es incapaz  de dialogar y  respetar a un católico o un budista y viceversa. Son tan fanáticos los terroristas-suicidas musulmanes como los fundamentalistas cristianos norteamericanos que atacan clínicas de abortos, persiguen homosexuales,  prohíben la enseñanza de la teoría evolucionista de Darwin, obligando a los profesores a enseñar la doctrina creacionista tal como está en la Biblia, y también, los protestantes de Irlanda del Norte que atacaban a personas católicas. 

      Tenemos la convicción de que, tras de los nuevos religiosos-católicos, evangélicos, espiritas, musulmanes, etc. – es el pensar místico del religioso el que lleva   a una cristalización de la fe, desembocando  en una falsa doctrina de virtudes. Muchos religiosos se enfrentan ferozmente entre ellos. El caso de los judíos y palestinos los que se matan; son los seguidores de Buda y los hinduistas los que  mantienen una lucha milenaria; son los pseudo cristianos quienes se aniquilan en guerras absurdas,  como si el Viejo o Nuevo Testamento, el  Bhagavad Gita y el Corán fuesen manuales de guerra, y no  una guía para la iluminación espiritual.

      En el mismo segmento de los "cristianos" que condenan la proliferación del Islam, estamos presenciando el surgimiento de una  maquina pseudo-religiosa. Maquina que nunca antes fue creada. Maquina de comunicación, de manipulación de lo “sagrado”, de venta de favores divinos (“milagros”), de hipnotización  de las personas al poder y maquina que transforma la población, sin instrucción, en un “rebaño de alineados”.

      Actualmente hay una vil industrialización del mensaje de Cristo. Cierta vez, Sigmund Freud colocó  en un primer plano  antiguos y violentos conceptos CRISTIANOS y “afirmó que el Cristianismo era un movimiento inútil, un infantilismo de las masas.”(3) El cristianismo, sin Cristo, ha ejercido control sobre las masas, aplicando impuestos a través de los diezmos, control de las mentes fanáticas, promoviendo el miedo a las puniciones eternas y temporales; control sobre la devoción, manipulando esos sentimientos, transformándolos en ciega “obediencia” y temor a Dios.

      Todos los espiritas precisamos caminar  hacia la fe racional, con el fin de comprender mejor el Evangelio. “Reconocemos, también, que no es la destrucción inapelable de los símbolos religiosos  lo que más necesitamos para fomentar la harmonía y la seguridad entre las criaturas, sino la  nueva interpretación de ellos,  porque, “sin la religión, orientando a la inteligencia, caeríamos, todos, en las tinieblas de la irresponsabilidad, con el esfuerzo de milenios, volviendo, tal vez, al estado cero, desde el punto de vista de la organización material de la vida en el Planeta.” (4)
Jorge Hessen

"La rebeldía constante genera desequilibrios en la mente, en el cuerpo y en el alma.
No es el cuerpo que es débil, sino el Espíritu que permanece rebelde.
Controla tus energías e impide que ellas te desconcierten.
La amargura intoxica y expele veneno que a todos desagrada.
La persona disgustada no inspira amistad, ni siquiera compasión.
Ten calma siempre.
Lo que ahora no se resuelva, está en el camino de la solución."
(Vida Feliz - Joanna de Angelis)



