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jueves, 24 de febrero de 2011

La vida


Es un misterio el principio de las cosas, solo se pueden formular hipótesis. La ciencia aun no ha podido resolver el problema, pero puede encaminarnos.
La formación de los primeros seres vivos puede deducirse por analogía, de la misma ley por la cual se formaron y se forman todos los días los cuerpos inorgánicos.
La Química considera elementales a un numero de sustancias, tales como el oxigeno el hidrogeno, el nitrógeno el carbono, el cloro, el yodo, el fluor, el azufre, el fósforo y todos  los metales. Al combinarse forman cuerpos  compuestos los óxidos, los ácidos, las sales, los álcalis y las innumerables variedades que surgen de la combinación de estos. La combinación de dos cuerpos para formar un tercero exige un cúmulo particular de circunstancias, ya sea calor, sequedad o humedad, ya sea movimiento o reposo, o bien de una corriente eléctrica. Si estas condiciones no existen, la combinación no ocurre. Cuando hay combinación, los cuerpos que lo componen pierden sus propiedades características, mientras que el cuerpo resultante posee otras nuevas, diferentes de las primeras. Así es como por poner un ejemplo el Oxigeno y el Hidrogeno, que son gases invisibles, al combinarse químicamente forman el agua, que es liquida, sólida o vaporosa, según la temperatura.
En el agua no hay, en verdad, ni oxigeno ni hidrogeno; sino un nuevo cuerpo; al descomponerse esta agua, los dos gases, nuevamente libres, recobran sus propiedades y ya no hay agua. Así es que la misma cantidad de agua puede ser alternativamente descompuesta y recompuesta hasta el infinito. Para formar el agua es necesario dos partes de hidrogeno y una de oxigeno pero si se pone con el agua un cuerpo más afín con el oxigeno que con el hidrogeno; el agua se descompone; el oxigeno resulta absorbido y el hidrogeno queda libre, con lo cual ya no hay agua.
Los cuerpos compuestos se forman siempre en proporciones definidas, es decir, por la combinación de una determinada cantidad de los principios constituyentes. Todos los cuerpos de la Naturaleza, resulta de un numero muy pequeño de principios elementales, combinados en diferentes proporciones, todas estas combinaciones, y muchísimas más, se obtienen artificialmente en pequeños laboratorios de química y se operan espontáneamente en gran cantidad, en el gran laboratorio de la Naturaleza.
La Tierra al principio no contenía esas materias combinadas, sino solamente a sus principios constitutivos volatilizados. Cuando elementos calcáreos y otros más, con el tiempo se convirtieron en piedras, depositándose sobre su superficie, estas no se hallaban totalmente formadas; pero en el aire se encontraban, en estado gaseoso, todas las sustancias primitivas. Esas sustancias precipitadas por el efecto del enfriamiento y bajo el imperio de circunstancias favorables, se combinaron de acuerdo con el grado de su afinidad molecular. Entonces se formaron diferentes variedades de carbonatos, sulfatos y otros; primero disuelto en las aguas y luego depositados sobre la superficie del suelo.
Si la Tierra volviese a su estado de incandescencia primitiva: todo se descompondría los elementos se separarían; todos las sustancias fusibles se fundirían; las que tienen volatilidad se volatizarían. Luego un segundo enfriamiento volvería a precipitarlas y otra vez se formarían las antiguas combinaciones.
Los elementos más importantes son el Oxigeno, el Hidrogeno, el Nitrógeno y el Carbono los restantes solo aparecen esporádicamente.
La ley que preside la formación de los minerales conduce naturalmente a la constitución de los cuerpos orgánicos, por lo tanto en la formación de los animales y plantas intervienen los mismos elementos. Las diferentes combinaciones de los elementos para la formación de las sustancias, minerales, vegetales y animales, no pueden operarse si el medio y las circunstancias no son las propicias, fuera de esa circunstancia, los principios elementales yacen inertes, se inicia un trabajo de elaboración, las moléculas se ponen en movimiento, se agitan, atraen, aproximan y se separan en virtud de la ley de afinidades, y mediante sus múltiples combinaciones, componen una infinita variedad de sustancias.
