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viernes, 7 de enero de 2011

Oración y dificultad




Diariamente, millares de criaturas parten de la Tierra.
Casi siempre, reconfortadas por el bálsamo de fe consoladora que abrazaron en la vida humana, de desprenden de la tela fisiológica, sustentadas por sublime esperanza.
La mayoría, no en tanto, no disfruta de improviso los talentos de la paz que desearía sorprender más allá del sepulcro, porque el porcentaje de Cielo para cada alma expresa la cantidad de Cielo que haya edificado en sí misma.
Es que, en la mayoría de las circunstancias, los desencarnados cargan consigo las nubes de tinieblas que le pesan en la conciencia.
Sombras de remordimiento, de frustración, de arrepentimiento tardío, generando el plano purgatorial en que se estacionan penosamente.
Desolados y afligidos, suplican la gracia del recomienzo, el regreso al campo del mundo, el retorno a la lección en el cuerpo…
Responsables, muchas veces, por crímenes ocultos, imploran la aproximación con antiguos adversarios para resarcir el debito al que aun se empeñan; contratistas de la difamación y de la crueldad ruegan molestias soeces, con las que rescatan la deplorable conducta en que se desvariaron en la delincuencia…
Por eso mismo, todos los días aparecen cunas de sufrimiento y de pruebas, en la que los culpables de entonces, hoy poseen el deseo valioso de purificar y re aprender.
No hay, de ese modo, dificultades inútiles, como no existen llagas y dolores sin la significación que les corresponde.
Todos nuestros sentimientos plasman ideas.
Todas nuestras ideas establecen actos y hechos que nos definen el espíritu en la senda cotidiana.
Arquitectos del propio destino, recogemos en los surcos del espacio y del tiempo, la alegría o la flagelación, la felicidad o el infortunio, conforme a nuestra siembra del bien o del mal.
Estemos en guardia contra el imperio de la nube mental que traemos con nosotros, vencidos los obstáculos que nos impelen a la justa liberación y no nos olvidemos de que la oración, en cualquier camino religioso, si no puede retirarnos del clima sombrío por nosotros mismos creado, será siempre Divina Luz revelándonos el camino.

Por el Espíritu Emmanuel – Del Libro: Refugio, Médium: Francisco Cándido Xavier



Elevando el pensamiento




Diariamente enfrentamos condiciones perturbadoras que pueden desviar nuestra atención sobre las cosas verdaderamente importantes, generalmente imaginamos que solo aquellos que se dedican a las practicas religiosas, a las actividades de engrandecimiento espiritual y filosófico, y sobre todo, aquellos que se dedican al estudio formal de las leyes divinas, son los únicos en capacidad de poder ingresar en los dominios de la oración y de la meditación trascendental.

Ciertamente no podríamos estar mas equivocados al respecto, puesto que olvidamos algo tan importante como lo es el vinculo divino al cual podemos conectarnos ilimitadamente, ese cordón vital que mantenemos con nuestro padre creador que de manera constante nos brinda todo lo necesario para poder restablecer nuestro equilibrio espiritual.

La oración queridos hermanos, es un beneficio del cual no podemos prescindir, puesto que siempre llega el momento en que nuestro propio espíritu en un acto intuitivo, nos eleva la mirada en búsqueda de ese ser superior que nos ampara y nos guía.

Dios es tan accesible como lo puede ser la persona que tenemos a nuestro lado, Dios en su omnipresencia convive íntimamente con cada uno de nosotros, y aun así, nos negamos la posibilidad de percibirle.

Es necesario que cultivemos la oración, es necesario que dirijamos mas nuestro pensamiento a ese ser que dedica cada instante de lo eterno en brindarnos oportunidades para crecer, debemos aprender a orar con convicción, debemos aprender a conversar con Dios en el mas sublime de los sentidos, elevemos nuestro pensamiento hacia él, dedicando cada uno de nuestros actos a ese autor divino que nos dio la existencia y que nos aguarda con los brazos abiertos para recibirnos en su regazo.

"Pedid y recibiréis" Jesús de Nazareth
Artículo de Edgard NavarroExtraído de la Revista Digital Espírita El Consolador.Net

jueves, 6 de enero de 2011

Vivir con Jesús


Alrededor de hace dos mil años atrás vivió entre nosotros alguien que nos amaba mucho y que Se tornaría, indudablemente, nuestro mayor Modelo de vida.

