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lunes, 24 de enero de 2011

Placeres





El hombre naturalmente busca el placer y el bienestar.

Se trata del reflejo del instinto de conservación, cuyo objetivo es asegurar la existencia física por el máximo de tiempo posible.

La vida terrenal es imprescindible para la evolución intelectual y moral de los Espíritus.

Ella apenas deja de ser necesaria en estados superiores de la existencia inmortal.


Así, el gusto por el placer atiende a naturales imperativos de evolución.

El sexo es placentero y mediante el la especie se perpetua.

En el caso de que no hubiese alguna satisfacción envolviendo nuestros actos pro creativo, la Humanidad estaría extinguida hace largo tiempo

La alimentación también la envuelve el placer.

El cuerpo físico necesita recibir combustibles adecuados para su estructura.

El atendimiento de esa necesidad no se da apenas por la fuerza del hambre, más también la envuelve la satisfacción.

El descanso igualmente trae una cierta voluptuosidad.

El atendimiento de todas las necesidades naturales, sean físicos o emocionales, engloba determinada dosis de placer.

Como el ser humano no fue hecho para vivir solo, el se regocija en el contacto con sus amigos y amores.

La necesidad de contacto y del reconocimiento por los semejantes, cuando es atendido, produce dulces sensaciones.

Evidentemente, la sabiduría reside en el equilibrio.
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Negar los placeres comunes a la existencia, sin cualquier objetivo noble, nada tiene de elogiable.

La madre que se priva del pan para alimentar a los hijos da muestra de abnegación y nobleza.

Más alimentarse menos de lo que es necesario para la manutención de la salud apenas para el auto flagelo no es recomendable.


Los objetivos superiores de la existencia no son incompatibles con pequeñas alegrías terrenas.

Jesús señalizo esa verdad, al afirmar que no es lo que entra, más si lo que sale de la boca del hombre lo que contamina.

Si la voluntaria privación de los bienes de la vida no es buena, lo mismo se da con el abuso.

La glotonería provoca dolencias y disminuye el tiempo de vida.

El uso desvirtuado de las fuerzas genéricas produce desequilibrios físicos y emocionales.
Dormir demás o descansar en exceso constituyen desperdicio de tiempo.

Así, lo relevante es guardar el equilibrio ante los gustos y placeres terrestres.

Si ellos no son condenables, también no constituyen el objetivo de la existencia.

Nadie nace para comer, beber dormir y procrear.

Entender el placer en su real valor ayuda a no demonizarlo o endiosarlo.

Vivir correctamente no presupone abstenerse de las alegrías y satisfacciones a la condición humana.

La pureza no reside en la abstención de los dones de la vida, más si a utilizarlos con el equilibrio y discernimiento, sin perjudicar al prójimo.

La sabiduría reside en utilizar todo con moderación, sin tornarse esclavo de los hábitos, cosas o sensaciones.

La finalidad de la existencia terrena es propiciar la evolución intelectual y moral de los Espíritus.

Todos renacen para vencer antiguos vicios, para abandonar el egoísmo y vivir el amor.

No se trata de piedad sentimental, más si de la vivencia de la fraternidad y de la compasión.

No se desvié de esa meta por una comprensión equivocada de la vida.

En el contexto de su existencia inmortal, poco adelantaría el tornarse un asceta.

También será indigno de su condición de Espíritu inmortal vivir como un animal irracional, en la búsqueda incesante de placeres.

Empéñese en ser equilibrado, bondadoso y solidario.

Es en verdad trabajoso, más constituye el objetivo de su venida a la Tierra.

Piense en eso.

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