Lo que sucede hoy, puede darnos una imagen de lo que sucedió en los tiempos primitivos, porque las leyes de la Naturaleza fueron y serán siempre las mismas. Al decir que las plantas y los animales están formados por los mismos principios que constituyen los minerales, debemos entenderlo en el sentido material; solo referimos al cuerpo.
Hay en la  materia orgánica un principio especial, intangible, aun no estudiado, llamado el principio vital.
El oxigeno, el hidrogeno, el carbono y el nitrógeno al combinarse solo puede formar minerales o cuerpos inorgánicos. El principio vital, en cambio, modifica la constitución molecular de ese cuerpo y le otorga propiedades especiales. En lugar de una molécula mineral, se tiene una molécula de materia orgánica.
La actividad del principio vital se manifiesta en el funcionamiento de los órganos, cuando el movimiento cesa con la muerte, el principio vital se extingue.
El hombre pertenece al orden de los mamíferos, de los que se diferencia por ligeros matices, en la forma exterior; en lo demás posee la misma composición química que los animales, los mismos órganos y funciones e idéntica maneras de nutrición, de respiración, de secreción y de reproducción. Nace, vive y muere en las mismas condiciones, y al morir, su cuerpo se descompone como el de todo ser viviente. En su sangre en su carne y en sus huesos hay los mismos atines que en los animales. Como estos al morir, devuelve a la Tierra el oxigeno, el hidrogeno, el carbono, el hidrogeno que se habían amalgamado para formarlo, y tales elementos volverán a formar nuevos cuerpos minerales, vegetales y animales.
Dentro de los animales mamíferos, el hombre pertenece a la subclase de los bímanos. Un escalón más bajo del hombre se encuentran los cuadrumanos o monos. El orangután y el chimpancé durante mucho tiempo se les llamo hombre de los bosques.
En la escala de los seres vivos, desde el punto de vista orgánico, se puede ver que desde el liquen hasta el árbol y desde el zoófito hasta el hombre, hay una cadena que se va elevando en jerarquía sin interrupción y guardando una relación todos los eslabones entre si. Siguiendo paso a paso la cadena  de los seres, se diría que cada especie es un perfeccionamiento, una transformació n de la especie, que le precede.
El cuerpo del hombre, es la última pieza de la animalidad sobre la tierra. Por mucho que disminuya el valor del cuerpo ante sus ojos, más crece la importancia del principio espiritual. Si el cuerpo lo rebaja a la altura del animal, el alma lo eleva hasta alturas indescriptibles. Pues vemos el límite del animal, más no podemos sospechar hasta donde puede llegar el ser humano. El espiritismo camina al lado del materialismo en lo que se refiere a la materialidad; admite todo lo que el materialismo acepta; el Espiritismo sigue adelante.
El espiritismo prosigue  sus investigaciones en el campo del génesis espiritual.
La vida para el Espiritismo es la característica de los seres organizados que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Es una modificación especial de la energía. La vida pertenece a la materia organizada, es imposible encontrarla en otra parte, y se puede afirmar sin ninguna duda que el alma no es viviente: esta goza de algo  y mejor, goza de la existencia integral, porque no siendo un algo organizado, no está sometida a la muerte.
Hasta el principio del siglo XIX, no han abordado el tema de la vida de una manera seria, los conocimientos adquiridos, han permitido hasta la fecha, estudiar la vida  y determinar sus límites. En el hombre, como en el animal – dice Claude Bernard – todo movimiento supone la destrucción u oxidación de una parte de la sustancia activa del músculo que lo ejecuta; cuando la sensibilidad y la voluntad se manifiestan, los nervios se usan; cuando el pensamiento se ejerce, el cerebro se consume. Por lo tanto, puede afirmarse que jamás la misma materia sirve dos veces a la vida. Cuando un acto se ha cumplido, la materia viva que sirvió para él, no vuelve a servir; si el fenómeno reaparece, es porque una materia nueva le presta su concurso.
El desgaste molecular es siempre proporcionado a la intensidad de las manifestaciones vitales; la alteración material es tanto más profunda o considerable, cuanto más activa se muestre la vida.