A pesar del corto pasaje como  hombre encarnado, Jesús dejo un mensaje que crecería a través de los siglos. Hoy, numerosas religiones Lo tiene como referencia en casi todos los puntos de la Tierra.

El habló a todos sin distinción: pobres, ricos, poderosos, gente del pueblo. No demostraba preferencias, eligiendo entre Sus apostales a pescadores sin instrucción formal  y hombres letrados, como Mateo.
Eligió entrar en las casas de personas de haberes materiales humildes más, también en casa de hombres ricos, pues entendía que todos precisaban oír Sus palabras.

Valoró a las mujeres en una época en al cual ellas eran consideradas una posesión  de los padres o de los maridos. Entre Sus seguidoras estaba Juana de Cusa, esposa de un hombre de poder  político  de la época y María de Magdala, que cambio de vida al conocer-Lo.

Jesús usaba unas veces palabras dulces, otro lenguaje figurado,  o palabras duras. Recibió, para dialogar, doctores de la ley tales como Nicodemo a quien no negó enseñanzas.

Su vida de predicación fue corta, más El era un perfecto ejemplo de lo que hablaba y, sin duda, esto impresionaba a todos los que Lo conocían.

En Sus últimos momentos no mostró rebeldía o deseo de venganza, al contrario, pidió a Dios que perdonase a todos, en una inmensa demostración del amor.

Muchos de los primeros cristianos, aun mismo sin haber-Lo conocido directamente, muchos Lo miraban  y no titubeaban en abdicar de la vida física en nombre De Aquel a quien  seguían.

Juana de Cusa, en el momento que era martirizada por medio del fuego, responde a su  verdugo cuando le preguntó si su Maestro solo la enseñó a morir, diciendo que El también la había enseñado a perdonar  a quien le quitaba la vida.


* * *
 Hoy, después de tantos siglos, amar a Jesús  no nos hace correr riesgos. Los tiempos son otros.           

Hoy, el gran desafío es vivir conforme las enseñanzas de Jesús, en un mundo en el cual prospera el materialismo, el apego al poder  a cualquier costo y,  en el cual los valores morales parecen desconocidos para muchos.

La decisión es personal: nadie puede obligarnos a seguir-Lo, ya no más  como  los apóstoles o como los mártires, más si como las personas que valorizan la rectitud moral y que saben amar.

Si,  la gran enseñanza del Jesús fue el amor. Si amamos realmente a nosotros mismos, no nos permitimos  la autoagresión a través de los vicios, sean morales  o físicos. Si nos amamos, buscamos la educación moral e intelectual.

Si amamos a nuestros semejantes, nunca nos permitiremos ser deshonestos, la rabia, la envidia, y, mucho menos, la indiferencia.

Si amamos a Jesús, buscamos la luz dentro de nosotros mismos, comprendiendo que vivir es aprender a servir para el bien.

No es difícil entender que para vivir  con el Guía de la tierra en integrada experiencia, debemos desenvolver en nuestro carácter lo que existe de más sobrio, de más lucido y grandioso, encajándonos en la verdadera educación.

* * *
 Cuando la educación del intelecto y del sentimiento se constituya en una ruta bien aventurada para todos, la aproximación real  con nuestro Sublime Conductor se hará  de manera consciente, noble e irreversible.

Reflexionemos sobre Jesús y sobre la decisión de vivir con Él, en la búsqueda de la felicidad real y verdadera.

Redacción de Momento Espirita

Reencarnación y Karma

Edgard Cayce

¿Qué dicen las lecturas de Edgar Cayce sobre la reencarnación y el karma?


Edgar Cayce realizó su primera lectura en 1901, acerca de un problema de salud, que le concernía personalmente. Luego dictó muchas más, pero el concepto de la reencarnación no apareció hasta 1923, en una sesión ejecutada para Arthur Lammers, impresor en Dayton, Ohio. Conviene mencionar que una lectura había abordado la cuestión doce años antes; no obstante, la alusión se ignoró durante mucho tiempo, pues nadie en el entorno de Cayce conocía el concepto en aquel entonces. A fin de cuentas, la reencarnación fue el objeto de casi dos mil lecturas psíquicas, denominadas "lecturas de vida". Constituye el segundo gran tema evocado por Cayce en trance.