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sábado, 7 de enero de 2012

El suicidio




     Lamentablemente hay vidas con grandes enigmas, con mucho sufrimiento, y el suicidio es a veces, cuando se carece de conocimiento, el recurso, de los débiles para huir del mal que los inunda.
 El suicidio es el recurso que el hombre utiliza para intentar escapar de las frustraciones de la vida, pero todos sabemos  que no se exime, en absoluto  de ninguna de las amargas situaciones  que lo disgustan, más bien acumula nuevas desdichas, quizás más ardientes y punzantes, al bagaje  de los males  que lo afectan; lo que le habrían sido ciertamente soportables  si una solida educación moral, sustentada en el cumplimiento del Deber,  le inspirase sus acciones diarias.
     Es por eso, que es un deber esclarecer que una educación orientadora, consejera, salvadora de desastres, es la que el hombre debe encontrar en el ambiente terrenal, al que fue llamado  a realizaciones imperiosas,  son instrucciones y enseñanzas  capaces  de conducirlo  a las alboradas redentoras del Bien y del Deber.
     El viajero incauto que prefiere desperdiciar la oportunidad bienhechora proporcionada por la Divina Providencia con vistas a su engrandecimiento moral y espiritual, introduciéndose en las sombras que proporcionan los vicios y la degradación lo impelen irremediablemente  a la caída en el abismo.
    En el torbellino de las atracciones mundanas, como en el choque de las desgracias que lo atormentan; en la lucha con las vicisitudes diarias inalienables al medio en que realiza las experiencias para su progreso; como en la fruición de las dulzuras suministradas por el hogar prospero y feliz, jamás se le ocurre al hombre emprender cualquier esfuerzo que lo conduzca a la iluminación interior de sí mismo, a la reeducación moral, mental y espiritual, cuya necesidad  inapelable se impone en el porvenir que su propio espíritu será llamado a conquistar mediante el orden natural de las Leyes de la Creación.
      El hombre ignora en lo general, no comprende  que posee un alma  dotada de los gérmenes  divinos que le permiten  adquirir excelentes prendas  morales y cualidades  espirituales eternas, “gérmenes  cuyo desenvolvimiento le cabe realizar y perfeccionar a través del glorioso trabajo de ascensión hacia Dios, hacia la Vida Inmortal.  Ignora  que es precisamente en el cultivo de esos dones  en donde reside el secreto de la obtención perfecta  de los ideales  más caros que calorice, de los venerados sueños que suspira con concretizar. Que despreciando al ser divino que en él palpita, que es él mismo,  que es un espíritu inmortal, descendiente del Todo Poderoso, se da voluntariamente  a la condenación por el Dolor, lanzándose  por los ominosos desvíos  de la animalidad y quizás del crimen, que lo llevan por lógica y razón  a las reparaciones  y a las experiencias dolorosas en ineludibles reencarnaciones; si por el contrario hubiese resistido la jornada ascensional, se le haría  más suave si meditase profundamente, procurando investigar  su propio origen y el futuro que le compete alcanzar dentro del dolor que le aflige.
     Es la ignorancia fatal la que conduce a la desoladora situación en la que se aflige el alma frustrada, que destruye el cuerpo material, a través del suicidio, pero no desaparece  como desea, el suicida, ni se ha liberado de los sinsabores que lo desesperan. ¡Viven! ¡siguen viviendo! ¡Viven para siempre! Ya que el alma vive por toda la consumación de los Siglos es una vida inmortal, que jamás, jamás se extinguirá dentro del ser, que jamás dejará de proyectar  sobre su conciencia el impulso irresistible  hacia el frente, hacia el más allá…
     El hombre es lumbre de valor inestimable, fecundad por el Foco Eterno que se derrama de Su Inmortalidad sobre toda la creación que de Si irradio, concediéndole las bendiciones del progreso a través  de los evos, hasta alcanzar la plenitud  de la gloria  en la comunión suprema de Su Seno.
     Muchas veces, la solución a los problemas que llevan al suicidio se encuentra a dos pasos de distancia, surgiría el socorro de la Providencia más pronto de lo que se podría pensar, pero ya es demasiado tarde, el hecho está consumado, llegando a la conclusión de lo fácil que habría sido la victoria  y hasta la felicidad,  si hubiera buscado en el Amor a Dios la inspiración para soportar los dictámenes de la existencia que desgraciadamente destruyo.
     El suicida es un espíritu criminal, fallido en los compromisos que tenia para con las Leyes sabias, justas e inmutables establecidas por el Creador, quien se ve obligado a repetir la experiencia en la Tierra, tomando nuevo cuerpo, toda vez que destruyo aquel que la Ley le confió como instrumento de auxilio en la conquista de su propio perfeccionamiento. El cuerpo es un deposito sagrado que el hombre debe estimar y respetar, al que no debe destruir, cuando le falten las fuerzas  para llevar a cabo los compromisos que adquirió en la vida planetaria, tomados antes de su nacimiento en presencia de la propia conciencia y ante la Paternidad Divina  que le suministra Vida y medios para tanto.
     Nada se pierde en el reino de nuestro Padre, nuestros sudores y nuestras miserias, forman el tesoro que nos hará ricos en las esferas superiores, en donde la luz sustituye a las tinieblas y en donde el más desnudo, será quizás el más resplandeciente.
   Amigos ayudemos a nuestros hermanos que están en condiciones de dolor y desespero, llevémosle el mensaje con la palabra sincera y esclarecedora y el socorro eficiente del recurso divino, donde emana a todas horas las fuerzas para resistir los embates de la vida.
- Merche-
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