La desasimilació n expele  del organismo sustancias tanto más oxidadas por la combustión vital cuanto más enérgico haya sido el funcionamiento de los órganos. Estas oxidaciones  o combustiones  engendran el calor animal, y producen el acido calconico que se exhala por los pulmones y otros productos  que se eliminan por diferentes emuntorios de la economía. El cuerpo se usa: sufre una consumación y una pérdida  de peso que revelan y evalúan la intensidad de sus funciones. En una palabra: la destrucción fisicoquímica  va en todo unida a la actividad funcional, y podemos considerar como un axioma fisiológico  la proporción siguiente: “toda manifestación de un fenómeno en el ser vivo, está necesariamente unida a una destrucción orgánica.
Los fenómenos  de creación orgánica son los actos `lasmicos que se cumplen en los órganos  en reposo, a los cuales regeneran. Las síntesis asimilatriz reúnen los materiales y reservas que el funcionamiento debe gastar. Este es un trabajo interior, silencioso, oculto, que nada revela al exterior.
Los fenómenos de la vida – dice Claude Bernard – nos pasan desapercibidos. La regeneración de los tejidos y de los órganos  se opera silenciosamente, en lo interior, fuera del alcance de nuestras miradas. Solo el embriólogo, sigue los cambios, las fases que le revelan ese trabajo sordo, viendo aquí un deposito de materia, allí una formación de envoltura o de núcleo, más allá una división, o una multiplicació n, o una renovación.
Por el contrario, los fenómenos de destrucción o muerte vital, saltan a la vista y por  ellos nos guiamos al caracterizar la vida. Cuando por el movimiento  se contracta un músculo, cuando la voluntad y la sensibilidad se manifiestan, cuando el pensamiento está en funciones y cuando la glándula secreta, las sustancia de los músculos, de los nervios o del cerebro se consume, y aun cundo tales fenómenos  nos dan la característica  de la vida, no por ello dejan de ser  fenómenos de destrucción, fenómenos de muerte.
Las dos ordenes de fenómenos: destrucción y creación, solo son divisibles y separables para la inteligencia; en la Naturaleza están íntimamente unidos, y en todo ser vivo se producen con un eslabonamiento tal, que nadie sabría romperlo. Las dos operaciones; destrucción y renovación, son absolutamente conexas e inseparables, en el sentido de la renovación. Los actos de destrucción son los precursores e instigadoras de esos otros por los cuales  las partes se restablecen y renacen, es decir, de los actos de renovación orgánica. Por consiguiente, el más vital, por decirlo así, entre ambos tipos de fenómenos, el de la creación orgánica, está en cierto modo subordinado al otro, el fenómeno fisicoquímico de la destrucción.
Las propiedades generales de los seres vivos, las que los distinguen de la materia bruta de los cuerpos inorgánicos, son la generación, la organización, la nutrición y la evolución. De estas cuatro propiedades fundamentales, solo una, la nutrición, es la que la ciencia explica claramente y no está debidamente estudiado el fenómeno por el cual las células eligen en la sangre  los materiales que les son útiles. El Espiritismo  dice que la organización y la evolución no pueden comprenderse con el solo juego de las leyes fisicoquímicas. En cuanto la reproducción, si bien es cierto que se conoce su mecanismo, persiste siendo un misterio respecto a su causa.
Las condiciones  del mantenimiento de la vida es la necesidad de todos de la humanidad, el calor y el aire y cierta composición química del medio.
El agua es indispensable a la constitución del medio en el cual evoluciona el ser: es un principio constituyente de los tejidos, y además sirve para disolver un gran número de sustancias, sin las cuales no podrían efectuarse las incesantes reacciones químicas que suceden en el cuerpo.
Se ha experimentado que personas han podido resistir treinta o cuarenta días sin comer, pero a condición de que se les de de beber. El cuerpo humano se compone aproximadamente de un noventa por ciento de agua, y esto indica el importante papel reservado en el dicho líquido.
El aire, mejor dicho el oxigeno es de lo que se compone su parte respirable, es necesario a la mayoría de los seres vivientes, aun entre los inferiores, como los fermentos, o  mycodermos. Louis Pasteur ha demostrado que los organismos microscópicos originan fermentos absorbiendo oxigeno. Los roedores sucumben cuando la proporción de oxigeno en el aire respirable, en vez de un veinticuatro por ciento, era de tres a cinco por ciento.