    En esencia, ¿qué es la reencarnación? Es la creencia de que cada uno de nosotros pasa por vidas sucesivas, con el propósito de crecer en espíritu y de recobrar la plena conciencia de su naturaleza divina. El punto de vista de Cayce excluye la metempsicosis o transmigració n de las almas, según la cual los humanos pueden reencarnarse en forma animal. A la vez, provee un marco filosófico para el pasado, poniendo especial énfasis en la manera de asumir nuestra existencia actual: debemos vivir el momento presente, procurando desarrollarnos espiritualmente y ayudarnos los unos a los otros. Las lecturas enseñan que el recorrido que hemos efectuado nos ha traído al punto en que nos encontramos. Sin embargo, lo esencial no es quiénes hemos sido o qué hemos hecho antes, sino cómo reaccionamos frente a las oportunidades y a las pruebas que surgen ahora mismo, dondequiera que nos hallemos. En efecto, nuestras elecciones y conducta del momento, provenientes de nuestro libre albedrío, son las que realmente importan. La perspectiva de Cayce, para nada fatalista, abre horizontes casi ilimitados.

    En las lecturas, Cayce señaló también el peligro de comprender incorrectamente la reencarnación. Indicó que ciertas teorías alteraban su verdadero significado. En particular, todas las que no reconocían la libre voluntad creaban lo que llamó "un monstruo kármico", es decir una idea errónea que no tomaba en cuenta los hechos auténticos, ni la estrecha conexión existente entre el karma, el libre albedrío, el destino y la gracia.

 Aún hoy en día, mucha gente interpreta, de manera equivocada, la reencarnación como un eslabonamiento o una concatenación ineluctable de experiencias y de relaciones que nos impone nuestro karma. Si así fuera, nuestras decisiones anteriores nos obligarían a seguir una trayectoria marcada con acontecimientos específicos, y nuestro porvenir ya estaría fijado. Esta visión difiere totalmente de la de Cayce, pues las lecturas destacan que el pasado no proporciona sino una coyuntura posible o probable. Muestran que, lejos de ser meros espectadores, a veces reticentes, desempeñamos un papel dinámico en el desenvolvimiento de nuestra propia existencia.

    La palabra "karma" es un término sánscrito que significa "obra, hecho o acto". A menudo se le da el sentido de "causa y efecto". Las lecturas concuerdan con esta acepción, pero añaden la noción filosófica inédita y exclusiva de que el karma puede definirse como una memoria. Por ende, no se trata de una "deuda" que tenemos que pagar conforme a algún criterio universal, ni de una serie de experiencias determinadas por nuestras previas acciones, buenas o malas. El karma es sólo una memoria, una fuente de información que incluye elementos 'positivos' y otros aparentemente 'negativos', en la cual el subconsciente busca los datos que utiliza en el presente.

Esto explica, por ejemplo, las afinidades o las animosidades espontáneas que sentimos por ciertas personas. Aunque esa memoria subconsciente se refleja en nuestra fisonomía e influye en nuestros pensamientos, reacciones y decisiones, siempre podemos recurrir al libre albedrío para orientar nuestra vida.

    Las lecturas de Cayce mencionan que cuando fallecemos, no nos reencarnamos de inmediato. Puesto que lo que llamamos subconsciente en el plano físico viene a ser nuestro consciente en el más allá, el alma recapitula todo lo que ha atravesado y escoge, entre las lecciones que debe aprender, las que se siente capaz de asumir ahora a fin de seguir su evolución. Entonces aguarda el momento propicio para renacer en la tierra. Ordinariamente, elige un entorno que ha conocido antes. En cada nueva vida, opta por un cuerpo masculino o femenino, según el objetivo de su encarnación. Además, selecciona el ámbito y las condiciones (padres, familia, lugar, época, etc.) que le permitirán perfeccionarse y cumplir con lo que espera realizar. Sin embargo, sus experiencias dependerán de la forma en que emplee su libre albedrío dentro de ese contexto. En efecto, podemos considerar nuestras tribulaciones como obstáculos e impedimentos o, por el contrario, transformarlas en situaciones beneficiosas, en oportunidades de elevar nuestro nivel de conciencia. El proceso de reencarnación continúa hasta que logremos personificar el amor universal en el mundo y expresar nuestra esencia divina en todos los aspectos de la vida terrenal.

    Conviene notar que talentos y cualidades nunca se pierden, de modo que las facultades cultivadas en cada encarnación se suman al capital del futuro. Por ejemplo, el don de los niños prodigios es el resurgimiento de un talento ejercitado en una o varias existencias previas. Asimismo, un excelente profesor de literatura podría haber sido escritor, historiador y copista en vidas anteriores. De hecho, nuestras aptitudes se manifiestan en función del motivo de nuestra encarnación actual.

    Las lecturas revelan que el karma no se instaura entre los individuos, sino únicamente con uno mismo. En otras palabras, "uno siempre se enfrenta a sí mismo" [1]. En consecuencia, el curso de nuestra existencia se basa en las decisiones que tomamos a fin de responder a la coyuntura que nosotros mismos hemos suscitado. No obstante, la noción más difícil de entender es que, en general, se nos brinda la posibilidad de resolver nuestros propios problemas kármicos a través de nuestras interacciones con los demás. Por esta razón, en lugar de aceptar la plena responsabilidad de nuestros fracasos y decepciones, tendemos a imputárselos a otros.

    Así nuestro karma nos es personal, pero nos sentimos constantemente atraídos, por la gente o los grupos que nos ofrecen ocasiones favorables de asumirlo. De manera similar, ellos se acercan a nosotros en su recorrido individual para satisfacer su memoria kármica. Por lo tanto, nuestras relaciones con los demás nos permiten enfrentarnos a nosotros mismos y vivir sucesos que nos enseñan y nos ayudan a avanzar en el sendero espiritual. Con frecuencia, los episodios vividos en grupo reaparecen, en encarnaciones posteriores, como vínculos familiares, profesionales, culturales o étnicos. Las lecturas subrayan que nunca nos encontramos con alguien accidentalmente, porque las coincidencias no existen. Del mismo modo, no experimentamos de entrada una profunda simpatía o antipatía sino hacia personas que hemos conocido antes.

    Debemos atenernos a las consecuencias de nuestras decisiones y actitudes previas, ya que cosechamos inevitablemente lo que hemos sembrado. La Biblia dice: "Todo lo que sembrare un hombre, eso mismo cosechará". Los adeptos de la reencarnación suelen afirmar: "Atraemos lo que es semejante a nosotros". Esto implica que, algún día, tendremos experiencias análogas a las que nuestras elecciones han producido en la vida de otros.

    A diferencia de las doctrinas fatalistas que nos reservan una suerte inmutable, la teoría de Cayce asevera que somos dueños de nuestro destino. En efecto, podemos controlar nuestros pensamientos, palabras y acciones, y escoger nuestro comportamiento ante las circunstancias que nosotros mismos hemos engendrado. Comprendamos que todo lo que acontece en nuestra existencia es el fruto de nuestra propia creación, y que nuestras tribulaciones siempre contribuyen a nuestro desarrollo cuando las consideramos como oportunidades de corregir los errores del pasado o de adquirir sabiduría y entendimiento.

    Descubrir por qué nos hallamos en una u otra situación no es necesariamente fundamental: lo primordial es cómo nos disponemos a hacerle frente, pues de nuestras reacciones nacen nuestras experiencias futuras. Así, dos personas podrán adoptar una actitud muy distinta en casos comparables, por ejemplo con respecto a la pérdida de un empleo. Mientras que una se angustiará y amargará, la otra verá una ocasión inesperada de reconstruir su vida y de dedicarse a alguna actividad que le apasiona desde hace mucho tiempo.

    La reencarnación es un concepto que figura en las grandes religiones del mundo y no se limita a las filosofías orientales. Profesa la tolerancia y la compasión, contesta numerosos interrogantes y da sentido hasta a los más mínimos aspectos de la existencia. Algunos la encuentran provechosa, otros controversial. De cualquier forma, lo que los demás opinan no es pertinente. Los adeptos serios saben que todos hemos experimentado varios ámbitos, condiciones y circunstancias en el transcurso de nuestras vidas sucesivas. Ellos se sirven de la reencarnación, no para detenerse en el pasado o enorgullecerse de quizás haber gozado de notoriedad anteriormente, sino para crecer en espíritu y contribuir a mejorar el mundo en el que vivimos. Cayce ilustra esta idea en la siguiente lectura:

"Determine por qué razón está buscando esa información. Si es a fin de oír que ha vivido, fallecido y ha sido enterrado, al pie del cerezo al fondo del jardín de su abuela, ¡esto no le hará un mejor vecino, ciudadano o padre! En cambio, si es para saber que ha pronunciado palabras hirientes, de lo cual se ha sentido culpable, y que ahora puede redimirse actuando de manera justa, ¡entonces sí, vale la pena!" [Lectura 5753-2]