El calor es la tercera condición necesaria al mantenimiento  de la vida. La vida de los vegetales está en relación intima con la temperatura exterior. Un frió muy intenso hiela los líquidos del organismo  y desorganiza los tejidos: además, cada animal tiene un grado de temperatura media que corresponde  al máximo  de la vida.
La célula es un ser vivo que se organiza, se reproduce, se nutre y evoluciona como un ser superior, todos los cuerpos vivos no son otra cosa que asociaciones de células de naturaleza idéntica  en cuanto a composición, pero gozando de propiedades diferentes, según el lugar que ocupan en el organismo. Los diversos tejidos del cuerpo, huesos, nervios, músculos, piel, uñas, cabellos, etc., están formados por reuniones de células.
Además del calor, el aire, y el agua, es indispensable que el medio líquido que baña las células contenga ciertas sustancias sin las cuales no podrían nutrirse. Estas sustancias se pueden determinar en 1º sustancias azoadas, formadas de azoe, carbono, oxigeno e hidrogeno; 2º sustancias ternarias, ósea las que solo entran en su composición los tres elementos: carbonó, hidrogeno y oxigeno; 3º sustancias minerales, tales como los fosfatos, la cal, la sal, etc.
Estas tres sustancias, son indispensables al mantenimiento de la vida y que con tales materias primeras los organismos fabrican cuanto es útil a la vida corporal.
Las condiciones que acabamos de estudiar debe llenarlas el medio envolvente inmediato a la partícula viva, con cuyo medio debe entrar en conflicto la susodicha partícula. Además hay otro medio, y se distingue:
1º El medio cósmico ambiente o exterior, con el cual están en relación los seres elementales.
2º El medio interior, que sirve de intermediario entre el mundo exterior y la sustancia viva. Si se observan  las células, se notará que están resguardadas de las influencias del ambiente por un líquido interior en que se bañan, las aísla, protege y les sirve de intermediario para con el medio cósmico. Este medio interior es la sangre; no la sangre en su totalidad, sino el plasma sanguíneo, su parte fluida, que comprende todos los líquidos intersticiales, fuente y confluencia de todos los cambios endosmóticos.
Puede decirse con toda certeza que el ave no vive en el aire atmosférico, ni el pez en el agua, ni el vermes en la tierra; la atmósfera, el agua y la tierra son una segunda envoltura alrededor de los cuerpos; porque la primera, la que rodea inmediatamente a las cedulas, que son los verdaderos elementos de la vida, es la sangre. Por consiguiente,  no influye inmediatamente el medio exterior sobre los seres vivos más simples: hay siempre un intermediario obligado que se interpone entre el agente físico y el elemento anatómico y, por esta rabón, solo el medio interior es donde residen las condiciones para que el alma pueda manifestar sus facultades sin obstáculos.
En todos los  grados de la escala de los seres vivos, las operaciones de la digestión y de la respiración son las mismas, variando únicamente los aparatos llamados a producir esos resultados. También es idéntico para todos los seres vivos el modo de reproducir, y esta notable similitud del funcionamiento orgánico obedece a que todos deben sus propiedades a un elemento común: el protoplasma.
El protoplasma es el contenido vivo de la célula, su parte esencial y verdaderamente viviente. El protoplasma es el agente de todas las reconstituciones orgánicas,  esto es, de todos los fenómenos íntimos de la nutrición y, por donde, se contracta bajo la influencia de los excitantes y preside de este modo los fenómenos de la vida de la relación
Se puede señalar también el sueño como una necesidad que se impone a todos los seres vivos. La planta duerme lo mismo que el animal, y tanto en uno como en otras, se cumplen durante el sueño las funciones de la respiración, la circulación y la asimilación.
El sexo y la fecundación son las condiciones que presiden la reproducción en el mundo vegetal. Los estambres son el órgano masculino, el pistilo es el órgano femenino, el ovario es el órgano donde se forma las granas.
Finalmente, los anestésicos, que obran tan poderosamente sobre los animales, producen los mismos efectos sobre las plantas; y esto prueba que existe en los vegetales un principio rudimentario de sensibilidad.
Todos estos hechos demuestran con  evidencia el gran plan unitario seguido por la Naturaleza. Su divisa  es: unidad en la adversidad; y del empleo de los mismos procedimientos fundamentales resulta una variación infinita que establece la fecundidad inagotable de las concepciones de la Naturaleza, al mismo tiempo que la unidad de la vida.
La vida, pues, para mantener su funcionamiento tiene una manera especial y viviente de proceder, hay en el ser organizado un algo que no existe en los cuerpos inorgánicos algo que los vigoriza. A ese algo le damos nosotros el nombre de fuerza vital.
Todo lo que existe sobre la tierra  proviene de las innumerables modificaciones de la fuerza y la materia, y la fuerza vital, por consiguiente, debe entrar en el cuadro de las leyes generales.
“Por encima de todas las propiedades particulares y determinadas, hay una fuerza, un principio general y común que todas las propiedades particulares suponen e implican, y que sucesivamente puede ser aislado, separado de cada una, sin dejar por ello de ser. Este principio es esencialmente uno. Hay una fuerza general y una, de la que todos las fuerzas particulares no son sino expresiones o modos.
¿Por qué se muere?
Todo lo que tiene vida nace, crece, se reproduce y muere; es un hecho general que no tiene excepciones. Pero ¿Por qué se muere? La ciencia materialista enmudece ante estos puntos de interrogación. Sin embargo, cabe una explicación del hecho, y el espiritismo expone.
Si admitimos que hay en la célula fecunda una cantidad determinada de fuerza vital, todo se nos ara comprensible.
La vida total de un individuo es la resultante de cierto trabajo a cumplir; las reconstituciones incesantes de la materia usada por el funcionamiento vital, regulan  este trabajo; y la fuerza que es necesaria, puede considerarse como una función continua que crece, para un maximun y desciende a cero.
En el ser vivo, el depósito de energía, potencial, proveniente de los padres, que se haya en la célula original, se transforma en energía actual a medida que organiza la materia; esta acción es muy enérgica al principio; la asimilación,  la agrupación de las moléculas es más rápida que la desasimilació n; el ser crece; se establece el equilibrio entre las perdidas y las ganancias: es la edad madura: el cuerpo permanece en estado quo; viene , por fin, la vejez, la fuerza vital va agotándose, los tejidos no se reparan  lo suficiente, la muerte sobreviene, el ser se disgrega y la materia vuelve por entero al mundo inorgánico.
 La criatura que aparece sobre la tierra trae cierta cantidad de fuerza vital; y como  la generación espontánea no existe en nuestro tiempo; solo por filiación puede  ser transmitido dicha fuerza, y por eso no existe en los seres inanimados.
Las propiedades de la materia viva no residen solamente en la materia ni en su modo de agruparse; es preciso suponer la acción de una forma vital para la renovación de esa materia, es decir, para reponer las partes destruidas.
El cuerpo humano es una maquina complicada y delicada; los tejidos de que se compone son debidos a combinaciones químicas muy inestables, dado el numero de sus componentes, y no ignoramos que las mismas leyes que rigen el mundo inorgánico, rigen al organismo. Por lo mismo, sabemos que en un organismo vivo el trabajo mecánico de un músculo puede traducirse en un equivalente de calor; que la fuerza invertida en ese trabajo no es creada por el ser, sino que tiene su fuente fuera de el, proviniendo de los alimentos, y entre ellos el oxigeno; y que la misión del cuerpo físico consiste en transformar la energía recibida, aplicándola  a las combinaciones inestables que la restituirán  a la menos excitación apropiada, es decir, bajo la acción de la voluntad o por el juego de los irritantes especiales de los tejidos o de las acciones reflejas. En cuanto una de esas acciones tiene lugar, en cuanto la sustancia del músculo que ha funcionado queda destruida, la fuerza vital interviene para reconstituir el tejido, para rehacer las células que han servido a la manifestación vital, y esto es, precisamente, lo que  diferencia  en absoluto al ser animado de la materia bruta. Luego existe algo más en la planta más ínfima que en el mineral, y este algo no repara el cuerpo en las mismas condiciones.
 Según la edad, la reparación es más o menos variable: completa en la juventud, incompleta en la vejez: es una fuerza que va disminuyendo hasta su total extinción.
Hay, pues, para nosotros, una fuerza vital totalmente diferente de las fuerzas que conocemos, aunque no sea más que una modificación de la energía universal, como la electricidad es otra fuerza distinta del calor o del magnetismo, aunque ambas no sean sino modalidades de la misma energía.