Libros recomendados:
·  "Múltiples moradas" ("Many Mansions" ) - Gina Cerminara
"Reencarnación: Conociendo su pasado, Creando su futuro" ("Reincarnation: Claiming Your Past, Creating Your Future" ) - Lynn Elwell Sparrow

miércoles, 5 de enero de 2011

Jesús y la inseguridad


La inocuidad, en la tierra, es  una conquista  muy difícil y remota.
Por  la condición de ser un  “planeta de expiación y de pruebas”, el proceso evolutivo siempre se presenta  acompañando  arduos esfuerzos en las luchas  que todos debemos  empeñar.
Igualmente, el cuerpo físico frágil, sujeto a muchos factores que lo agreden, proporciona al espíritu estados transitorios de armonía, alterados por desgastes, desajustes y renovación constante de piezas.
Desde el punto de vista emocional, las herencias que yacen en el espíritu, responsables por su crecimiento, surgen y resurgen en forma de angustias  y alegrías, que se suceden, unas a las otras, hasta el momento de  la liberación.
Aun a pesar  de eso, el estado moral en el que transitan los individuos no les ha permitido liberarse de sus instintos agresivos, que los llevan a las neurosis,  las paranoias,  las enfermedades mentales y  la violencia.
En consecuencia, se multiplican  los crímenes  con una aceleración incontrolable,  al tiempo   que los mecanismos de represión igualmente se tornan  deshumanos, haciendo  del mundo una inmensa arena en la cual  luchan las fuerzas antagónicas en belicosidad incesante y  voluminosa.
El mercado del sexo, de las drogas, de los vicios en general, viene enloqueciendo a las poblaciones,  y la inseguridad del hombre se torna un fenómeno  casi normal.
Todos intentan convivir con ella, se acostumbran a ella, casi aguardando  cada uno la época  de ser agredido.
Se instala, en lo intimo, la desconfianza y, en consecuencia, otros tantos trastornos, dominando, poco  a poco, los paisajes psicológicos del hombre.
Comprendiendo el primitivismo en el que se debate la humanidad  de Su tiempo, Jesús percibió cuán difícil seria la implantación de la paz en los corazones y cuantas  lágrimas serian vertidas, a fin de que tal cosa aconteciese.
 Por esta razón, preveyó las catástrofes y desarmonías que las criaturas desencadenarían, bien como las incontables aflicciones que se impondrían, aprendiendo lentamente  al respecto de la vida, conforme relata su discípulo en el “sermón profético”, en el apocalipsis.
 Ofreció, sin embargo, una perspectiva de paz, al afirmar que “aquel que perseverase hasta el final, será salvado”.
La salvación, aquí, debe ser tomada como un estado de conciencia tranquila, de autodescubrimiento, en el que el mundo interior se impone, gobernando los impulsos desordenados y armonizando al individuo.
Salvado está aquel, que sabe quién es, lo que vino a hacer al mundo, como realizarlo, y, confiado se entrega a la realización del compromiso establecido.
La responsabilidad le faculta una seguridad relativa  para el desempeño de la actividad a la que se vincula.
Cada persona tiene un compromiso especifico en la vida y con la vida.
Jesús nos demostró eso. Y lo Suyo, fue la construcción del “reino de Dios” en la Tierra.
No se detuvo  y nunca postergó esa realización.
De la misma forma, la seguridad personal y colectiva resulta del grado de compromiso del individuo como  miembro del grupo social.
 Jesús testimonió la seguridad que lo caracterizaba en todos los momentos, por estar comprometido, sin restricciones.
 Él proponía: ¿Creéis en Dios? ¡Creed también en Mi”; “Id y predicad”; tomar sobre vosotros mi fardo y aprended conmigo, que soy manso y humilde de corazón …”
Innumerables veces su comprometimiento con la verdad le desvelaba la seguridad que lo sustentaba en la acción.
Sin demostrar agresividad o temor, su certeza era tranquila, su determinación invencible.
La seguridad del Maestro calmaba a aquellos que en Él se apoyaban, que confiaban en Él.
Siempre tranquilo, irradiaba esa seguridad, que contagiaba a los que lo seguían, hasta  incluso  delante  del martirio que afrontaban con firmeza.
Jesús enseña como el hombre debe lograr su evolución psíquica,  que debe ser desarrollada  simultáneamente con la orgánica, lo  cual  demanda tiempo.
Es por eso,  que no presenta receta de salvación o simplista, de ocasión.
Antes propone  el endurecimiento por el esfuerzo constante, mediante avances y recursos para fijar el aprendizaje y proseguir hasta la meta final.
Saber aguardar, esforzándose, es una ley que te faculta la victoria.
Si deseas seguridad en la vida, busca a Jesús y confía a Él  tus planes.
Haz la parte que te dice al respeto y no desfallezcas en la conquista de los objetivos aunque parezcan  distantes.
Templa el ánimo y persevera.
La seguridad te vendrá como efecto de la paz que te iluminará el corazón, sirviendo de estímulo para todas tus futuras conquistas.
 ¡Piensa en eso!
Redacción de Momento Espirita. Basado en el capitulo “Jesús  y la  inseguridad” del libro Jesús  y la actualidad, de Divaldo Franco.