 Está fuerza vital por si sola no engendraría nada si la inteligencia no estuviera asociada a ella desde las manifestaciones más rudimentarias hasta el más alto grado de complejidad, hasta el hombre.
 La fuerza vital por si sola no puede explicar la forma, que es la característica de todos los individuos vivos, ni puede tampoco hacer comprender  la jerarquía sistematizada de todos los órganos ni su energía para el esfuerzo común, puesto que a la vez son autónomos y solidarios; para esto es de absoluta necesidad que intervenga el periespiritu, es decir, un órgano que posea leyes organogénicas que mantiene la  fijeza  del organismo en medio de las incesantes mutaciones de las moléculas materiales.
En cada ser, desde su origen, se puede advertir la existencia de una fuerza que actúa en dirección fija e invariable según la cual será edificado el plan cultural del recién nacido, al propio tiempo que su tipo funcional.
En la formación de la criatura viva, la vida no suministra como contingente sino la matriz irritable del protoplasma, materia amorfa en la que es imposible distinguir el menor rudimento de organización, el más pequeño indicio de lo que el ser será. La célula primitiva es absolutamente la misma en todos los vertebrados; nada en ella indica que dará nacimiento a tal individuo mejor que a tal otro, puesto que su composición es idéntica para todos. Es preciso, pues, admitir la intervención de un nuevo factor que determine en que condiciones ha de ser construido el edificio vital, y este factor no puede ser otro que el periespíritu, que es quien contiene en si el propósito determinado, la ley poderosa que servirá de regla inflexible al nuevo organismo y le señalará, según el grado de su evolución, el lugar que debe ocupar en la escala de las formas. Esta acción directriz tiene lugar en el embrión.
En la evolución del embrión vemos aparecer un simple bosquejo del ser, precedentemente a toda organización. Los contornos del cuerpo y de los órganos  están al principio determinado, principiando por los andamiajes provisorios que servirán temporalmente de funcionales del feto. Ningún tejido está entonces diferenciado: toda la masa no es más que una conglomeració n de células plasmáticas y embrionarias; pero en ese cañamazo está trazado el dibujo ideal de  un organismo todavía invisible para nosotros, que ha designado a cada parte y a cada elemento su lugar, su estructura y sus propiedades. Allí donde deben estar los vasos sanguíneos, los nervios, los músculos, los huesos, etc, las células embrionarias se troncan en glóbulos de sangre, en tejidos arteriales, venosos, musculares, nerviosos y óseos.
Siendo la materia primera idéntica para todas las plantas  y la fuerza vital idéntica para todos los individuos, es precios que exista  otra fuerza que dé y mantenga la forma. El espiritismo da esa atribución al periespiritu, tanto en el reino vegetal como en el animal. La envoltura fluidita del alma; ella es la que incorpora la materia la que vela por la sustitución de las partes usadas o destruidas, la que preside a las funciones generales y la que mantiene  el orden  y la armonía en medio de ese torrente de materia que sin cesar se renueva.
Las funciones del organismo animal es una serie de actos o fenómenos agrupados, armonizados para obtener un resultado. La digestión, por ejemplo, necesita la intervención de una serie de órganos, tales como la boca, el esófago, el estomago, el intestino, etc, que entran sucesivamente en funciones al objeto de alcanzar un resultado único: el de trasformar los alimentos.
Se ve, pues, que para ejecutar una función orgánica, intervienen las actividades de una multitud de elementos anatómicos.
Cada órgano tiene su vida, su autonomía propia: puede desenvolverse y reproducirse independientemente de los otros tejidos. Es autónomo de los otros tejidos. Es autónomo en lo relativo a las funciones esenciales de su vida, no ha de pedir prestado, ni a los tejidos vecinos, ni a los del resto del conjunto, porque lo posee por si en razón de su naturaleza protoplasmita; pero está ligado  y subordinado al conjunto, tanto por su función como por el producto de ella.
El periespiritu no es una concepción filosófica imaginada para explicar los hechos; es un órgano indispensable a la vida física que la experiencia ha dado a conocer. Estudiando las materializaciones de los Espíritus se ha revelado su existencia y se han puesto de relieve sus propiedades funcionales. Este descubrimiento ha dado explicación a muchos fenómenos que la ciencia conocía, pero cuya razón no encontraba.