martes, 4 de enero de 2011

¿Sabes amar ?


Tú sabes amar?


Yo estoy aprendiendo.

Estoy aprendiendo a aceptar a las personas, aun cuando ellas me decepcionan.

Cuando huyen del ideal que "tengo" para ellas.

Cuando me hieren con palabras o acciones impensadas.

Es difícil aceptar a las personas como son o como yo deseo que sean.

Es difícil, muy difícil, pero estoy aprendiendo...

Estoy aprendiendo a amar,

Estoy aprendiendo a escuchar,

Escuchar con los ojos y oídos,

Escuchar con el alma.

Escuchar lo que dice el corazón, lo que dicen los hombros caídos,

los ojos, las manos inquietas.

Escuchar el mensaje que se esconde por entre las palabras superficiales.

Descubrir la angustia disfrazada, la inseguridad enmascarada, la soledad encubierta.

Penetrar la sonrisa fingida, la alegría simulada, la vanagloria exagerada.

Descubrir el dolor de cada corazón.

Poco a poco, estoy aprendiendo a amar.

Estoy aprendiendo a perdonar.

Porque el amor perdona, lanza afuera las tristezas, y cura las cicatrizes que la incomprensión

y la insensibilidad grabaron en el corazón herido.

El amor no alimenta heridas con pensamientos dolorosos,

no cultiva ofensas con lástimas y autocompasión.

El amor perdona, olvida, extingue todos los trazos de dolor en el corazón.

Paso a paso

Estoy aprendiendo a perdonar, a amar, estoy aprendiendo a descubrir el valor que se encuentra dentro de cada vida, de todas las vidas.

Valor enterrado por el rechazo, por falta de comprensión, cariño y aceptación, por las experiencias duras vividas a lo largo de los años.

Estoy aprendiendo a ver, en las personas su alma y las posibilidades de mejorar.

Estoy aprendiendo,

pero ¡cómo es de lento el aprendizaje!

¡Cómo, es de difícil amar Incondicionalmente!

Todavía tropezando,

cometiendo errores,

estoy aprendiendo…

¿ y tú?...

Resumen de la Doctrina Espírita



RESUMEN DE LA DOCTRINA ESPIRITA
Fe inquebrantable solo es la que puede encarar frente a frente la razón, en todas las épocas de la Humanidad.
 Dios es eterno, inmutable, inmaterial, único, todopoderoso, soberanamente justo y bueno.

Creó el universo que comprende todos los seres animados e inanimados, materiales e inmateriales.

Los seres materiales constituyen el mundo visible o corporal y los inmateriales el invisible o espiritista, es decir, el de los espíritus.

El mundo espiritista es el normal, primitivo, eterno, preexistente y sobreviviente a todo.

El mundo corporal no pasa de ser secundario; podria dejar de existir, o no haber existido nunca, sin que se alterase la esencia del mundo espiritista.

Los espíritus revisten temporalmente una envoltura material perecedera, cuya destrucción, a consecuencia de la muerte, los constituye nuevamente en estado de libertad.

Entre las diferentes especies de seres corporales, Dios ha escogido a la especie humana para la encarnación de los espíritus que han llegado a cierto grado de desarrollo, lo cual les da la superioridad moral e intelectual sobre todos los otros.
El alma es un espíritu encarnado, cuyo cuerpo no es más que la envoltura.
Tres cosas existen en el hombre: 1ª el cuerpo o ser material análogo a los animales, y animado por el mismo principio vital; 2ª el alma o ser inmaterial, espíritu encarnado en el cuerpo, y 3ª el lazo que une el alma al cuerpo, principio intermedio entre la materia y el espíritu.
Así, pues, el hombre tiene dos naturalezas: por el cuerpo, particípa de la naturaleza de los animales, cuyos instintos tienen, y por el alma, participa de la naturaleza de los espíritus.

El lazo o periespíritu que une el cuerpo y el espíritu es una especie de envoltura semimaterial. La muerte es la destrucción de la envoltura más grosera; pero el espíritu conserva la segunda, que le constituye un cuerpo etéreo, invisible para nosotros en estado normal y que puede hacer visible accidentalmente, y hasta tangible, como sucede en el fenómeno de las apariciones.
Así, pues, el espíritu no es un ser abstracto e indefinido, que sólo puede concebir el pensamiento, sino un ser real y circunscrito que es apreciable en ciertos casos, por los sentidos de la vista, del oído y del tacto.
Los espíritus pertenecen a diferentes clases y no son iguales en poder, inteligencia, ciencia y moralidad. Los del primer orden son los espíritus superiores, que se distinguen de los demás por su perfección, conocimientos, proximidad a Dios, pureza de sentimientos y amor al bien. Son los ángeles o espíritus puros. Las otras clases se alejan más y más de semejante perfección, estando los de los grados inferiores inclinados a la mayor parte de nuestras pasiones, al odio, la envidia, los celos, el orgullo, etcétera, y se complacen en el mal. Entre ellos, los hay que no son ni muy buenos, ni muy malos. Más embrollones y chismosos que malvados, parece ser patrimonio suyo la malicia y la inconsecuencia. Estos tales son los duendes o espíritus ligeros.
Los espíritus no pertenecen perpetuamente al mismo orden, sino que todos se perfeccionan pasando por los diferentes grados de la jerar4uía espiritista. Este perfeccionamiento se realiza por medio de la encarnación, impuesta como expiación a unos, y como misión a otros. La vida material es una prueba que deben sufrir repetidas veces, hasta que alcanzan la perfección absoluta; una especie de tamiz o depuratorio del que salen más o menos purificados.
Al ábandonar el cuerpo, el alma vuelve al mundo de los espíritus, de donde había salido, para tomar una nueva existencia material, después de un espacio de tiempo más o menos prolongado, durante el cual se encuentra en estado de espíritu errante.

Debiendo pasar el espíritu por varias encarnaciones, resulta que todos nosotros hemos tenido diversas existencias y que tendremos otras, perfeccionadas más o menos, ora en la tierra, ora en otros mundos.
Los espíritus se encarnan siempre en la especie humana, y sería erróneo creer que el alma o espíritu pueda encarnarse en el cuerpo de un animal.
Las diferentes existencias corporales del espíritu siempre son progresivas, nunca retrógradas; pero la rapidez del progreso depende de los esfuerzos que hagamos para llegar a la perfección.

Las cualidades del alma son las mismas que las del espíritu encarnado en nosotros, de modo que el hombre de bien es encarnación de un espíritu bueno y el hombre perverso lo es de un espíritu impuro.

El alma era individual antes de la encarnación, y continúa siéndolo después de separarse del cuerpo.
A su vuelta al mundo de los espíritus, el alma encuentra en él a todos los que conoció en la tierra y todas sus existencias anteriores se presentan a su memoria con el recuerdo de todo el bien y de todo el mal que ha hecho.
El espíritu encarnado está bajo la influencia de la materia, y el hombre que vence semejante influencia por medio de la elevación y purificación de su alma se aproxima a los espíritus buenos a los cuales se únirá algún día. El que se deja dominar por las malas pasiones, y cifra toda su ventura en la satisfacción de los apetitos groseros, se aproxima a los espíritus impuros, dándo el predominio a la naturaleza animal.

Los espíritus encarnados pueblan los diferentes globos del universo.
Los espíritus no encarnados o errantes no ocupan una región determinada y circunscrita, sino que están en todas partes, en el espacio y a nuestro lado, viéndonos y codeándose incesantemente con nosotros. Forman una población invisible que se agita a nuestro alrededor.
Los espíritus ejercen en el mundo moral y hasta en el físico una acción incesante; obran sobre la materia y el pensamiento, y constituyen uno de los poderes de la naturaleza, causa eficiente de una multitud de fenómenos inexplicados o mal explicados hasta ahora, y que sólo en el espiritismo encuentran solución racional.