Este bosquejo del Ser persistente a toda organización; está reparación perpetua de los tejidos con arreglo a reglas fijas; este orden que no se desmiente nunca, no obstante la renovación perpetua de los elementos; esta evolución, en la que la ley domina durante toda la vida sobre el cambio molecular, modificando profundamente las condiciones de la existencia según la edad; todo esto, sin ella, queda envuelto en la más penetrable oscuridad.
El periespiritu es una especia de fonógrafo que registra las sensaciones para reproducirlas más tarde, sino fuera así nos seria imposible adquirir ningún conocimiento, porque el ser nuevo, el que sin cesar sustituye al viejo ya gastado, no conoce nada de lo que pasó. El periespiritu tiene una gran importancia desde el punto de vista psíquico; es un adscrito al alma, a quien sirve de intérprete para con la materia.
Como el periespiritu es material, tiene forma determinada y es indestructible, podemos concebir las modificaciones sucesivas de su movimiento atómico, correspondiendo a modificaciones y complicaciones cada vez mayores en su modo operatorio; o dicho de otra forma: podemos concebir que organizando al principio formas muy rudimentarias, haya podido, mediante su larga evolución en la que ha invertido millones de años e innumerables reencarnaciones, dirigir uno tras otro organismos, para llegar finalmente a dirigir el organismo del hombre.
El alma y el periespiritu forman un todo indivisible; su unión constituye la parte activa y pasiva, las dos fases o funciones del principio pensante. La envoltura es la parte material, cuya función estriba en retener los estados de conciencia, de sensibilidad y de voluntad; es el depósito de todos los conocimientos y, como nada se pierde en la Naturaleza y el periespiritu es indestructible, el alma goza con el de memoria integral cuando se halla en el espacio.
El periespiritu es la idea directriz, el plan imponderable de la estructura de los seres y, además, el que almacena, toma en registro y conserva todas las percepciones, evoluciones e ideas del alma, incrustando en su sustancia no solamente los estados anímicos determinados por el mundo exterior, sino que también los pensamientos más fugaces y los sueños apenas entrevistos o formulados. Es el guardián fiel, el testigo inmutable y el registro indestructible de nuestro pasado.
En la sustancia incorruptible del periespiritu tenemos fijadas las leyes de nuestro desenvolvimiento; es el conservador por excelencia de nuestra personalidad y en el reside nuestro recuerdo. Jamás el alma lo abandona, pues le es también un bálsamo consolador.
Desde los periodos mil veces seculares en que el alma principió sus peregrinaciones terrestres bajo las formas más humildes de la Creación, para elevarse por grados hasta las más perfectas, el periespiritu no ha cesado de asimilar, de una manera indeleble, las leyes que actúan sobre la materia, puesto que, a medida que se cumple el progreso, las diversas creaciones del pensamiento forman un acervo que va creciendo sin intermitencias. Nada se destruye; todo se acumula en el imperecedero periespiritu, tan incorruptible como la materia o la fuerza primera de la que emana. Los maravilloso espectáculos que nuestra alma ha contemplado, las armonías sublimes que hayamos visto esparcidas por los espacios, los esplendores del arte que hayan llegado a embelesarnos, todo lo que hayamos adquirido, todo, está  en nosotros y estará siempre, para retrotearlo de lo pasivo a lo activo, porque nada se pierde. De este modo es como hemos ido escalando lenta pero seguramente los peldaños del progreso.
 A la muerte del hombre terrestre, cuando su envoltura carnal se descompone y los elementos que la constituyen entran  de nuevo en el laboratorio universal, el alma subsiste entera, completa, conservando lo que constituye su personalidad, es decir, su memoria, y no solamente su memoria de la última existencia, sino la memoria de todas las existencias por las que ha pasado.
El panorama que se le presenta por delante es imponente y severo, porque en él puede leer las enseñanzas del pasado e inspirarse para discernir  sus deberes en el porvenir.
La ley de continuidad no se haya interrumpida, el hombre no forma un reino aparte en la Naturaleza y solo por una evolución continua, por esfuerzos sin cesar reiterados es como el hombre ha podido llegar a ocupar el puesto culminante que ocupa en el Universo.

Gabriel Delanne
Del Libro Evolución Anímica

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