Las relaciones de los espíritus con los hombres son constantes. Los espíritus buenos nos excitan al bien, nos fortalecen en las pruebas de la vida y nos ayudan a sobrellevarías con valor y resignación. Los espíritus malos nos excitan al mal, y les es placentero vernos sucumbir y equipararnos a ellos.

Las comunicaciones de los espíritus con los hombres son ocultas u ostensibles. Tienen lugar las comunicaciones ocultas por medio de la buena o mala influencia que ejercen en nosotros sin que lo conozcamos. A nuestro juicio toca el distinguir las buenas de las malas inspiraciones. Las comunicaciones ostensibles se verifican por medio de la escritura, de la palabra o de otras manifestaciones materiales, y la mayor parte de las veces por mediación de los médiums que sirven de instrumento a los espíritus.

Los espíritus se manifiestan espontáneamente o cuando se les evoca.

Puede evocárseles a todos, lo mismo a los que animaron a los hombres oscuros, que a los de los más ilustres personajes, cualquiera que sea la época en que hayan vivido: así a los de nuestros parientes y amigos, como a los de nuestros enemigos, y obtener en comunicaciones verbales o escritas, consejos y reseñas de su situación de ultratumba, de sus pensamientos respecto de nosotros, como también aquellas revelaciones que les es licito hacernos.
Los espíritus son atraídos en razón de su simpatía hacia la naturaleza moral del centro que los convoca. Los espíritus superiores se complacen en las reuniones graves en que prevalecen el amor del bien y el deseo sincero de instruirse y perfeccionarse. Su presencia ahuyenta a los espíritus inferiores que encuentran, por el contrario, franco acceso, y pueden obrar con entera libertad, en personas frívolas o guiadas únicamente por la curiosidad, y en donde quiera que reinen malos instintos. Lejos de esperar de ellos buenas advertencias y reseñas útiles, no deben esperarse más que sutilezas, mentiras, bromas pesadas o supercherías; porque a veces usurpan nombres venerables para mejor inducir en error.

Es sumamente fácil distinguir los espíritus buenos de los malos; porque el lenguaje de los espíritus superiores es siempre digno, noble, inspirado por la más pura moralidad, desprovisto de toda pasión baja, y porque sus consejos respiran la más profunda sabiduría, teniendo siempre por objeto nuestro perfeccionamiento y el bien de la humanidad. El de los espíritus inferiores es, por el contrarío, inconsecuente, trivial con frecuencia y hasta grosero. Si dicen a veces cosas buenas y verdaderas, con más frecuencia aún las dicen falsas y absurdas por malicia o por ignorancia, y abusan de la credulidad y se divierten a expensas de los que les consultan, dando pábulo a su vanidad y alimentando sus deseos con mentidas esperanzas. En resumen, solamente en las reuniones graves, en aquellas cuyos miembros están unidos por una comunidad íntima de pensamientos encaminados al bien, se obtienen comunicaciones graves en la verdadera acepción de la palabra.

La moral de los espíritus superiores se resume, como la de Cristo, en esta máxima evangélica: Hacer con los otros lo que quisiéramos que a nosotros se nos hiciese, es decir, hacer bien y no mal. En este principio encuentra el hombre la regla universal de conducta para sus más insignificantes acciones.

Nos enseñan que el egoísmo, el orgullo, y el sensualismo son pasiones que nos aproximan a la naturaleza animal, ligándonos a la materia; que el hombre que, desde este mundo, se desprende de la materia despreciando las humanas futilidades y practicando el amor al prójimo, se aproxima a la naturaleza espiritual; que cada uno de nosotros debe ser útil con arreglo a las facultades y a los medios que Dios, para probarle, ha puesto a su disposición; que el fuerte y el poderoso deben apoyo y protección al débil; porque el que abusa de su fuerza y poderío para oprimir a su semejante viola la ley de Dios. Nos enseñan, en fin, que en el mundo de los espíritus, donde nada puede ocultarse, el hipócrita será descubierto y patentizadas todas sus torpezas; que la presencia inevitable y perenne de aquelíos con quienes nos hemos portado mal es uno de los castigos que nos están reservados, y que al estado de inferioridad y de superioridad de los espíritus son inherentes penas y recompensas desconocidas en la tierra.
Pero nos enseñan también que no hay faltas irremísíbies y que no pueden ser borradas por la expiación. El medio de conseguirlo lo encuentra el hombre en las diferentes existencias que le permiten avanzar, según sus deseos y esfuerzos, en el camino del progreso y hacia la perfección que es su objeto final.
( Aportado por Cassio Pol )